Las Piedras y las cosas que dejamos de defender juntos

Una reflexión sobre comunidad, arraigo, convivencia y largo plazo a partir de la Batalla de Las Piedras y los desafíos del Uruguay actual.

Dr. Horacio De Brum

HORACIO DE BRUM

Diputado Partido Colorado
2025-2030

¿Qué cosas dejamos de defender colectivamente?

Cada 18 de mayo recordamos la Batalla de Las Piedras con discursos, actos y banderas.Pero hay una pregunta bastante más importante que la ceremonia: ¿qué era exactamente lo que aquellas generaciones estaban defendiendo?

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Porque Las Piedras no fue solamente una batalla militar. Fue una sociedad decidiendo que había cosas que no estaba dispuesta a perder.

Y quizá el problema más profundo del Uruguay actual sea que lentamente dejamos de cuidar ciertas cosas entre todos.

Por ejemplo, la idea de comunidad.

Vivimos en un país donde cada vez más personas viven solas, donde crece la sensación de aislamiento y donde muchas veces la vida cotidiana parece organizada más para sobrevivir que para convivir.

También el arraigo.

En muchas ciudades del interior, la conversación más frecuente entre jóvenes ya no es qué van a construir, sino cómo irse. No siempre porque rechacen el lugar donde nacieron. A veces simplemente porque sienten que las oportunidades, el movimiento y el futuro ocurren en otra parte.

Y cuando un país naturaliza eso, empieza a vaciarse emocionalmente antes que demográficamente.

En Salto eso no es una teoría. Se ve en el club del barrio con menos gurises, en el comercio que baja la cortina, en la casa que queda grande porque los hijos se fueron. Se ve en padres que saben que probablemente sus hijos terminarán haciendo la vida lejos.

También dejamos deteriorarse cierta idea de convivencia.

La discusión pública se volvió cada vez más agresiva. Las redes sociales funcionan muchas veces como tribunales instantáneos y parecería que destruir al otro genera más aplausos que entenderlo.

Artigas hablaba de “clemencia para los vencidos”. Hoy, a veces, pareciera existir entusiasmo por humillar incluso después de ganar.

Y hay algo más silencioso todavía: perdimos paciencia para pensar en el largo plazo.

Todo parece inmediato, descartable, provisorio. Los vínculos, los barrios, las instituciones e incluso muchos proyectos colectivos.

Tal vez por eso hay tanta gente con una sensación rara de cansancio. No necesariamente una gran crisis. Más bien la impresión de un país que funciona, pero que perdió parte de su impulso vital.

Quizá esa sea una de las diferencias más profundas con aquellas generaciones que recordamos cada mayo.

Ellos tenían muchísimos más problemas que nosotros. Pero parecían tener mucho más claro qué cosas merecían ser defendidas colectivamente.

Y esa también es una batalla.

Silenciosa.
Sin pólvora.
Pero decisiva para el Uruguay que viene.

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