«No hay cancha donde la violencia no haya faltado»

Consejo Único Juvenil, el de la llama ardiendo

Cuando el presidente del Consejo Único Juvenil (CUJ), Miguel Rognoni, señala que «no hay cancha donde la violencia no haya faltado», está diagnosticando algo más profundo que un hecho puntual: una normalización del conflicto en los espacios de formación de adolescentes.
La problemática existe y no por nada ganó espacios en la sesión pasada del Consejo Superior de la Liga Salteña de Fútbol. Tras el partido sub 16 entre Ferro Carril y Ceibal, la violencia tan cretina como siempre. Y entonces: ¿qué hacer? ¿Qué es lo que no funciona que es necesario corregir? ¿La solución por donde pasa? Las interrogantes de todos los colores. Y en todas las direcciones.

EL FOCO DE INFECCIÓN
En las categorías Sub-14 o Sub-16, los mayores incidentes fuera y dentro de la cancha suelen ser provocados o exacerbados por hinchas y familiares. Existe una presión desmedida hacia los jóvenes, cargándolos con expectativas de éxito profesional o canalizando rivalidades de barrio.
Que los portones quedaran abiertos y permitieran el ingreso de personas al campo de juego expone una «vulnerabilidad en la seguridad preventiva». El descontrol se torna más que posible.
Históricamente se ha tolerado el insulto, la agresión verbal y el arrebato físico en las canchas bajo la premisa de que «es folclore del fútbol». Esa permisividad rompe los límites éticos básicos.


LA VIOLENCIA SE POSPONE
Jugar a puertas cerradas (sanción por dos fechas) es una medida punitiva inmediata, pero no corrige la causa raíz. Si al volver el público el entorno sigue siendo el mismo, la violencia simplemente se pospone.
Si los agresores están identificados, se debe aplicar el derecho de admisión definitivo a cualquier predio deportivo del fútbol salteño.
Garantizar la seguridad física (portones cerrados, zonas delimitadas para parcialidades, separación clara entre vestuarios/cancha y tribunas) antes de dar el pitazo inicial. Si la cancha no cumple los requisitos mínimos de contención, no se juega. Así es la cosa. Ni un paso atrás.

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LA RESPONSABILIDAD DE LOS CLUBES
Las sanciones económicas o de jugar sin público a veces no disuaden lo suficiente a los violentos. Cuando la violencia de la hinchada o los allegados perjudica directamente el trabajo deportivo de los jóvenes (pérdida de puntos o desafiliación temporal de la categoría), la propia comunidad del club tiende a autocontrolarse y expulsar a los generadores de violencia.
Capacitar a entrenadores y delegados para que sean los primeros en retirar al equipo si las condiciones de respeto no se cumplen.
Otro aspecto que puede compartirse: el desarrollo de talleres obligatorios para padres y formativas: crear instancias de concientización para los planteles juveniles y sus familias sobre valores, manejo de la frustración y violencia de género/deportiva como condición para fichar al jugador. Estamos hablando del Consejo Único Juvenil. Estamos hablando de jugadores adolescentes. Estamos hablando de categorías donde lo más importante no sería el ganar. Estamos hablando de esa violencia que termina ganando. Abofetea… y espanta.


«Un amplificador de la intolerancia social»

Tras lo sucedido el viernes pasado en el Parque Luis T. Merazzi y las denuncias y análisis del lunes pasado en el Consejo Superior, se sumaron a EL PUEBLO algunos enfoques puntuales. Uno de ellos para transcribirlo textual. Por ejemplo: «en lugar de solo cerrar las puertas, obligar a las parcialidades involucradas a realizar jornadas comunitarias o de convivencia antes de reabrir el acceso a las canchas.
El rebrote de violencia en el fútbol no surge de forma aislada. La cancha es un «amplificador de la intolerancia social»
Otra cuestión de esencia que vale la pena compartir: «El deporte formativo no existe para salvar las carencias del sistema, sino para enseñar a convivir. Cuando la frustración, la falta de empatía y la agresividad verbal del día a día se trasladan a una cancha donde juegan chicos de 15 o 16 años, se quiebra la función educadora del fútbol».
De lo que no hay dudas: si la respuesta institucional se limita a suspender fechas o jugar a puertas cerradas, se trata el síntoma, pero la enfermedad sigue allí. No faltan quienes admiten incluso desde el punto de vista de la propia sociología (¡el comportamiento humano!) que «para frenar este rebrote se requiere firmeza punitiva contra  los agresores individuales y un pacto de convivencia real entre los clubes, los árbitros y las familias». Habría que convenir que no es fácil la misión. ¿O es definitivamente un cuesta arriba?


No lo olvidemos

El fútbol es mucho más que un deporte. Es una forma de vida que une a las personas, fomenta la amistad y derriba barreras. Impulsa la ambición, celebra la diversidad y crea un sentimiento de pertenencia. El fútbol tiene la capacidad de unir a las personas, inspirarlas y transformarlas, desde niños jugando descalzos en campos polvorientos hasta atletas profesionales en estadios abarrotados. Es una pasión común que trasciende generaciones y continentes, demostrando una y otra vez cómo nuestro amor por el fútbol nos une a todos. Realmente: no lo olvidemos.

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