Columnas De Opinión
Dr. Ignacio Supparo
Dr. Ignacio Supparo
Ignacio Supparo Teixeira nace en Salto, URUGUAY, en 1979. Se graduó en la carrera de Ciencias Sociales y Derecho (abogado) en el año 2005 en la Universidad de la República. Sus experiencias personales y profesionales han influido profundamente en su obra, y esto se refleja en el análisis crítico de las cuestiones diarias, con un enfoque particular en el Estado y en el sistema político en general, como forma de tener una mejor sociedad.

Los mercados le marcan la cancha al Gobierno por la deuda

Tras dos emisiones fallidas, el Gobierno colocó deuda con condiciones más atractivas, una señal que reaviva el debate sobre el gasto y el déficit fiscal.

LOS MERCADOS LE MARCAN LA CANCHA AL GOBIERNO

«Todo lo que puede hacer un gobierno para mejorar las condiciones de vida del pueblo es reducir sus dimensiones.»

Hace pocos días el Ministerio de Economía intentó colocar el equivalente a unos cien millones de dólares en Notas del Tesoro indexadas a la evolución de los salarios y con vencimiento en 2047. La respuesta de los inversores fue extremadamente pobre. Frente a una oferta equivalente a 2.250 millones de Unidades Previsionales, apenas aparecieron ofertas por unos 300 millones y la emisión fue declarada desierta.

En realidad, las señales habían comenzado algunos meses antes. En diciembre de 2025 el Ministerio de Economía ya había debido declarar desierta otra emisión de deuda por insuficiente demanda. Ese constituyó el primer indicio de que los inversores comenzaban a mostrarse más selectivos respecto de las condiciones en que estaban dispuestos a financiar al Estado uruguayo.

En la desesperación por conseguir dinero para soportar el tremendo gasto público del Estado, parece que la tercera es la vencida y a escasos días del fracaso anterior, el Gobierno volvió al mercado. Pero ya no ofreció el mismo instrumento. Emitió deuda en pesos nominales, con vencimiento en 2030 y condiciones mucho más atractivas para los inversores. La demanda superó ampliamente la oferta y finalmente logró colocar aproximadamente 110 millones de dólares equivalentes.

La confianza del mercado no cambio en apenas una semana; lo que cambiaron fueron las condiciones. Y fue el mercado el que las impuso ante un deudor que ya no se muestra tan sólido ni tiene la confiabilidad de antes.

Esa es la lectura real. Sin embargo, el oficialismo te la presentaran como una buena noticia, pero es demagogia pura, la manipulación política en su máxima expresión, porque:

  • ¿desde cuándo que unos burócratas nos endeuden cada vez más, sin nuestro consentimiento y a la fuerza es motivo de celebración?
  • ¿cómo puede celebrarse una noticia que nos hace más pobre a todos y que demuestra la completa ineficiencia e inoperancia del Estado en el manejo de nuestro dinero?

La verdadera buena noticia sería un Estado que dejara de necesitar endeudarse para financiar un gasto que vive por encima de las posibilidades del país.

Durante años, los gobiernos han logrado sostener la ilusión – muy conveniente – de hacer crecer el Estado sin que la mayoría de la población perciba inmediatamente el costo. En economía, los relatos no se pueden sostener indefinidamente, y tarde o temprano empiezan a caer como un castillo de naipes. Y eso es lo que empieza a pasar en Uruguay, se está cayendo el relato, y la realidad presenta la factura.

Los políticos y economistas vinculados al poder intentarán minimizar el hecho, pero los mercados hablan con dinero, no con discursos. Cuando los inversores no están dispuestos a prestar en las condiciones ofrecidas, están enviando un mensaje muy claro: existe un riesgo muy grande o consideran que la rentabilidad ofrecida no compensa ese riesgo. Traducido al lenguaje cotidiano, significa que financiar al Estado uruguayo comienza a ser más difícil y, probablemente, mucho más caro.

Esto no es casualidad sino la consecuencia lógica de un modelo que insiste en expandir el tamaño del Estado mientras posterga las reformas que permitirían hacerlo sostenible.

La historia económica demuestra que ningún país puede gastar de manera permanente por encima de la riqueza que genera su sector privado. De hecho, la rendición de cuentas del año 2025 nos dice que el déficit de ese año fue de USD 3700.000.000 (TRES MIL SETECIENTOS MILLONES DE DOLARES). Los inversores lo perciben y empiezan a dudar de la sostenibilidad y capacidad de pago de su deudor.

Cualquier economista serio conoce perfectamente este proceso porque se ha repetido una y otra vez a lo largo de la historia. El Estado no produce riqueza. No fabrica un solo dólar. No crea valor. Vive exclusivamente de los recursos que previamente generan quienes trabajan, emprenden, invierten y producen.

Por eso, las alternativas para financiar un Estado sobredimensionado son sorprendentemente pocas.

La primera consiste en crear o aumentar los impuestos hoy. Es la forma más visible de transferir recursos desde el ciudadano hacia el aparato estatal.

La segunda consiste en endeudarse (que es un impuesto a futuro, diferido). Es gastar hoy para cobrarle mañana al contribuyente. Cada bono emitido representa impuestos futuros que deberán pagar nuestros hijos y nuestros nietos.

Eso es lo que hizo el Gobierno después de dos intentos, y mientras los mercados siguen prestando, el mecanismo funciona. El problema aparece cuando los acreedores comienzan a desconfiar. En ese instante el crédito deja de ser abundante, las tasas suben y el endeudamiento se vuelve mucho más costoso. Exactamente esa es la señal que acaba de recibir Uruguay.

Y existe una tercera alternativa, que es la sensata, pero que este Gobierno no va a transitar: reducir el tamaño del Estado, eliminar organismos innecesarios, cerrar estructuras improductivas, disminuir burocracia, racionalizar el gasto público y devolver recursos al sector privado para que sean invertidos donde realmente generan riqueza y empleo.

Pero el actual gobierno ha optado por la dirección exactamente opuesta.

Como dije antes, la reciente Rendición de Cuentas, en conjunto con otras medidas, lo único que hacen es profundizar la expansión del aparato estatal y aumentar el gasto público. Más organismos, más estructuras, más cargos, más gasto permanente y mayores compromisos fiscales para el futuro. Es una apuesta a un Estado cada vez más grande financiado por una economía que crece mucho menos que sus necesidades de gasto.

Para financiar la fiesta, el gobierno ¿creara o aumentara los impuestos?

No lo creo. No parece una estrategia política adecuada ni sencilla seguir creando nuevos impuestos en un país cuya presión tributaria ya castiga y asfixia al contribuyente y que se encuentra entre las más elevadas de la región. Tampoco resulta tan fácil continuar aumentando los existentes sin afectar aún más la inversión, el empleo y la actividad económica.

Asimismo, si los mercados comienzan a exigir condiciones más estrictas, plazos más cortos o una rentabilidad mayor para prestar dinero, el margen de maniobra fiscal se vuelve cada vez más estrecho.

Y entonces aparece el recurso más silencioso de todos: la inflación.

Ese impuesto oculto, invisible y perverso. Que no necesita ser votado por el Parlamento. Que no figura en ninguna boleta. Que no llega por correo ni tiene fecha de vencimiento. Simplemente va reduciendo el poder adquisitivo del dinero. Licúa salarios, destruye ahorros, encarece el costo de vida y golpea con especial dureza a los más pobres y vulnerables de la sociedad.

Es, probablemente, la forma más injusta de financiamiento estatal porque castiga precisamente a quienes menos capacidad tienen para defenderse.

Esto ya lo vimos. Hay antecedentes nacionales y experiencia internacional que muestra un patrón que se repite con inquietante regularidad. Crece el Estado en forma ilimitada; luego aumenta el gasto en forma infinita; después aparece el déficit insostenible y más tarde llega el endeudamiento. Cuando el crédito comienza a agotarse, sobrevienen las dificultades financieras y, finalmente, la sociedad termina pagando el costo mediante mayores impuestos, inflación, menor crecimiento o una combinación de todos ellos.

Es historia bien conocida. Y ese es el camino que esta transitando el gobierno uruguayo.

La verdad es que la economía no distingue entre gobiernos de izquierda o de derecha. Tampoco responde a consignas ideológicas. Responde a incentivos, balances y expectativas. Cuando un país transmite la señal de que continuará expandiendo el gasto sin mostrar un camino claro hacia el equilibrio fiscal, los inversores reaccionan. No por simpatía o antipatía política, sino porque administran riesgos.

Uruguay acaba de recibir una advertencia que sería imprudente ignorar.

La cuestión es simple: si el Gobierno no puede crear más impuestos y se le agota la chance de obtener crédito del mercado, la única alternativa que queda es prender los engranajes de la guillotina inflacionaria. No existe otro camino para financiar un Estado elefantiásico que gasta mucho más de lo que recauda, y quien le diga lo contario, les miente.

Uruguayos: ajusten sus cinturones. Cuando el Estado se niega a ajustar sus gastos, termina ajustando la vida de la gente.

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