El ascensor es una de las maravillas más incomprendidas de la humanidad. No porque sea difícil de entender, sino porque la gente se empeña en utilizarlo de la forma más absurda posible. Hoy, en mi intento de encontrarle sentido a la existencia, me vi atrapado en un ascensor con cinco personas que, sin saberlo, me revelaron los misterios de la vida.
Al entrar, el primer sujeto aprieta el botón del piso una sola vez, como si confiara en la tecnología. Pero el segundo individuo, claramente más sabio, presiona el mismo botón varias veces seguidas. ¿Acaso los ascensores funcionan por acumulación de órdenes? ¿Hay una cantidad secreta de toques que activa el «modo turbo»? La señora del fondo, no satisfecha con la respuesta del universo, aprieta el botón de cerrar puertas con la misma intensidad con la que un adolescente escribe «JAJAJA» en un chat.
Una vez en movimiento, se activa la Ley Universal del Ascensor: nadie mira a nadie. La cabina se convierte en un microcosmos de incomodidad, donde todos prefieren observar el suelo, el techo o el número del panel como si ahí estuviera el secreto de la felicidad. ¿Por qué nos comportamos como si estuviéramos en un ataúd colectivo en vez de un simple medio de transporte?
Parece que el ascensor es la única situación en la que los seres humanos toleran la invasión de su espacio personal. En cualquier otro lugar, si alguien se para a 10 centímetros de tu cara, es una amenaza. Pero en un ascensor, lo aceptamos con resignación. «Sí, hombre desconocido, dejame el aliento a café en la nuca, después de todo, estamos juntos en esto».
Al llegar al piso destino, las dicotomías vuelven a relucir, los iluminados que están al fondo se dan cuenta de que la única forma de salir es atravesar a los que están adelante. Pero en lugar de decir un simple «permiso», prefieren la técnica del «me quedo esperando a ver si me leen la mente». Cuando la puerta finalmente se abre, el más desesperado se lanza al exterior como si hubiera estado secuestrado, olvidando que la vida fuera del ascensor es igual de caótica, pero al mismo tiempo, se nos presentan frente a nuestros ojos aquellos que pretenden salir antes de que las puertas se comiencen a abrir, “permiso, permiso” en el mejor de los casos, o a empujón limpio desde el piso anterior a bajarse.
El ascensor es un reflejo perfecto de la sociedad: desconfianza en la tecnología, incapacidad de socializar en espacios reducidos y la creencia irracional de que si apretás un botón con suficiente insistencia, el mundo te hará caso. En fin, la próxima vez que subas a uno, recordá: estamos todos atrapados en la misma caja, esperando llegar a algún lado, sin saber exactamente por qué.