El Espacio de la Junta de Salto

La libertad de unos y los derechos de otros

Columnas De Opinión

Regular el consumo de tabaco y cannabis en plazas y parques protege la salud y el derecho colectivo a respirar aire limpio.

Edil Pablo Williams

Coord. de bancada CORE
Partido Nacional

El espacio público es, o debería ser, el gran igualador social. Plazas, parques, costas y paseos comunitarios son esos lugares donde la vida urbana se cruza sin distinción de edad ni condición. Sin embargo, en la práctica cotidiana, estos puntos de encuentro enfrentan un conflicto silencioso pero sofocante: la convivencia obligada con el humo ajeno. La falta de un marco regulatorio claro para el consumo de tabaco y cannabis en las áreas comunes ha transformado el acto individual de encender un cigarrillo en una imposición colectiva.

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No se trata de encender una guerra contra el consumidor, sino de poner sobre la mesa una discusión de salud pública indispensable. ¿Dónde termina el libre albedrío y dónde empieza el perjuicio a los demás?

La respuesta científica no deja lugar a matices. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha sido contundente al advertir que “no existe un nivel seguro de exposición al humo de segunda mano”. Los datos así lo demuestran: de las más de ocho millones de personas que el tabaco se lleva al año a nivel global, más de 1,3 millones no eran fumadores. Eran personas que simplemente estaban allí, respirando el aire contaminado por otros.

El escenario no cambia sustancialmente cuando reemplazamos el tabaco por la marihuana recreativa. Aunque persista el mito de su inocuidad por tratarse de un producto natural, los informes respaldados por la OMS confirman que la combustión del cannabis libera partículas finas (hollín y polvo microscópico), amoníaco, cianuro y carcinógenos en concentraciones muy similares a las del tabaco. Respirar ese humo en un parque o en una terraza no es inocuo: genera daño vascular inmediato, irritación respiratoria y, en espacios compartidos, la absorción involuntaria de toxinas.

Los más perjudicados en esta ecuación suelen ser los más vulnerables. Los niños que juegan en los parques, las personas con afecciones respiratorias previas y los trabajadores que pasan sus jornadas al aire libre no tienen la opción de «elegir» respirar otro aire. Se convierten en consumidores pasivos por defecto, asumiendo los costos de una decisión que no tomaron.

Además del impacto biológico, existe un componente social insustituible. La OMS enfatiza que establecer espacios comunitarios 100% libres de humo cumple una función pedagógica vital: desnormalizar el hábito frente a los más jóvenes. Cuando fumar en un parque infantil o en una plaza deportiva deja de verse como algo natural, disminuye drásticamente la probabilidad de que las futuras generaciones adopten la conducta por mera imitación.

Regular el consumo de tabaco y cannabis en las zonas públicas no es un acto de persecución ni una cruzada puritana. Es, sencillamente, un ejercicio básico de civilización y empatía. La libertad de elección es un pilar democrático, pero jamás puede estar por encima del derecho fundamental de la comunidad a respirar un aire sin veneno. Proteger los espacios de todos es una tarea que ya no podemos postergar.

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