La idea no era hacer una entrevista triste, pero, tal vez es pedir demasiado, a la tristeza también hay que transitarla. La última vez que hablé con Papino me dijo: “Pariente, carnaval es un fierro caliente” y nos reímos. En esa época Mariana era presidenta de ASAC y hablábamos con frecuencia.
Hoy volvemos a encontrarnos en otros carnavales para conversar sobre lo que nunca cambia, sobre las emociones sin pintura ni disfraz.
¿Cómo se vive una fecha así cuando el tiempo pasa, pero la ausencia sigue teniendo cuerpo?
Se vive con nostalgia, como una mezcla entre lo que sigue y lo que falta. Pasaron tres años y, sin embargo, hay días, como este, en los que la ausencia vuelve a sentirse con más fuerza. Yo vivo en su casa, y eso hace que esté presente todo el tiempo, en cosas simples, en los recorridos de todos los días. No es el dolor crudo del principio, pero tampoco es algo superado. Es aprender a convivir con esa falta, a seguir con la vida, sabiendo que él no está, pero su lugar sigue ahí.
¿Qué cambia con los años en la forma de recordar a un padre que además fue una figura pública y artística tan presente en la ciudad?
En realidad, para mí no cambia tanto. Antes que cualquier figura pública, siempre fue mi papá. Eso no se modifica con el tiempo ni con los reconocimientos. La gente lo recuerda desde su lugar, desde lo que significó él como artista, cantor y persona, y está perfecto, me llena de orgullo que así sea.
La memoria íntima y la memoria colectiva conviven en paralelo. Está la memoria íntima, la del papá de todos los días, la de las cosas simples, que es la que me acompaña siempre. Y está la memoria colectiva, la del referente murguero, la que aparece cuando Salto lo nombra y lo homenajea. A veces se mezclan y a veces caminan por carriles distintos, pero ninguna borra a la otra. Yo necesito cuidar la primera y al mismo tiempo respeto y agradezco la segunda, porque también habla de lo que fue y lo que dejó en lo demás.
¿Qué cosas sentís que siguen hablándole a la gente desde el cielo?
Creo que sigue hablando desde su manera de pararse en la vida. Su ideología siempre fue por delante, con mucha honestidad, lealtad y transparencia y eso es algo que quedó. Está en las ideas que defendió, en la forma de decir las cosas sin vueltas, en no correrse de lo que pensaba, aunque fuera incómodo.
Eso sigue presente, más allá de él y creo que la gente lo reconoce en eso. Cada vez que alguien lo recuerda, siempre aparece una anécdota, una palabra linda, algo bueno para decir de él. Eso, para mí, también es una forma de presencia.
¿Hay gestos cotidianos, frases o silencios que hoy te lo traen más que los homenajes formales?
Si, todo el tiempo. Me pasa conmigo misma: en ciertas reacciones, en ciertas maneras de decir las cosas, me reconozco muy parecida a él. También lo encuentro en mi sobrino, Lorenzo, en su carácter un poco cascarrabias, en el físico de mi hermano, en la música que escucha mi hermana y en la mirada de Amelia, mi hija, que a veces lo trae de vuelta sin decir nada. Son esas cosas simples, de todos los días, las que hacen que lo sienta más cerca que un homenaje formal.
El duelo muchas veces transforma la manera de mirar el arte y la vida cultural. ¿Cambió tu relación con la murga?
Sí, cambió. Al principio la murga estaba muy asociada al dolor y a la ausencia, era imposible no sentirlo ahí. La retirada de la murga de ese año en que él falleció era algo tan emocionante que no podía escucharlo sin llorar, además en un momento detrás del escenario alzaban el contorno de su figura con la guitarra y era una sensación difícil de describir.
Muy linda, pero a la vez muy dolorosa, ya que él se fue sin poder escuchar la murga en el Parque Harriague. Con el tiempo eso se fue transformando y hoy también es un lugar de encuentro con su memoria, pero desde otro lugar. Sigue estando la emoción, sigue sintiéndose la falta, pero ya no es solo tristeza: es una manera de sentirlo cerca, de reconocer lo que fue y lo que dejó, y de seguir vinculada a ese mundo sin que todo pase únicamente por el duelo.
¿Sentís que el tiempo ayudó a ordenar el dolor o simplemente aprendiste a caminar con él?
Creo que más que ordenar, aprendí a caminar con él. El tiempo no borra la ausencia, pero sí cambia la forma en que uno la lleva. Yo lo extraño mucho y muchas veces me pasa que necesito saber que me diría cuando me pasan ciertas cosas.
Estoy segura que el tendría la palabra y el abrazo justo para ayudarme a seguir. Si bien ya no es como al principio, cuando todo pesaba más, el dolor sigue estando. Hoy convive con la vida cotidiana, con momentos buenos y con recuerdos, de una manera distinta, un poco más amable, pero siempre presente.
Cuando ves a Punto y Coma arriba del escenario, ¿qué sentís que permanece de Papino más allá de los nombres y los recuerdos explícitos?
Creo que permanece su manera de entender la murga y el lugar que ocupó en ella. La gente sigue asociando a la Punto con él, como si nunca hubiera dejado de salir. Más allá de las referencias explícitas, esa huella sigue ahí, en cómo se piensa y se vive la murga.
¿Qué te gustaría que la gente de Salto entienda hoy sobre quién fue Papino, más allá del mito y la nostalgia?
Que además del referente y del artista, fue una persona profundamente comprometida con lo que hacía y con lo que creía. Que no se quedó solo en el personaje público, sino que vivió con coherencia, con convicciones y con una forma muy honesta de pararse en la vida. Detrás del nombre y de la historia, había alguien simple, apasionado y muy humano.
Si tuvieras que decirle algo hoy, tres años después, desde el lugar en el que estás, ¿qué palabra elegirías?
Le diría que lo necesito, que extraño su manera de decir las cosas y esa capacidad que tenía de encontrar la palabra justa, la que te acomodaba por dentro y te ayudaba a seguir. Le diría que sus palabras y sus abrazos siempre sanaban el alma. Y, por supuesto, le diría GRACIAS, por lo que fue, por lo que me dio y por lo que sigue dejando incluso en su ausencia.





