
En una cuadra transitada del centro de la ciudad, sobre calle Uruguay a la altura del 9, frente al Centro Médico y al local conocido como “El Revoltijo”, María José Emed González es parte del paisaje cotidiano desde hace casi dos décadas. Hace 17 años que trabaja como cuida coches, un oficio silencioso, muchas veces invisible, pero fundamental para el orden y la seguridad en la vía pública. Su historia es la de tantas personas que, ante la falta de oportunidades laborales, encontraron en este trabajo una forma honesta de subsistir.
María José llegó a esta actividad luego de quedar desocupada. Antes había trabajado en los arándanos, pero las vueltas de la vida la llevaron a instalarse definitivamente en la calle, donde sus días transcurren en una rutina simple y exigente: del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Jornadas largas, a la intemperie, con frío, calor o lluvia, cuidando autos y, sobre todo, motos, que según cuenta, son las menos valoradas a la hora de la propina.
El reconocimiento de la gente es irregular. A veces aparece en un “gracias” o en una moneda, pero muchas otras no llega. María José es clara al decir que el ingreso económico no alcanza para vivir y que los cuidacoches no cuentan con un sueldo fijo. Por eso, reclama que la Intendencia valore el trabajo que realizan y considere la posibilidad de otorgarles un mini sueldo, además de reforzar los controles de la zona azul con mayor presencia de inspectores.
A lo largo de estos años, asegura no haberse sentido discriminada por ser mujer, aunque sí desvalorizada como trabajadora. Desde su lugar, deja un mensaje directo a la comunidad: pide empatía, que la gente “se ponga la mano en el corazón”, que deje propina cuando se cuidan las motos y que compre el tarifado, recordando que detrás de cada cuida coches hay una persona que no tiene salario, pero sí una necesidad y un compromiso diario con su trabajo.
La historia de María José pone rostro y voz a una realidad muchas veces ignorada, y abre el debate sobre las condiciones laborales, el reconocimiento y la dignidad de quienes, desde la calle, sostienen un servicio que beneficia a toda la ciudad.
¿Cómo es tu nombre y hace cuánto tiempo trabajas como cuida coches?
—Mi nombre es María José Emed González y hace 17 años que trabajo como cuidacoches.
¿Qué te llevó a empezar en este trabajo?
—Estaba desocupada y necesitaba salir a buscar una forma de ganarme la vida.
Antes de dedicarte a cuidar coches, ¿a qué te dedicabas?
—Trabajaba en los arándanos.
¿Cómo es un día normal en tu vida?
—Del trabajo a casa y de casa al trabajo.
¿En qué zona trabajas habitualmente y por qué elegiste ese lugar?
—Trabajo en calle Uruguay, a la altura del 9, en la cuadra del Centro Médico, frente a El Revoltijo.
Sentís que la gente valora tu trabajo?
—A veces sí y a veces no. Sobre todo cuando se trata de motos, que casi no se valoran.
¿Qué es lo más difícil de ser cuida coches?
—Estar todo el día en la calle y que, cuidando motos, la gente casi no te deje nada.
¿Te sentiste alguna vez discriminada o desvalorizada por ser mujer?
—No, nunca.
¿Cómo es el ingreso económico? ¿Alcanza para vivir?
—No, no alcanza. Necesitamos que la Intendencia valore nuestro trabajo y nos dé хотя sea un mini sueldo.
¿Qué mejorarías de las condiciones de trabajo de los cuida coches?
—Que hubiera más inspectores controlando la zona azul.
¿Qué mensaje te gustaría dejarle a la gente sobre el trabajo de los cuida coches?
—Que se pongan la mano en el corazón, que dejen propina cuando cuidamos las motos y que compren el tarifado. Nosotros no tenemos sueldo.






