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domingo, febrero 1, 2026

Luis Miguel Sosa: identidad, arte y puentes culturales entre Salto y Artigas

Hay trayectorias que se explican mejor cuando se las escucha con tiempo. La de Luis Miguel Sosa es una de ellas. Artista visual, director, asesor de imagen y gestor cultural, su recorrido cruza el teatro, el carnaval y, ahora, un nuevo emprendimiento ligado al diseño en cuero.

Instalado en Artigas desde 2025, su experiencia abre preguntas sobre identidad artística, trabajo colectivo, circulación cultural y la necesidad de tender puentes entre territorios.

En esta conversación, nos habla de cambios, de decisiones, de barrio y de gratitud.

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Comencemos hablando un poco de tu marca

Mi nombre es Luis Miguel Sosa, aunque durante muchos años fui más conocido como Luissó. Ese nombre era mi firma. Era una marca personal, algo que me representaba.

Una identidad artística consolidada.

Sí, totalmente. Por eso no fue una decisión menor darla de baja a fines del año pasado. Decidimos cambiar de nombre este año. Fue una decisión pensada, por una cuestión de proyección, sentí que Luissó debía quedar reservado para otros emprendimientos nuevos que vamos a encarar.

Entonces el cambio no es solo formal.

Para nada. Luissó me trajo mucha suerte, le tengo un enorme cariño, pero lo que vamos a emprender ahora no tiene nada que ver con lo anterior. Este año pienso trabajar con cuero, con otros materiales, con otra estética. Luissó ya tenía una gama de colores y un diseño que no dialogaban con esta nueva etapa.

Por eso decidimos cambiar a Luidó, que es mi segundo apellido. Además hay algo simbólico: mi abuelo y mis antecesores trabajaban con cuero. Me gustó ese quiebre, ese volver a empezar desde otro lugar, casi desde cero.

¿Estamos hablando del mundo de la moda?

Yo diría del mundo de las carteras. Todo lo que tiene que ver con carteras, materiales, cuero, sus partes. Es un proyecto pensado para 2026. No es algo inmediato, pero sí muy trabajado.

Mientras tanto, seguís profundamente ligado al arte escénico.

Sí. Hace 17 años que estoy en el ambiente artístico, trabajando de distintas maneras. En 2026 se van a cumplir casi nueve años desde que estoy en Le Variete, en la parte de la dirección.

¿Y cómo se construye ese rol?

Cuando entré a Le Varieté, el grupo recién empezaba. Ahí comenzamos un camino de perfeccionamiento constante. Yo ya era asesor de imagen, así que profundicé en colorimetría, vestuario teatral y audiovisual. Me fui enfocando en la estética general: lo que se ve arriba del escenario, la escenografía, el vestuario, el maquillaje, el peinado.

Muchas veces el espectador lo percibe, pero no sabe que hay todo un trabajo detrás.

Tu lugar es la imagen.

Exactamente. Todo lo visual: redes sociales, fotos, flyers, presentaciones. Jorge Menoni, que es el otro director, tiene más fuerte la dirección actoral. Trabajamos en conjunto hace nueve años.

Yo observo ensayos cuando puedo, marco ajustes, sugerencias, y después lo hablamos. Jorge lo plasma. Así evitamos superponernos y cuidamos al actor, que necesita claridad.

Eso muchas veces se malinterpreta como conflicto.

Y en realidad es trabajo colectivo. Para eso hay que aprender a bajar los egos. Trabajar en conjunto implica escuchar, aceptar que el otro puede tener razón. Con Jorge nos complementamos muy bien: él odia tomar decisiones y a mí me encanta.

El tema del ego aparece mucho en el ambiente cultural.

Sí, pero creo que a veces se simplifica. El artista tiene ego, es parte del proceso creativo. El problema aparece cuando no se puede escuchar al otro. Venimos de mandatos muy fuertes, de “esto se hace así”. Está bueno deconstruirse para volver a construirse.

Cuando un proyecto dura en el tiempo, como Le Varieté, tiene que ver con eso: con aceptar miradas distintas, reforzar ideas, no cerrarse. He trabajado con artistas brillantes, pero que no aceptaban lo distinto, y eso es muy desgastante.

También hablaste de la dificultad para tomar decisiones.

Es clave. Hay gente a la que le cuesta decidir. A mí no. Si me das tres opciones, elijo una. Si me equivoco, vuelvo atrás y pruebo otra. Esa es nuestra dinámica. Yo decido, Jorge ejecuta. Funciona porque los roles están claros.

Pasemos a Artigas. Un salteño en Artigas.

No fue fácil. Me fui en mayo del año pasado, no por elección personal, sino porque mi pareja fue trasladado por trabajo. Sabíamos que había que radicarse. Dejé mis perros, mis amigos, mi ciudad. Extrañé mucho.

En lo artístico, seguí viajando todos los fines de semana por ensayos y funciones. Y ahí aparece una figura clave: Nelly Salvador.

Una puerta que se abre.

Totalmente. Nelly es una mujer increíble. Muy cálida. Me escuchó cuando yo estaba triste por la distancia, y me invitó a conocer Rampla. Ella es fundadora, su familia entera vive el carnaval. Yo no sabía nada de carnaval artiguense, nunca había salido, ni siquiera había ido.

Me dieron lugar para probar. Me propusieron subir al Abre Alas, una carroza muy importante, vinculada a las dinastías africanas. Si ella confió en mí, era por algo. Y ahí terminé, casi sin darme cuenta.

¿Y por qué Rampla?

Porque es barrio. Yo vengo del barrio. Ceibal, Don Atilio. Cuando vi Rampla, me sentí en casa. Un artista sabe cuándo un lugar es. Me puse la camiseta y fui por ahí.

¿Esta experiencia puede derramar en Salto?

Ojalá. En Salto tenemos una falla histórica: no conocemos a nuestros artistas. Hace 17 años que mi generación produce, y nadie se sentó a decir “veamos quiénes son”. En Artigas me abrieron las puertas sin conocerme. En Salto muchas veces eso no pasa.

El año pasado llevamos Las Novias de Freud y ver 150 personas de pie, aplaudiendo, fue muy emocionante. El arte abre puertas. Yo hoy estoy conectando artistas, haciendo de nexo, llevando y trayendo. Abriendo campo laboral.

Agradecer

Gratitud. La gratitud es la maleta que hay que llevar siempre. Pase lo que pase. Y la humildad entendida como escucha, como reconocimiento del otro. Yo soy agradecido a Salto, a su gente. Hubo un tiempo en que hacía de mimo para poner un pan arriba de la mesa. Estar hoy donde estoy tiene que ver con eso: con agradecer.

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