Nancy Pereira convirtió su pasión por manejar en una vocación como chofer de ómnibus, destacándose por su compromiso, esfuerzo y el vínculo cercano que mantiene con los pasajeros en su trabajo diario.

La historia de vida que presentamos hoy tiene como protagonista a una mujer que encontró en el volante no solo un trabajo, sino también una verdadera vocación, Nancy Pereira. Desde muy chica, su vínculo con los vehículos comenzó de una manera sencilla y natural, en el entorno del campo donde creció. Allí, entre caminos de tierra y aprendizajes cotidianos, su abuelo fue quien le transmitió los primeros conocimientos para manejar. Aquellas primeras prácticas, que en su momento parecían solo un juego o una curiosidad de la infancia, con el tiempo se transformaron en una habilidad y en una pasión que marcaría su camino.
Años después, cuando la Intendencia realizó un llamado para conducir ómnibus, decidió presentarse al concurso. Fue una decisión importante, porque implicaba apostar por una oportunidad en un ámbito que durante mucho tiempo estuvo ocupado mayoritariamente por hombres. Sin embargo, con entusiasmo, compromiso y confianza en sus capacidades, logró superar el proceso y comenzar una etapa que hoy recuerda con orgullo. Desde entonces, cada jornada al volante representa para ella una experiencia que disfruta y valora profundamente.
Aprender a manejar vehículos grandes no fue sencillo. Como en cualquier desafío nuevo, hubo dificultades y momentos de aprendizaje. No obstante, su gusto por conducir y sus ganas de superarse hicieron que cada día fuera una oportunidad para mejorar. Manejar un ómnibus requiere una gran responsabilidad: implica estar atento al tránsito, a los semáforos, a los vehículos que circulan alrededor y también a las necesidades de los pasajeros. Con el tiempo, esa práctica constante le permitió desarrollar una visión más amplia de la calle y una mayor seguridad en su trabajo.
Pero más allá de la conducción, uno de los aspectos que más destaca de su profesión es el vínculo con las personas. La relación con los pasajeros se ha convertido en una de las partes más lindas de su rutina. En cada recorrido hay saludos, historias compartidas y pequeños gestos de cariño que hacen que el trabajo sea aún más especial. Muchas veces, incluso, los pasajeros aparecen con algún regalito o una palabra amable, generando un clima cercano y humano dentro del ómnibus.
Trabajar en un espacio donde históricamente predominaban los hombres tampoco representó un obstáculo para ella. Con sus compañeros mantiene una muy buena relación y reconoce que de cada uno ha aprendido algo. Siempre se sintió tratada de igual a igual, formando parte de un equipo donde el respeto y el compañerismo han sido fundamentales para su desarrollo profesional.
A lo largo de su trayectoria también ha aprendido que el trabajo de chofer implica mucho más que manejar. Requiere paciencia, atención constante y una actitud positiva frente a cada situación que pueda surgir durante el recorrido. Entre el tránsito, los timbres de parada, la organización de la planilla y las diferentes demandas del día a día, el rol exige concentración y responsabilidad. Por eso, muchas veces recurre a la música como una forma de hacer más agradable el viaje, tanto para ella como para quienes la acompañan en el trayecto.
Su historia es, en definitiva, un ejemplo de esfuerzo, perseverancia y amor por lo que se hace. Mirando hacia atrás, reconoce todo lo aprendido en el camino y sostiene una filosofía sencilla pero valiosa: seguir dando siempre un paso hacia adelante, aprender de lo vivido y no repetir los errores. Porque, como ella misma afirma, todos somos humanos, nadie es perfecto y cada experiencia deja una enseñanza.
Por tal motivo, la protagonista de la historia de vida de hoy es Nancy Pereira.
—Cuando eras chica, ¿qué soñabas ser cuando fueras grande?
—Cuando era chica quería aprender a manejar y, como vivíamos en el campo, practicábamos de todo, hasta que mi abuelo me fue enseñando y ahí fui aprendiendo.
—¿Cómo fue el momento en que decidiste trabajar manejando un ómnibus?
—Yo era feliz y, cuando la Intendencia realizó el llamado para los ómnibus, me presenté. Fue por concurso y, bueno, lo logré y acá estoy, más que feliz.
—¿Fue difícil aprender a manejar vehículos grandes?
—No fue fácil, pero si te gusta lo hacés con ganas y día a día vas aprendiendo.
Manejar coches grandes te da una visión más amplia. Venís observando desde lejos.
—¿Cómo es la relación con los pasajeros?
—La relación pasajero-chofer es linda porque la gente te saluda, te cuenta historias, me miman mucho mis pasajeros, siempre aparecen con algún regalito.
Tenés que tener mucha paciencia, pero siempre positiva. Siempre voy con música para que el recorrido sea más placentero.
—¿Cómo fue abrirte camino en un trabajo donde históricamente hubo más hombres?
—Con mis compañeros, que son en su mayoría varones, me llevo muy bien y he aprendido algo de cada uno. Son geniales.
—¿Alguna vez sentiste prejuicios o comentarios por ser mujer chofer?
—Sabés que nunca me sentí de menos, al contrario, siempre a la par.
—Si pudieras hablar con tu “yo” más joven, ¿qué le dirías?
—Da un pasito más adelante, tenés que siempre mirar lo que viene. Lo que pasó ya está: si es bueno fue un aprendizaje y, si es malo, no repetirlo.
Somos humanos y nadie es perfecto. A veces encontrás a alguien que reclama algo, pero nosotras no solo manejamos: tenés que ir atenta al semáforo, a los vehículos que circulan, te tocan timbre, tenés que realizar la planilla… que tengan paciencia, así llevamos a todos.





