Desde 2015, Ni Una Menos expresa el hartazgo ante la violencia y reivindica la red de apoyo entre mujeres como refugio y resistencia.

“Ni una menos”
Una marcha que surge desde el reclamo y el hartazgo…
Desde El 2015 la reconocemos con este nombre. Pero la herida tiene décadas de silencio.
Cruzo la plaza de tarde, cuando el sol empieza a caer y el frío de junio se mete en los huesos sin pedir permiso. Hay un murmullo que crece, un eco que no es de hoy ni de ayer, sino de hace años. Miro a mi alrededor y veo los rostros. Rostros que son el mío, el tuyo, el de la vecina que saluda apurada por las mañanas, el de la compañera de banco que comparte un apunte, el de la madre que espera con el corazón en la boca. En cada mirada hay un hilo invisible que nos une, una trama tejida de ausencias que duelen en el centro del pecho. Pensaba en los nombres que ya no están, en esas voces que apagaron de golpe, dejando un vacío enorme en las mesas familiares y en las veredas de los barrios, ahí donde los diarios a veces parecen contar números en lugar de vidas.
Es una memoria que se lleva en el cuerpo, una herida colectiva que sangra bajito. El miedo se disfraza de rutina, se instala en el peso de las llaves en la mano al volver de noche o en el mensaje de WhatsApp, que mandamos casi por instinto para avisar que llegamos bien, como si el solo hecho de caminar por la calle fuera una tregua incierta. Nos habita esa precaución obligada que nos recuerda que la vulnerabilidad no es una elección. Y junto al miedo, marcha siempre el juicio implacable del afuera, ese dedo índice que escudriña la ropa, la hora, la forma de hablar o de callar, buscando mudar la culpa de lugar para hacernos responsables de nuestra propia intemperie. Es un peso doble: cuidarse del peligro y cuidarse de la mirada que, después, va a juzgar cómo te cuidaste.
Esta fecha no es un aniversario más en el calendario; es un recordatorio urgente de la necesidad imperiosa de reunirnos para sostenernos. Cuando las estructuras fallan y las respuestas formales llegan tarde, la única certeza es la red que tejemos entre nosotras. Hemos aprendido a leernos en los silencios, a descifrar los miedos que no se nombran y a transformarlos en una fuerza compartida. La verdadera revoluciónn el grito hacia afuera, en la calidez del abrazo que cobija a la que tiene miedo de hablar, en el oído atento que no juzga, en el espacio seguro donde la sospecha no tiene cabida. Reunirnos es nuestro acto de resistencia más puro, el lugar donde el juicio se desarma y la complicidad se vuelve refugio.
Nos han enseñado a temer a la tormenta, a resguardarnos del viento fuerte, pero olvidaron que somos el resultado de muchas tormentas superadas. Cuando nos encontramos en la calle o en la simple coincidencia de una mirada cómplice, no hay espacio para la distancia. Hay un fuego pequeño pero constante que se alimenta del deseo profundo de que ninguna más tenga que caminar con el corazón en la mano Escribo esto con la convicción de que cada conversación en la cocina, cada regreso acompañado y cada abrazo apretado es un ladrillo más en la casa que estamos construyendo.
Cuando caiga la noche y las luces de la plaza se apaguen, volveremos a casa con el peso de la rutina, pero también con una calma distinta: la de saber que dejamos de ser islas, que el miedo ya no nos habita en silencio y que, mientras nos tengamos las unas a las otras, la intemperie siempre tendrá un refugio adonde ir a abrigarse.





