El cine latinoamericano enfrenta más problemas de distribución que de calidad. Un poeta refleja una identidad propia que desafía lo comercial y reivindica lo local.

Es frecuente que se acerquen personas para compartirme historias personales que vivieron en carne propia, han escuchado de buenas fuentes o fueron testigos cercanos, con la idea de que esa historia, se convierta en una película o una serie a través de mi gestión. Cada vez que me pasa esto celebro la idea y procuro no desalentarlos pero al mismo tiempo, evito mencionar que los procesos para realizar una producción cinematográfica lleva mucho tiempo y sobre todo mucho dinero.
Lo hago así porque un día me visitó un conocido que me contó una historia fantástica sobre una mujer en Carmelo, Colonia y tuve la mala idea de decirle que era necesario armar un proyecto para buscar financiamiento y que ese proceso podría llevarnos varios años, el hombre se desanimó y decidió ahí mismo, dejar quieta la historia. A veces las personas piensan que hacer cine es cuestión de voluntad pero no, es cuestión de milagros.
El año pasado tuve la oportunidad de conocer por trabajo, una ciudad brasileña de la que nunca había escuchado; Goiânia, la capital del Estado de Goiás. Antes del viaje, traté de aprender como se pronunciaba, cosa que nunca logré, y leer todo lo posible sobre la ciudad. En esas lecturas rápidas, me topé con una historia deslumbrante y literalmente radioactiva. En septiembre de 1987 ocurrió en Goiânia, el peor accidente radiológico (nuclear) de la historia de Brasil. Cada detalle de aquel trágico suceso resultaba más inaudito que el anterior. Dos hombres chatarreros, se internaron en un hospital que estaba abandonado hacía tres años y extrajeron un cilindro de plomo y acero, que pertenecía a una unidad de teleterapia que funcionaba en ese lugar. Lo transportaron en una carretilla común hasta la casa de uno de ellos, donde lo desmantelaron y extrajeron un dedal que contenía Cesio-137 en polvo, una sustancia altamente tóxica que al liberarse, comenzó a irradiar contaminación radioactiva a todas las personas que tuvieron contacto con el dispositivo. Los hombres, luego de un par de días en los que comenzaron a sentirse mal de salud, vendieron el cilindro a una chatarrería cercana, en donde el dueño descubrió que el dedal emitía una luz azul fluorescente y convirtió aquel suceso, en una especie de mini acto de feria, al que invitó a presenciar a familiares y amigos, sin saber que estaba contribuyendo al esparcimiento de la contaminación y que terminaría afectando a su entorno de trabajo y familiar y a otros, que tuvieron la mala pata de entrar en contacto con el mortal polvillo.
Algunos de ustedes ya deben haber intuido de que estoy hablando pero déjenme seguir con esta crónica radioactiva. Estando en Goiânia no pude resistir pedirle a mis anfitriones que me enseñaran el lugar donde se había originado el accidente, que obvio, estaba muy cambiado y que me contaran lo que recordaran de aquel suceso. Estaba fascinado con la historia porque entre muchas cosas tenía los elementos que se necesitan para hacer un guion de película o serie. Claro, no era ni sería la última persona que pensaría lo mismo. Estaba pecando de falta de originalidad.
Después de varios meses del viaje y mientras almorzábamos en casa, mi hija, a la que le había contado y encantado la historia de Goiânia, me dijo que Netflix había estrenado una serie en la que contaba justo ese accidente llamada “Emergencia Radioactiva”, un título de película B de los años 60´s. Me sorprendí mucho porque me di cuenta que mientras yo estaba de visita en Goiânia y especulaba sobre esa tremenda historia, Netflix ya estaba en fase de posproducción de la serie, después de haberla rodado en São Paulo, en lugar de Goiânia, donde había ocurrido el suceso.
Lo primero que me pregunté fue sobre el camino narrativo que tomaron los creadores y como no pude aguantarme, fui a mirar el primer episodio. No me sorprendí al ver que habían puesto el foco en los personajes ficticios que ayudaron a resolver el accidente en lugar de las víctimas, que fueron los protagonistas y los que se llevaron la peor parte de aquella improbable realidad. Pero es que es así. Las historias nunca son limpias. Cuando se cuentan ya van contaminadas y con alteraciones, aunque tú mismo hayas sido el que la cuente. Ahora, imagínense cuando las cuenta Netflix. Cuando al inicio de la serie aparece la leyenda “basada en hechos reales” en realidad están confirmando que solo han tomado la historia real como sostén narrativo y han cambiado lo que consideraron necesario. Es por eso que seguimos oyendo las eternas quejas sobre la verosimilitud de las historias, sin aceptar que ahora, la idea, le pertenece a quien ha pagado para contarla.
Como mi morbo es mucho, seguiré viendo los episodios que me faltan para ver si en el guion del último capítulo, Netflix alcanzó a meter un suceso que explotó en medios mientras yo estaba en Goiânia. Habían sido detenidos y acusados varios abogados, un médico y un ingeniero por defraudar al estado, alegando una supuesta exposición de funcionarios policiales a la radioactividad. Habían presentado muestras de cabello falso contaminado de Cesio-137 para sostener sus demandas después de 38 años.
Según la OIEA, el Organismo Internacional de Energía Atómica, el Cesio-137 debe cumplir 30 años para que comience su desintegración pero por lo que vemos, las ideas radioactivas pueden durar un poco más.
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