Leandro Silva Delgado, la poética del trazo, el cincel y su amor por Salto

Antes de esculpir la naturaleza y ser aclamado mundialmente como el gran restaurador del Real Jardín Botánico de Madrid, el salteño Leandro Silva Delgado forjó una contundente e insoslayable obra gráfica y pictórica. Un viaje a las raíces biográficas y plásticas del creador, donde la tinta, la arquitectura, la influencia de maestros insoslayables y su eterno amor por la tierra salteña sentaron las bases de una mente irrepetible.

EL CIMIENTO ARTÍSTICO LE DIO LAS ALAS AL PAISAJISTA

Existe una trampa óptica recurrente al estudiar la figura de Leandro Silva Delgado (1930–2000). Cegados por la majestuosidad de sus intervenciones paisajísticas en Europa y América, el gran público —y a veces la propia crítica de arte— suele relegar su producción pictórica al estatus de un mero apunte preparatorio o un pasatiempo de juventud. Sin embargo, afirmar esto es desconocer por completo la génesis de su genio. Silva Delgado no aprendió a plantar para luego dibujar; él aprendió a dominar la luz, la línea y el vacío en el lienzo y la plancha de metal, mucho antes de trasladar esa sintaxis al terreno físico.

- espacio publicitario -SOL - Calidez en compañía

Para comprender el valor de su pensamiento, es imperativo apartar por un momento la mirada de los jardines y fijarla en sus raíces biográficas, en sus estudios de arquitectura y, sobre todo, en sus grabados, aguafuertes y óleos, disciplinas donde alcanzó la excelencia de forma prematura.

LA LUZ DE SALTO COMO PRIMER MAESTRO

Nacido en Salto en 1930, Silva Delgado fue un hijo directo del paisaje litoraleño. Quienes estudian su obra coinciden en que la paleta de colores de su infancia, dictada por los atardeceres sobre el río Uruguay, la textura de la piedra mora y la frondosidad ribereña, funcionó como su primer y más indeleble taller de arte. Aunque el destino lo llevaría a consagrarse en las cortes europeas del paisajismo, su sensibilidad estética siempre mantuvo un ancla profunda en la melancolía y la bravura de su tierra natal.

Salto no fue solo el lugar de su nacimiento, fue una fijación afectiva. A lo largo de su vida, su obsesión por el agua como espejo y la vegetación desbordante pero contenida, fue un intento constante de recrear ese paraíso primigenio salteño que llevaba impreso en la memoria.

LA FRAGUA DEL ARTISTA, CZIFFERY, CÚNEO Y LA VANGUARDIA

El pulso estético de Silva Delgado no surgió por generación espontánea. Su juventud en Salto coincidió con un momento de efervescencia cultural envidiable, marcado a fuego por la llegada del maestro húngaro José Cziffery. Este artista, que traía consigo los ecos de la vanguardia europea tras haber estudiado en París bajo la tutela de Henri Matisse, dirigió el taller de artes plásticas local y se convirtió en un faro para el joven Leandro. Cziffery le inculcó el rigor compositivo, la audacia en el uso del color y una libertad geométrica que lo alejaba del costumbrismo fácil.

A esta formación se sumó luego, ya en Montevideo, la influencia ineludible de José Cúneo. De él, Silva Delgado absorbió la lección del paisaje no como una copia servil de la realidad, sino como un estado del alma. Cúneo le enseñó a observar el dramatismo de la luz uruguaya, los contrastes violentos de nuestras llanuras y la deformación expresionista que le daba movimiento y misticismo a lo estático. La combinación de estos dos mundos —el refinamiento vanguardista de Cziffery y el telurismo desgarrador de Cúneo— dotó a Silva de un vocabulario plástico excepcional.

DE LA ESCUADRA A LA HOJA, EL SALTO ARQUITECTONICO

Es imposible disociar al pintor del arquitecto. Al trasladarse a Montevideo para ingresar a la Facultad de Arquitectura, Silva Delgado incorporó a su mente creativa el sentido de la escala, la proporción y el habitar humano. La arquitectura le dio la estructura lógica que su espíritu artístico necesitaba.

Sin embargo, el punto de quiebre definitivo se produjo cuando conoció al maestro brasileño Roberto Burle Marx. Fue tras una pasantía con él en Río de Janeiro donde Silva Delgado comprendió que la arquitectura, la pintura y la botánica no eran compartimentos estancos. Burle Marx le reveló que el paisaje era el lienzo definitivo. A partir de allí, su camino se reconfiguró, llevándolo a Versalles, Francia, y posteriormente a España, donde proyectaría más de 300 parques y jardines. Pero incluso cuando diagramaba avenidas de robles o fuentes hispanoárabes, su cerebro operaba como el del pintor frente al caballete: distribuyendo masas de color, calculando la sombra proyectada y buscando el equilibrio visual.

EL RIGOR DEL METAL

Si la pintura le dio el color y la arquitectura la escala, el grabado le otorgó la disciplina de la línea. Silva Delgado fue un grabador obsesivo y meticuloso. A través de técnicas complejas como el aguafuerte y la aguatinta, exploró la dicotomía entre el blanco del papel y la profundidad abismal de la tinta negra.

En sus estampas, no buscaba una figuración complaciente, sino una abstracción lírica. Sus grabados muestran tramas complejas, redes de líneas que se superponen creando texturas visuales que invitan a perderse en ellas, tal como lo haría más tarde con los senderos de sus laberintos vegetales.

Este dominio técnico le valió, ya en 1954, el prestigioso Premio ANCAP en el Salón Nacional de Artes Plásticas de Uruguay. Su obra gráfica voló alto y lejos, exhibiéndose con gran éxito en mecas del arte contemporáneo como el Museo de Arte Moderno de París en 1962 y el Pratt Institute de Nueva York en 1963.

EL JARDIN DEL DESCUBRIMIENTO

A pesar de su éxito internacional, Salto siempre fue una herida abierta de nostalgia. Su deseo de devolverle a su ciudad algo de la grandeza que ella le había inspirado se materializó en el ambicioso proyecto del Jardín del Descubrimiento (o de la Hispanidad), ubicado en el Parque Benito Solari.

Esta intervención, concebida para los 500 años del encuentro entre América y Europa, fue un acto poético supremo, un intercambio botánico que conectaba su patria de origen con su patria de adopción profesional. Con sus canales revestidos de azulejos, evocando la tradición hispanoárabe que tanto estudió, el jardín era una pintura en tres dimensiones incrustada en el suelo salteño.

Hoy, aunque el paso del tiempo y el implacable avance de la naturaleza han desdibujado su geometría original, el sitio sobrevive como un documento físico del amor de Silva Delgado por su Salto natal; un vestigio melancólico de su afán por embellecer su propia casa.

EL ARTISTA INDIVISIBLE

Mirar hoy las pinturas, los planos y los grabados de Leandro Silva Delgado es asomarse a la mente de un creador en estado de ebullición perpetua. Sus óleos, donde la geometría arquitectónica dialoga en tensión constante con las formas orgánicas, y sus grabados, de una precisión casi quirúrgica, nos revelan que el arte para él era una herramienta de investigación espacial y humanista.

El lienzo y el papel no fueron un simple ensayo general para su paisajismo; fueron su primera patria. Al final, comprender al Silva Delgado arquitecto, pintor y grabador es la única llave verdadera para entender su legado total. Porque, aunque el otoño marchite las hojas de los parques que diseñó en Europa, la tinta, el trazo y el profundo amor por el terruño salteño permanecen inalterables en su obra, eso nos recuerda que el arte más trascendente es aquel que se gesta mirando, desde cualquier parte del mundo, el río de la propia infancia.

Enlace para compartir: https://elpueblodigital.uy/qr5g