Nací en Salto – Uruguay un octubre de 1974 con más de un año de dictadura, formé mi personalidad entre el miedo, el resentimiento y la rabia propios de cualquier sociedad que perdió seres queridos en manos del terrorismo de Estado.
Con todo ese cúmulo de emociones mal resueltas no era nada fácil la vida y —como la cobardía es un rasgo cultural— las damas, niños y ancianos se castigaban primero. De esa forma nos convertimos en receptores directos de toda la frustración de una generación que casi tocó el cielo con las manos.
Familias con jefes
La dictadura instaló culturalmente en cada casa un dictador eufemísticamente llamado jefe de familia. Así transcurría la infancia en una ciudad bombardeada, en todos sus ámbitos, por una cultura alcohólica, hipersexualizada y que quería tapar el sol con la mano.
El casillero de cerveza era el principal valor cultural, viajar en autos manejados por adultos borrachos era moneda corriente, los feminicidios eran llamados de “crímenes pasionales” y los asesinos eran considerados víctimas —“Pobre, mirá lo que ella lo obligó a hacer” era el melancólico y cómplice sentido común de esa época.
El humor en esos años provenía —al igual que hoy— de la televisión argentina en la que hombres maduros realizaban chistes de doble sentido con mujeres jóvenes semidesnudas.
Los niños poco a poco íbamos siendo adoctrinados por esa máquina de vicio, guarangada y pulsión sexual, banalizando los sueños de grandes pensadoras y pensadores que escribían, desde un exilio metafísico, para un público distraído por la pantalla.
La Murga es una mujer
Pero nadie contaba con la MURGA, que, después de años de oscuridad, iluminaría la tierra prometida diciendo; el mundo es más que ese viejo chiste gastado del veterano queriendo levantar a una menor de edad.
A partir de ahí mi vida cambió, ese día quedó grabado, para siempre, en mi memoria. Niño frente a ella había encontrado mi vocación y mi razón de existir: el ARTE.
La murga me atravesó el pecho como a un cristo pagano, pero lejos de herirme me resucitó. Me abrazó, me adoptó, me dio un sentido de pertenencia y con todo el amor del mundo me susurró al oído — Pibe, te quieren ocultar el verdadero mensaje: el trabajador todo lo produce y a él todo le pertenece.
Falta la Papa y la familia Miranda de Garrone
Era el año 88, vivíamos en Blanes 197, en el tercer piso, en frente a Ferro Carril, todos los días me despertaba leyendo “Vos sos del año 1912”. Aquella tarde percibí que había un movimiento diferente. Estaban armando un tablado.
El año anterior Salto había tenido un récord de 19 murgas, ya había visto desde el balcón algunas, pero sin prestarle atención porque el sonido no llegaba muy bien.
Me acuerdo que un día Roberto Lucero y Ruben Milán, en la mítica “Falta La Papa”, saludaron a los que mirábamos, literalmente, de arriba (sin pagar la entrada) diciendo: un saludo a la familia “Miranda de Garrone”.
Por ese motivo, ese año, en una jugada estratégica de la comisión directiva del club para aumentar la recaudación, el tablado había cambiado de lugar y ya no podíamos verlo. El destino parecía decirme: no te pongas medias que es foto carné.
El encuentro
Un día habría que escribir la historia de la economía de los niños, la insolvencia como condición y la curiosidad como motor. De pronto en mí surgió el obstinado propósito de colarme. Nunca lo había hecho, pero una fuerza inexplicable organizó mi pensamiento y me dio el coraje necesario para llevar a cabo mi modesto plan.
Hoy, después de tanto tiempo, puedo ver que ese encuentro era inevitable y que todo ya estaba predestinado.
Bajé la escalera nervioso y decidido sin decirle nada a mis padres, la entrada era por la calle 19 de Abril, había un portero, él me junó. Puse cara de desentendido, amagué a irme y, en una acrobática media vuelta, me junté a una montonera que entraba y pasé más rápido que el viento.
No sé si fue mi audacia o la complicidad benévola del portero que se hizo el sota dejándome pasar, lo cierto es que de pronto estaba ahí en el medio del tablado, en un paraíso particular, mío, tuyo, nuestro, de Pedro, María, de Juana y José.
Con el tiempo supe que el nombre técnico de eso es gozar de un bien artístico cultural, también supe que el derecho al acceso al arte y a la cultura son considerados Derechos Humanos, para mí era simple felicidad y belleza. La Murga hace justicia por mano propia distribuyendo la riqueza artística.
La Diabla Compañera
“La Diabla Compañera”, de la barra del amado Peluco Silva, fue la primera murga que vi en mi vida como público espectador, de la forma en que se debe ver una murga: bien de al lado, con el olor a fuego de leña y choripán, prestando mucha atención a las letras y dejándome atrapar por un sinfín de artificios pensados para sorprender, hechizar y hacer reír.
Después, Punto y Coma, Los Presidiarios, Jaque Mate y La Falta ¡qué noche!
A partir de ese momento entré en otro mundo en el que vivo hasta hoy, el de la ancestralidad humana pulsando en un instinto de representación de forma abundante, universal y gratuita.
La Murga es teatro, pertenece al universo de las artes performáticas de repetición y su popular objetivo es iluminar y revelar la verdad que quiere ser escondida. Ese día comenzó mi investigación sobre arte escénica, economía cultural, teatro político y acceso a técnicas artísticas. La Murga es mi punto de vista.
Cuando el pueblo ríe no teme
La Murga es la demostración de nuestra fuerza de vivir, es la popularización del fuego sagrado, es la materialización de la alegría que no nos pueden robar. Siempre será un diamante en el zapato de los poderosos, una flor atrevida que se cultiva en la vereda de los humildes para exhalar su fragancia altiva.
Cuando el pueblo ríe no teme y es por eso que la querrán hacer callar. Podrán lanzarnos un invierno atrás del otro, ¡pero la Murga siempre volverá!
¡Viva el Arte! ¡Salario digno para las y los Artistas!





