El Uruguay, históricamente reconocido por su laicidad temprana y su transformación de la festividad religiosa en “Semana de Turismo”, resguarda en su ADN cultural un tesoro de costumbres que desafían el paso del tiempo.
En los rincones del interior y en las cocinas de las abuelas, la Semana Santa no es solo un asueto administrativo; es un tiempo de suspensión, un paréntesis donde lo sagrado y lo profano se entrelazan bajo el humo del pimentón y el respeto al silencio.
🧉 CUANDO ÉRAMOS FELICES SIN SABERLO
Semana Santa era para nosotros semana de la familia, de reunirnos y programar excursiones al Parque Harriague, acampar toda una tarde en el arroyo Ceibal, ir a diferentes zonas de la ciudad y alrededores: Salto Chico, Corralito, Agua Salto, Paso Morales, Paso Curbelo, montes del Daymán, el Parque Solari.

Eran tiempos del mate dulce y la granadina, de los pasteles de dulce, las tortas fritas, los bizcochos caseros, una alta gama de dulce de zapallo, tortas, pizzas, pascualinas y, los viernes, bacalao, cazuela, empanadas de vigilia, torta gallega.
Era como si todos los primos y tíos cumpliéramos años el mismo día: estábamos todos, los tíos viejos con sus cuentos, los primos con sus aventuras. La felicidad andaba suelta, iba y venía; la risa era una lluvia de felicidad que mojaba el alma suavemente…
🍲 LA TRADICIÓN, UN CÓDIGO DE SABORES
Aunque se ha ido perdiendo de a poco con el tiempo, era tradicional:
La gastronomía uruguaya de estos días es un ejercicio de memoria sensorial. El bacalao, con su presencia salina y su textura firme, preside la mesa junto a las empanadas de vigilia, ese hojaldre que guarda el secreto del atún y el huevo duro, coronado casi siempre por una fina lluvia de azúcar que delata nuestra herencia rioplatense.
Pero, más allá del plato principal, el dulce de zapallo en almíbar —específicamente aquel tratado con cal para obtener una corteza crocante y un corazón de cristal— representa la paciencia de una cocina que no conoce de apuros.
Es el sabor del hogar que resiste, mientras afuera, según el relato oral, el mundo entra en un estado de cautela.

⚠️ “EL DIABLO ANDA SUELTO”
Existe una dimensión tantas veces atravesada, fascinante, en las pequeñas acciones que aún persisten en la memoria colectiva.
El Viernes Santo, tradicionalmente, el campo uruguayo enmudecía. La premisa era clara: “Cristo ha muerto y el diablo anda suelto”.
Esta creencia dio lugar a una serie de rituales de protección que rozan lo místico:
- La sal como frontera, para cortarle el paso con el acto de espolvorearla alrededor de la casa para impedir el ingreso de energías malignas.
- El silencio como forma de respeto, evitando ruidos estruendosos o tareas rurales que “lastimaran” la tierra en un día de luto universal.
- Antiguas advertencias sobre no bañarse en los ríos, bajo el temor supersticioso de una transformación física o un encuentro con lo inexplicable.
⛪ UN CIERRE ENTRE LA FE Y LA CULTURA
Hoy, la Semana Santa en Uruguay es un mosaico complejo. Conviven las jineteadas del Prado y la Vuelta Ciclista del Uruguay con la solemne Visita de las Siete Iglesias y el Vía Crucis.
Sin embargo, el hilo conductor sigue siendo la reunión.
Ya sea por convicción religiosa o por simple herencia familiar, el uruguayo se detiene. En ese detenerse, entre un trozo de rosca de Pascuas y una anécdota sobre el “Mandinga”, reafirmamos quiénes somos: un pueblo que, aunque camine hacia la modernidad, sigue guardando un puñado de sal detrás de la puerta “por si las dudas”.
👵 UNA MUJER DE CAMPO UN DÍA ME CONTÓ

Si hubiera que elegir un color para el Viernes Santo uruguayo, sería el gris del respeto.
Doña Amelia se dio cuenta enseguida de que estaba ante un tipo curioso, que movía las manos nervioso, se frotaba las orejas esperando su relato:
“Antes, en el campo, ese día no se hachaba leña. El golpe del hacha contra el tronco se sentía como una herida propia. Se decía que cualquier ruido estridente ‘lastimaba el cuerpo de Cristo’”.
Las radios, esas General Electric de madera que solían tronar con tangos o noticias —que pasaban telegramas de enfermos y viajeros, que daban cuenta de cómo se presentaba el tiempo y si había fallecido alguien—, bajaban el volumen hasta casi desaparecer.
Se hablaba en voz baja, como si el viento pudiera llevarse las palabras y usarlas en nuestra contra.
Los niños, acostumbrados a correr tras la pelota o trepar los árboles, recibíamos la advertencia lapidaria: “Hoy no se corre, que el Señor está en el sepulcro”.
Y así, el juego se volvía un asunto de estatuas, de miradas cómplices y de una calma que pesaba en los hombros.
⚠️ “CUIDADO POR DÓNDE VAN”
Pero el respeto no era solo devoción; era precaución.
“Tengan cuidado por dónde van, que hoy el diablo anda suelto”, decía la vieja mientras trazaba, con una parsimonia ritual, una línea de sal fina en el umbral de la puerta principal.
La lógica era tan simple como aterradora: si Dios había muerto, el mundo quedaba por unas horas a merced de la sombra.
La sal no era para el guiso, era una frontera. Se cerraban las ventanas para que “el mal” no espiara hacia adentro, y se evitaba el paso por los montes espesos o los arroyos.
“No te bañes en el río, que te vas a volver pez”, era el mito que nos mantenía alejados de la orilla, imaginando que el agua, en ese día de luto universal, guardaba secretos oscuros que no debíamos despertar.
🍽️ A QUIÉN LE GUSTA EL BACALAO
El no comer carne en Semana Santa sí era una fuerte tradición que hasta los ateos respetaban, y, por eso, en todos los hogares —unos más, otros menos— la cocina era el refugio de luz y aromas.
La gastronomía de vigilia en Uruguay fue siempre un arte de la paciencia.
El bacalao, que había pasado días hidratándose en agua que se cambiaba con precisión de expertos, llegaba finalmente a la olla. Se encontraba allí con los garbanzos, las papas, las cebollas y morrones, que teñían todo de un naranja vibrante.
A algunos no les gustaba el olor, a otros el sabor, pero, si estaba en la mesa, había que comerlo. Había un primo en la familia que siempre se quejaba porque su cumpleaños caía en Semana Santa y tenía que festejar con bacalao…
Al lado, sobre la mesa enharinada, nacían las empanadas de vigilia. El hojaldre crujía bajo el rodillo y el relleno de atún, generoso en huevo duro y aceitunas, esperaba su turno.
Pero el toque final era el que marcaba nuestra identidad: esa lluvia de azúcar blanca espolvoreada sobre la masa caliente, un contraste agridulce que es, quizás, la metáfora perfecta de estos días de pena y esperanza.
Y, en un rincón de la cocina, el tesoro de cristal: el dulce de zapallo. Aquellos cubos perfectos, que habían pasado por el baño de cal viva para endurecer su corteza, brillaban en el almíbar como ámbar puro.
Comer un trozo de ese dulce, con su corazón tierno y su exterior quebradizo, era el premio por haber guardado el silencio durante toda la tarde.
Con el paso de los años, las tías hacían dulce de zapallo sin cal, casi como una mermelada, riquísimo también…

🔥 EL RETORNO A LA VIDA
Todo ese misticismo, ese miedo reverencial y ese ayuno de carne y ruidos explotaba finalmente el Domingo de Resurrección.
El aire cambiaba. El silencio se rompía con el estruendo de los fuegos para el asado de cordero y el choque de los huevos de chocolate.
Hoy, aunque las ciudades rujan y el turismo mande, en muchos hogares uruguayos queda un rastro de aquel tiempo.
Queda la receta del bacalao heredada de una tía, queda la desconfianza de subir a un árbol un viernes de tarde y, sobre todo, queda esa sensación de que, una vez al año, es bueno detenerse, bajar la voz y poner un poco de sal en la puerta, por si acaso el diablo decide, una vez más, salir a caminar por nuestras calles.
Nos quedan los sabores, los olores, las anécdotas y las imágenes de tantos seres queridos que ya no están, pero que fueron muy valiosos en la vida.
Los perdimos a ellos y creo que también, con el correr del tiempo, fuimos perdiendo “el cumpleaños en un mismo día”, porque la vida nos fue desparramando por la ciudad, por el país y por el mundo, y ya cada año se fue haciendo más difícil reunirnos los parientes.
Las jóvenes generaciones han hecho de la Semana Santa un motivo para viajar, para descansar, “para quedarse en su casa”, y poco a poco fuimos dejando que la televisión nos contara cómo transcurría, y transcurre, día a día la Semana de Turismo o Semana Santa…
Salir a la calle, por las mañanas, escuchar radios a todo volumen con el acontecer de la Vuelta Ciclista del Uruguay; a la tarde, algún partido de fútbol o algunos relatos de las criollas.
En fin, los tiempos cambian tanto que hasta algunos creyentes van a misa y luego encienden el fogón y comen asado y chorizos, como en cualquier fin de semana.





