Columnas De Opinión
Cristian Menghi
Cristian Menghihttps://menghi.biz
Salteño, apasionado de la tecnología, la ciencia y la divulgación técnica.

Monopatines en Salto: falta de control y riesgo creciente

El uso de monopatines eléctricos crece en Salto sin regulación clara. Alertan por riesgos, falta de control y siniestralidad en jóvenes.

Entre el progreso y el caos, cómo regular la micromovilidad sin que nadie termine en el hospital

Hace unos años, ver un monopatín eléctrico en las calles de Salto era cosa rara, casi de ciencia ficción. Hoy son parte del paisaje urbano, tanto como los pozos en la calle. El problema es que este fenómeno nos agarró desprevenidos, sin reglas claras, sin controles y lo que es peor sin que nadie se tomara en serio que arriba de esos aparatitos van personas de carne y hueso que se pueden lastimar feo.

El boom que nadie esperaba

Las autoridades locales lo reconocen sin vueltas: el asunto «se les escapó de las manos». Cada vez hay más monopatines y bicicletas eléctricas circulando por Salto, especialmente entre pibes y adolescentes. Los ves por todos lados, yendo al liceo, a la plaza, girando. Muchas veces sin casco, sin luces, zigzagueando entre autos, subiendo a la vereda cuando les conviene, bajando a la calle cuando se les antoja.

El Director de Movilidad Urbana admite que el control hoy es «muy informal», que falta una normativa clara y que están esperando que la Junta Departamental apruebe algo para poder empezar a fiscalizar en serio. Mientras tanto, los monopatines siguen multiplicándose y las reglas siguen brillando por su ausencia.

Lo curioso es que esto no es un problema exclusivo de Salto. En Uruguay, la siniestralidad vial viene complicada, en 2025 se registraron 22.482 siniestros de tránsito con 471 fallecidos. Más de una persona muerta por día en el tránsito. Y la mayoría de los lesionados son jóvenes de entre 15 y 34 años, circulando en vehículos livianos como motos o bicicletas. Ahora sumale monopatines eléctricos sin regulación a ese cóctel explosivo.

No es un juguete, aunque lo parezca

Acá está el meollo del asunto, los monopatines eléctricos parecen inofensivos, parecen un juguete más grande, pero pueden alcanzar velocidades de hasta 25 km/h. A esa velocidad, una caída sin casco puede terminar en traumatismo de cráneo, fractura o algo peor. Y cuando el que circula es un pibe de 12 años sin ninguna experiencia en el tránsito, el riesgo se multiplica.

El problema no es el monopatín en sí. Es un medio de transporte válido, no contamina, ocupa poco espacio, es práctico para distancias cortas. En una ciudad como Salto, donde muchos traslados son de pocos kilómetros y el transporte público no siempre llega o tarda, un monopatín puede ser la solución perfecta. Pero y acá está el pero grande solo si se usa con responsabilidad y bajo reglas claras.

Porque lo que estamos viendo hoy es un Far West sobre ruedas, pibes circulando por la vereda a toda velocidad, monopatines con dos personas arriba, gente cruzando avenidas sin mirar, menores manejando de noche sin luces o con poca visibilidad ( las motos también). Todo eso sin que nadie les diga nada, sin que haya consecuencias, hasta que pasa lo que tiene que pasar y después nos preguntamos cómo fue que llegamos hasta acá.

Las reglas existen (en otros lados)

Montevideo ya tiene una normativa para monopatines eléctricos. No es perfecta, la fiscalización es escasa, pero al menos existe: casco obligatorio, chaleco reflectivo, prohibido circular por veredas, velocidad máxima de 25 km/h, usuarios mayores de 16 años. Básicamente, las mismas reglas que aplicarías a una moto, porque en el fondo estamos hablando de vehículos que comparten el espacio con autos, ómnibus y peatones.

En Salto, el edil Facundo Marziotte presentó un proyecto inspirado en Barcelona, Madrid y Buenos Aires. La propuesta es sensata, definir dónde pueden circular (ciclovías, calles con convivencia, no veredas), fijar velocidades máximas, exigir casco y luces, y crear un sistema educativo antes de meter multas. La idea no es recaudar, es ordenar.

Pero mientras el proyecto se discute y se demora, los monopatines siguen circulando sin reglas, y los accidentes siguen siendo cuestión de tiempo y suerte.

La cultura del «a mí no me va a pasar»

Uruguay tiene una relación bastante particular con el riesgo en el tránsito. Somos un país donde el error humano es la principal causa de accidentes, donde mucha gente maneja alcoholizada los fines de semana, donde usar el cinturón de seguridad o el casco de moto todavía se siente opcional para algunos. Y ahora le sumamos monopatines eléctricos a la ecuación.

La percepción del riesgo entre los jóvenes es especialmente baja. Esa sensación de «a mí no me va a pasar» que hace que salgan sin casco, que crucen sin mirar, que circulen de noche vestidos de negro sin luces. Hasta que pasa. Y cuando pasa, la historia siempre es la misma: «no lo vimos», «salió de la nada», «iba muy rápido».

Los adultos, los grandes ausentes

Acá hay que señalar algo incómodo pero necesario, muchos de los pibes que andan en monopatín sin casco lo hacen porque los adultos se lo permiten. Porque mamá o papá le compró el monopatín pero no le compró el casco. Porque lo dejan salir de noche sin luces o chalecos. Porque nunca se sentaron a explicarle que circular en el tránsito no es un juego.

En otras ciudades de la región se pide autorización escrita de los padres para que menores usen monopatines eléctricos. Acá ni siquiera llegamos a eso. Dejamos que los menores circulen como si nada, como si el monopatín fuera una patineta común y no un vehículo motorizado capaz de alcanzar velocidades peligrosas.

Los adultos son los que toman la decisión de compra, los que pueden exigir el uso de casco, los que pueden prohibir que el pibe salga de noche o por calles muy transitadas. Un cambio cultural en las casas puede ser más efectivo que cualquier multa. Cuando el mensaje es claro («sin casco no salís»), las conductas empiezan a cambiar.

El desafío: regular sin prohibir

Salto tiene la oportunidad de hacer las cosas bien. De aprovechar las ventajas de la micromovilidad menos autos, menos contaminación, más opciones de transporte sin pagar el precio en vidas y lesiones. Pero para eso se necesita voluntad política, campañas de educación vial, controles coherentes y un mensaje claro desde las instituciones.

No se trata de prohibir los monopatines. Se trata de que circulen en condiciones seguras, con usuarios que saben lo que hacen, que respetan reglas básicas, que entienden que compartir el espacio vial implica responsabilidad. Porque la próxima estadística de siniestros puede llevar el nombre de cualquiera.

La pregunta es si vamos a esperar a que pasen más accidentes para tomarnos el tema en serio, o si esta vez nos adelantamos y hacemos las cosas bien de entrada. Porque a la larga, sale más barato un casco que una internación en CTI.

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