
Entrevisté a Marcelo Cattani para realizar un recorrido por la memoria visual de Salto, donde la fotografía nació como un acto de rebeldía frente a la opresión. A través de fanzines, cámaras a rollo y la bohemia de La Cofradía de la Colina, esta entrevista desnuda el alma de un artista que transformó la opresión en compromiso social.
Un testimonio sobre el «under» como refugio de libertad y la vigencia de una mirada que, entre lo analógico y lo digital, sigue latiendo.
EL DESPERTAR EN LA PENUMBRA
¿Qué fue lo primero que sentiste que tenías que fotografiar para que no se perdiera?
Nací en el 67 y empecé la escuela en el 73, en pleno golpe de Estado. Todos mis años fueron durante la dictadura. Veíamos las chanchitas en el barrio recorriendo y en las radios se escuchaban las marchas militares con los comunicados.
Viví en un lugar de clase obrera donde se respiraba arte y se hablaba de política, de lo que estaba pasando. La rebeldía era encontrar una forma de expresión a través del arte. Mi padre era albañil y mi madre leía mucho, me acuerdo de Cien años de soledad.
Yo tenía 14 y empezaban a hacer poesía, canciones, tocaba la guitarra y un día percibí que amaba generar imágenes con los textos. Fue un síntoma de que quería ser fotógrafo.
El arte siempre fue algo subterráneo que está ahí, ese grito de libertad y de estar vivo; escuchar un cassette con las canciones prohibidas, buscar válvulas de escape. En esa época el pelo largo no podía tocar el cuello de la camisa; el portero te hacía volver. Eran cosas de alta violencia para un adolescente que quería canales para ser él mismo. El tema era encontrar formas de mostrar y denunciar lo que estábamos viviendo.
LA ESTÉTICA DE LA ESCASEZ
¿Cómo era la tecnología para producir contenidos en esos días?
Usábamos mimeógrafo para pasarnos de forma cómplice un fanzine o un volante. Con papel y una gelatina de pescado hacíamos los mimeografiados que salíamos a pegatinear con chapitas; tenían un olor horrible y los afiches salían feos, pero era una válvula pegar esos carteles ahí.
Salíamos a veces en la noche sintiéndonos un poco héroes, porque los S2 estaban a la orden del día, esa «comunión soldado-policía» que decía Zitarrosa. Una vez subí al tanque de Lazareto a poner cosas arriba como acto de rebeldía, para que lo viera mucha gente. Fue en esa época que compré mi primera cámara, obviamente, todo era a rollo.
HÉROES SUBTERRÁNEOS
Si pudieras recuperar una sola imagen mental de aquellas trasnochadas creativas, ¿quiénes están y qué clima se respira?
Sin duda fui testigo de un tiempo efervescente. Hay un hecho que me marcó: cuando nació Cecilia Lanzieri, la primera hija de Ramón. Recuerdo que estábamos festejando y corríamos carreras con Ramón hasta el reloj para celebrar que había nacido. Era todo ese movimiento de La Cofradía de la Colina, el arte era la forma de sentirnos vivos.
Yo era mucho más gurí, tenía 14 años y ellos ya eran adolescentes de veinte y algo, pero ahí nos integrábamos todos: Juancho Martínez, el “Chino” Dalmao, mi primo «Camaca», el pico Menoni, Daniel Paveleschi, Marta Peralta, Víctor Silveira. Gente para la que el arte era su motivo de vivir. La Cofradía de la Colina se generó en el Parque Solari, en esa especie de colina donde se reunían a leer poesía. Generaban esos primeros poemas en unas hojitas hechas en mimeógrafo; era una maravilla recibirlos.
Como iba diciendo, en ese entonces compré mi primera cámara trabajando en la construcción y empecé mis primeros esbozos; también escribí un librito en una máquina Olivetti. Si cierro los ojos veo eso: que más allá de la opresión, se hacía con la alegría de sentir que se venía un mundo mejor. Luchábamos por eso.
EL MIEDO COMO TRASFONDO
¿En qué momento sacar una foto o repartir un fanzine pasó de ser arte a ser un riesgo real?
Estábamos bastante regalados porque la dictadura era dura y estaba muy viva en los últimos tiempos. En el año 84 estábamos haciendo una pegatina —una imagen de una niña con una flor que decía «viva la democracia»—, ahí cayó la policía. Estaba el Tilo Chácharo, que recién salía de la cárcel y éramos todos gurises: algunos de liceo y otros de escuela.
Nos pusieron presos a todos, en el patio de la policía; mi madre y Waldemar Carballo —junto a su esposa Pocha, uno de los principales referentes de izquierda de esos años— nos fueron a buscar al otro día.
Otra vez me dieron en el puerto unos volantes para dejar en lo de Waldemar; me subo a un ómnibus y se sube un tira. Me bajo en la Plaza Deportes y el tipo se baja atrás. Me temblaban las piernas. Cuando llegué a la casa de Waldemar y Pocha era como haber llegado al medio del desierto. Si eso no es under, ¿qué es el under? Es eso de estar ahí, donde subyace un grito de libertad.
EL LENGUAJE DE LA LUZ Y EL SILENCIO
¿Cómo moldearon esos años en Salto tu «voz» fotográfica?
En el momento que ponés el dedo en el obturador ante un hecho, tenés dos formas de ver la vida: denunciar o ser cómplice. Estás tomando una decisión que no es menor. Yo he intentado siempre comunicar a través de la imagen, que es muy potente porque traspasa la barrera del idioma y tiene un poder de síntesis muy fuerte.
Hay que tener un compromiso con eso. Como decía Dante en la Divina Comedia, vos no podés correr detrás de la bandera después; tenés que tomar decisiones. Con la cámara es igual. Yo tengo un compromiso social y con mi pueblo; si bien lo paisajístico es lindo, yo elijo mostrar las caras de mi gente, las lindas y las feas.
En mi formación tuvieron mucho más que ver los libros, la poesía, los amigos poetas, los boliches y la bohemia que leer catálogos de técnica. Cuando disparo, confluyen las historias que leí, los amores, los desamores y hasta la novia que me dejó. Hacer una foto es desnudar tu alma. Haber vivido todo eso en ese momento histórico confluye en la sensibilidad que uno tiene para mostrarle a los demás cómo ve el mundo.
EL DIÁLOGO CON EL NIÑO INTERIOR
Si pudieras revelar fotos con aquel Marcelo adolescente, ¿qué le dirías sobre su mirada?
Aquel Marcelo era un niño inocente de bohemia, que salía a las calles a capturar imágenes casi sin técnica, a puro corazón y sensibilidad. Creo que todo el bagaje que he tenido, los lugares del mundo que conocí y la técnica que aprendí, no cambiaron lo esencial: detrás de mi cámara sigo siendo ese mismo niño que disfruta con la misma inocencia y felicidad.
Soy un fotógrafo de mitad de camino; hice media vida con rollos y revelados y hoy estoy a pleno con lo digital, la inteligencia artificial y el Photoshop. Tuve que adaptarme para no ser obsoleto, pero lo demás está intacto. El cambio tecnológico pasa, lo tomás o lo dejás, pero lo que trasciende es la sensibilidad y el corazón latiendo detrás de la cámara.
LA DICTADURA EN EL ARCHIVO
¿Encontraste en tus negativos detalles que hoy gritan una realidad que antes no veías?
Tengo fotos que son buena parte de lo que vivimos. Hay una de los tanques un 25 de agosto y, atrás, los carteles de mis compañeros de lucha pidiendo «Verdad y Justicia».
Eran momentos donde la dictadura todavía estaba vivita y coleando; tomar esas decisiones no era fácil. Mis fotos son el grito de alguien que estuvo como preso tanto tiempo.
Mi cámara fue testigo de los boliches, de la bohemia, de las marchas obreras de los compañeros del PIT-CNT; de todas las luchas que acorralaron a la dictadura hasta que floreció la democracia. Haber sido un fotógrafo de mitad de camino me permite valorar hoy la tecnología, pero sigo manteniendo el «pienso» de la época del rollo.
Antes tenías menos disparos y había que pensar más; hoy sacás una ráfaga de 500 fotos por si sale una buena y no pensás tanto. Yo me quedo con el pienso, que vale mucho más que toda la carga tecnológica.
LA VIGENCIA DEL «UNDER»
¿Qué mensaje le darías a los jóvenes que hoy mantienen encendido el espíritu de libertad?
El mundo es dinámico y dialéctico; las nuevas generaciones siempre van a encontrar formas de expresarse de manera subterránea. Mi mensaje es que lo subterráneo es una forma de estar vivo ante el poder que nos quieren imponer. Si no nos gusta lo que nos imponen, hay que buscar ese hueco para decir «acá estamos».
En aquel entonces nosotros lo hacíamos porque nos tenían aplastados; hoy el sistema es el «tener, tener, tener», que también es una forma de opresión. Gurises, sigan por ahí, busquen su forma de expresión. Lo único malo es la quietud, que el teléfono los atrape; pero mientras haya expresión subterránea, siempre será bienvenida.




