El tránsito en Salto no es simplemente un flujo de máquinas; es un campo de batalla donde nuestra deshumanización sale a la luz todos los días. Durante más de una década, los salteños fuimos rehenes de un sistema —el antiguo Decreto 6650/2013— (que nunca estuve alineado con él) que, lejos de sanar nuestras calles, las convirtió en un cementerio de proyectos de vida. Aquel decreto no fue una solución; fue una forma cruel de ejercer poder sobre el vulnerable, llenando los depósitos municipales de chatarra, de motos que eran el único sustento de trabajadores y de autos que representaban el sacrificio de toda una vida.
Pero que quede claro: “Nada es inocente”. Cada vehículo que quedó abandonado en un corralón es un símbolo de una falla moral colectiva. No hablo de piezas de metal, hablo de la desesperación de un padre que, por una infracción técnica o una falta administrativa, vio cómo su única herramienta de libertad le era arrebatada y condenada a la intemperie. ¿Quién nos devolvió esos años de desidia? ¿Quién compensó a esas familias que, de un día para otro, se quedaron sin nada, atrapadas en un laberinto de multas impagables y una burocracia que se alimentaba de su desgracia, despojándolos no solo de su vehículo, sino de su capacidad de producir y de vivir dignamente?
El dolor de la exclusión: La «muerte civil»

Es profundamente doloroso reconocer que hemos permitido que el Estado sea, en muchos casos, el verdugo de la economía familiar. El nuevo Decreto 7731/2026 nos presenta una lavada de cara, una oportunidad de respirar al permitir que un tercero habilitado retire el vehículo en el momento de la infracción. Es un alivio, sí, un avance hacia el sentido común que aplaudimos, pero es un alivio que llega tarde para miles que ya fueron destruidos por el sistema anterior.
La realidad que escondemos bajo la alfombra legal es brutal: la mayoría de los vehículos en nuestra ciudad circulan en un limbo de irregularidad no por rebeldía, sino por supervivencia. La falta de transferencia, la ausencia de seguros y las deudas de patente no son «delitos» de mala fe; son las cicatrices de una clase trabajadora que intenta moverse en una ciudad que le exige documentos de primer mundo mientras le niega oportunidades reales. Cuando un inspector retiene una moto porque su dueño no puede pagar una transferencia de miles de pesos —dinero que muchas veces no tiene—, no está aplicando justicia; está cortando la última cuerda que mantiene a esa persona conectada a su trabajo, a sus hijos, a la posibilidad de llevar el pan a la mesa. Estamos condenando a gente a una «muerte civil» por el simple pecado de ser pobres, por el pecado de no poder cumplir con exigencias que, para otros, son apenas trámites administrativos menores. Es un sistema que castiga al que no tiene, mientras el que tiene compra su impunidad o su silencio.
El inspector y el ciudadano: Un pacto roto (cuando los vemos nos da miedo, cuando los necesitamos los llamamos)
La función del inspector de tránsito ha sido trágicamente desvirtuada. Lo hemos convertido en un recaudador de impuestos, en un brazo ejecutor de una política que busca el castigo por encima de la vida. ¿Cuántas muertes, cuántos lesionados graves hemos evitado realmente con esta persecución documental? La respuesta duele y nos avergüenza: casi ninguna.
Las estadísticas de accidentes siguen siendo un grito de auxilio que ignoramos. Porque, mientras nosotros nos ocupamos de perseguir si el vehículo está a nombre de quien lo conduce, si la patente está al día o si el papel tiene el sello correcto, en la esquina de al lado una persona está perdiendo la vida por la falta de un valor básico: el respeto. El respeto por el otro. El respeto por la existencia ajena. Mientras nos obsesionamos con el papel, nos olvidamos de la persona que viaja al lado nuestro. Nos hemos vuelto seres egoístas, que aceleran cuando ven al otro intentar cruzar, que omiten el respeto básico en una rotonda, que se creen dueños de la calle y que, al final del día, llegan a casa sin entender que la calle es el lugar donde más demostramos quiénes somos realmente.
Hemos transformado el tránsito en una selva, y la selva es, por definición, el lugar donde solo sobrevive el más fuerte, ignorando que en el asfalto un error de un segundo nos hace a todos igualmente vulnerables.
La tragedia de ser solo «habitantes»
¿En qué momento dejamos de ser ciudadanos? Un habitante es aquel que transita con miedo, que esquiva al inspector, que vive en la sombra de la norma porque teme el castigo, no porque entienda el valor de la vida. Un ciudadano, en cambio, es aquel que se reconoce en el otro, que sabe que su libertad termina donde comienza la del otro. Pero en Salto hemos perdido esa conexión humana. Nos hemos vuelto extraños en nuestro propio suelo.
La implementación de la libreta por puntos se acerca como una nueva tormenta. Nos prometen orden, nos prometen modernidad, pero yo solo veo más angustia. Veo el riesgo inminente de que las personas pierdan su trabajo, su sustento y su esperanza al no poder pagar las multas que la ley les imponga. Es un círculo vicioso de castigo que no tiene piedad por la realidad social. Si este nuevo decreto no nace con un propósito profundamente pedagógico, si no se llena de humanidad, no será más que otro instrumento de opresión que fracturará aún más nuestra ya debilitada cohesión social.
La pregunta no es qué tan alto es el monto de la multa, sino qué tanto daño le hacemos al tejido social cada vez que preferimos castigar a educar.
El llamado urgente: Humanizar la convivencia
Lo digo con dolor y con una exigencia firme: la humanización del tránsito es una urgencia moral impostergable. Basta de medir el éxito de una gestión por el número de vehículos retenidos en un galpón. Eso no es éxito; eso es fracaso. El éxito real es que nadie muera en una esquina, que nadie quede lisiado por la imprudencia, que el inspector sea visto como alguien que nos cuida y no como un enemigo que nos acecha entre las sombras.
DE HECHO UN INSPECTOR QUE PIENSE Y SIENTA QUE SU FUNCIÓN ES RECAUDAR ESTÁ EN EL TRABAJO EQUIVOCADO.-
Nada es inocente, y nuestra indiferencia ante el sufrimiento ajeno en la vía pública nos hace cómplices. Debemos educar a nuestros niños desde la base, enseñarles que el tránsito es un pacto de vida, no un videojuego de velocidad y riesgo. No podemos seguir viviendo en esta locura donde valoramos más el sello de una libreta que la integridad física de un prójimo. Necesitamos un cambio de paradigma: pasar del control coercitivo al acompañamiento educativo. Necesitamos que las autoridades comprendan que el ciudadano no es un contribuyente al que hay que exprimir, sino un ser humano al que hay que proteger.
Es hora de despertar. Es hora de dejar de escondernos detrás de leyes y decretos para justificar nuestra falta de empatía. Si no somos capaces de tratar al otro con decencia, si no somos capaces de entender que cada vehículo encierra una historia, una necesidad y un derecho inalienable a la seguridad, entonces no merecemos llamarnos comunidad. El tránsito es, finalmente, el examen final de nuestra humanidad. Y, hasta ahora, estamos reprobando con creces. Es momento de que esto cambie, no solo por decreto, sino desde el fondo de nuestro corazón. Porque si hoy no empezamos a cuidarnos los unos a los otros, mañana, en cualquier esquina, el próximo nombre en la lista de accidentes podría ser el de alguien a quien amamos profundamente.
Y ahí, cuando ya no haya papeles que valgan, cuando el dolor de la ausencia lo invada todo, entenderemos demasiado tarde que nada, absolutamente nada, era inocente. Cada semáforo ignorado, cada maniobra peligrosa, cada momento en que decidimos que nuestra prisa valía más que la seguridad de otro fue un ladrillo en la pared de esta tragedia. Tenemos en nuestras manos el poder de cambiar la historia del tránsito en nuestra ciudad. No depende del próximo decreto, depende de lo que hagamos hoy, ahora mismo, cuando nos sentamos frente al volante y decidimos que, por encima de todo, está la vida. Que nuestra verdadera identidad como ciudadanos se forje en la solidaridad y el respeto mutuo. Solo así, y solo entonces, podremos caminar nuestras calles con la tranquilidad de quien sabe que ha hecho todo lo posible por proteger la vida, la suya y la de su hermano.
¿Cuántas vidas más necesitamos perder para entender que el tránsito es, en realidad, el lugar donde se mide nuestra calidad humana? No hay multa, no hay decreto, no hay burocracia que pueda devolvernos un segundo de tiempo arrebatado o una vida apagada. Nada es inocente cuando la tragedia golpea; la responsabilidad es un peso que llevamos todos.
Es hora de dejar de pedir justicia para los muertos y empezar a practicarla para los vivos. Es hora de que el inspector no sea un agente de números, sino un protector de latidos. Es hora de que la escuela no solo enseñe teoría, sino que nos grite al oído que nuestro prójimo no es un rival en la carrera, sino nuestra propia carne y nuestra propia sangre.
Si hoy te sientas al volante y sientes que el respeto por la vida del otro es un estorbo, por favor, detente. Mírate en el espejo y reconoce que, si hoy no cambiamos, si hoy no nos atrevemos a ser mejores, mañana seremos nosotros quienes provoquemos la lágrima que nadie podrá consolar.
El cambio que nos urge no está en los papeles, está en nuestro pecho. Está en la decisión, doliente y necesaria, de volver a vernos como hermanos. Hagamos de nuestras calles un lugar donde la vida sea el único valor que no se negocia. Si logramos eso —si logramos que cada maniobra sea un acto de cuidado hacia el otro— habremos transformado el dolor en una bandera.
El pacto de sangre que ya no podemos ignorar
Al final del día, cuando las luces de los vehículos se apagan, nos queda una realidad que ya no podemos maquillar con decretos ni con párrafos legales. Cada vez que ignoramos una norma, cada vez que miramos hacia otro lado ante la imprudencia de un hermano, estamos siendo cómplices de un vacío que nunca se llena.
Pensemos, aunque duela, en las sillas que hoy están vacías en tantas mesas salteñas. Pensemos en el llanto contenido de una madre que espera a un hijo que no va a volver, o en la mirada perdida de quien tuvo que aprender a vivir con la marca de un accidente que pudo evitarse con un simple acto de conciencia. Esas ausencias tienen nombres, tienen rostros y tienen sueños que quedaron truncados sobre el asfalto frío.
¿Cuántas vidas más necesitamos perder para entender que el tránsito es, en realidad, el lugar donde se mide nuestra calidad humana? No hay multa, no hay decreto, no hay burocracia que pueda devolvernos un segundo de tiempo arrebatado o una vida apagada. Nada es inocente cuando la tragedia golpea; la responsabilidad es un peso que llevamos todos.
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