
La guillotina del director técnico es, quizás, la ley más universal y democrática que tiene el fútbol. No conoce de fronteras, de presupuestos ni de alcurnia.
Pasa en la opulencia de un Mundial, donde un estratega rueda escaleras abajo tras un mal partido, y pasa con la misma crudeza en el barro y la pasión de nuestra Divisional B de la Liga Salteña de Fútbol. O en la propia Copa de OFI con la reciente salida de Richard Requelme en Arsenal.
Es después de todo, un eslabón más de una cadena interminable. Aquel entrenador salteño que hace unos años, masticando el sabor amargo del desencanto, soltó una frase no menos que testimonial: «Podemos tocar el cielo con las manos, pero también ser los perros de la historia» no hizo más que desnudar la fragilidad absoluta de la condición humana en el banco de suplentes.
GLORIA O DESTIERRO
El fútbol tiene una memoria de cortísimo plazo y una ingratitud que espanta. Al director técnico se lo contrata por su capacidad, pero se lo juzga por el azar de una pelota que pega en el palo y sale, o entra. Esa delgada línea, casi invisible, es la que separa la gloria eterna del destierro más absoluto.
En los campeonatos de la Divisional B de la Liga Salteña de Fútbol o en la propia «A» de las últimas temporadas, donde el fútbol se hace a pulmón, con el sudor de la semana y el amor propio del barrio, el director técnico es una figura profundamente solitaria. Cuando las cosas caminan, los aplausos van para el goleador que la mandó a guardar o para el golero que sacó un mano a mano agónico. El técnico queda en un segundo plano, como un arquitecto silencioso cuya obra parece obvia.
Pero cuando el resultado es esquivo, la lona del ring se vuelve el único destino. Lo vivió Richard Requelme en Arsenal en este último tramo, y lo han vivido tantos nombres propios de nuestro medio. El fusible siempre es el mismo. No se pueden echar a veinticinco jugadores, reza el manual no escrito de los dirigentes. Y entonces, cae el hombre del silbato y la planilla.
CON DESTINO AL SUBSUELO
La frase de aquel DT salteño encierra una verdad filosófica que trasciende lo táctico: «Podemos tocar el cielo con las manos, pero también ser los perros de la historia».
El planteo que sale de memoria, el cambio que rinde a los dos minutos de ingresar, el abrazo apretado con los hinchas en el alambrado y el lunes de páginas centrales en los diarios con elogios a la «pizarra mágica». El técnico se siente, por unas horas, el dueño del destino.
Los perros de la historia, en tanto, es una contra cara brutal. Es el silencio del vestuario visitante cuando la derrota cala hondo, el murmullo condenatorio de la tribuna a espaldas del banco, y la llamada telefónica del dirigente a mitad de semana que arranca con un «tenemos que hablar». De la noche a la mañana, aquel estratega pasa a ser el culpable de todos los males, el incomprendido, el señalado. Un paria en su propio territorio.
La condena del resultado

El actual Campeonato del Mundo, va aportando testimonios en esa dirección. La selección eliminada y el DT de la exposición cargada de grises. De última, Becasecce en Ecuador o Ronald Koeman en Holanda. Lo dramático de esta profesión —o de esta vocación indomable en el fútbol del interior entanto es que el técnico sabe que convive con esa dualidad desde el primer día que acepta el cargo. Se asume el riesgo de pasar de héroe a villano sin escalas intermedias. No hay término medio en la pasión popular.
La salida de los entrenadores en pleno ciclo no es más que la confirmación de que el fútbol, en cualquier latitud del orbe, se ha vuelto un devorador de ciclos. Nadie está a salvo de la hoguera. Por eso, cuando el desencanto asoma y la realidad golpea, queda flotando en el aire de las canchas esa máxima implacable. Porque en el banco de suplentes, el cielo y el infierno quedan exactamente a noventa minutos de distancia.
La lesión de Ruben Carlis en Ferro Carril
«El amparo de este club,dentro y fuera de la cancha»

A partir del comunicado oficial emitido por la Comisión Directiva de Ferro Carril, es como para tener en cuenta los aspectos claves sobre la situación de Ruben Carlis, el futbolista sanducero que este año se incorporó al plantel de la franja. Un destaque que no es menor: el respaldo institucional del club.
Diagnóstico y Detalle de la Lesión
El futbolista Rubén Carlis sufrió una fractura del quinto metatarsiano. Se trata de una lesión ósea dolorosa y compleja, localizada en el borde externo del pie (un percance físico recurrente en la alta competencia futbolística debido a las exigencias de torsión y apoyos).
Intervención Quirúrgica Inmediata
Con el objetivo de lograr una óptima consolidación del hueso y reducir los tiempos de inactividad, el cuerpo médico del club ha definido que el jugador sea intervenido quirúrgicamente este jueves 2 de julio.
El amparo y compromiso de la Institución
La directiva de la franja ha querido ser categórica en su mensaje político y humano: el club ampara y respalda de manera absoluta el ciclo que viene para el futbolista. La institución reafirmó de forma explícita su compromiso de acompañar a sus integrantes en cada etapa, aclarando que este apoyo es integral y se extiende tanto «dentro como fuera de la cancha«.
El aliento de la «Familia Carbonera»
El comunicado cierra filas en torno al jugador, asegurando que Rubén no afrontará este proceso en soledad, sino rodeado por el afecto y el sostén de toda la masa social y la «familia carbonera», enviándole un enfático mensaje de aliento: ¡Mucha fuerza, Rubén!
A partir de este momento, una vez superada la cirugía del jueves, comenzará la etapa de evolución posterior, los plazos de fisioterapia y la progresiva puesta a punto para su regreso a los terrenos de juego.






