UNICO SISTEMA DONDE EL AUTO ENVEJECE Y LA PATENTE REJUVENECE
Hay impuestos injustos. Hay impuestos confiscatorios. Hay impuestos inentendibles.
Y luego está la patente de rodados que conjuga todo lo anterior: es inentendible, injusto y confiscatorio.
Durante años los políticos nos vendieron que con el SUCIVE se terminaba la “guerra de patentes” entre intendencias. Todo sería más justo, más ordenado, más racional. Y, sobre todo, más lógico: a medida que los autos envejecieran, el aforo bajaría y se pagaría menos.
La promesa sonaba razonable. El problema es que nunca fue verdad. La “guerra” entre las intendencias dio un giro, cambio de rumbo y se convirtió en una batalla contra el pobre contribuyente.
Hoy todo el mundo ve al SUCIVE como un robo descarado; un sistema donde los vehículos no se deprecian, sino que —milagrosamente— se valorizan con el paso del tiempo. Algo que solo puede ocurrir en un escritorio del Estado.
Es otras de las tantas estafas del sistema socialista – benefactor en el que estamos inmersos, donde el único beneficiado es el burócrata. Y la estafa es contra vos. No importa cuántos años pasen, cuántos kilómetros acumulen ni cuánto diga el mercado. Cuando entran en el radar del SUCIVE, los vehículos adquieren una cualidad extraordinaria: valen siempre lo mismo… o más.
Es una hazaña contra el sentido común digna de estudio. En cualquier economía mínimamente racional, un auto usado pierde valor con el tiempo. En Uruguay, para el sistema estatal de cobro de patente, ocurre exactamente lo contrario. El auto envejece, el contribuyente envejece, pero la base imponible parece congelada en una realidad paralela, siempre más conveniente para el que cobra, donde el auto tributa a valores que están preservados en formol.
Y quien crea que esto es un mero error técnico es un completo ingenuo. Esto es una decisión política de recaudación fiscal expoliatoria que tiene como única finalidad cubrir el déficit de las Intendencias. Es claro como el agua.
La voracidad recaudatoria del Estado es tan inmensa que se aparta de la realidad. Lo único que importa es medir la recaudación y que sea lo mas alta posible, sin importar si a un Fitito lo valoramos como un BMW. No importa, ¡que vayan y que paguen!. El Gobierno se aleja de la realidad, pero luego es la cruda realidad la que golpea al contribuyente.
La lógica más elemental en cualquier economía mínimamente racional es que cuando los bienes se deprecian, los impuestos acompañan esa caída. Pero en nuestro bendito país sucede lo contrario: mientras el bien se deprecia, el impuesto se congela, se indexa o se encarece.
El SUCIVE es un ente maligno integrado por funcionarios que han tenido el mérito de disociarse de la realidad y dotar a tu vehiculo de un valor inmortal. Somos testigos de casos reales donde un vehículo del año 2010, que tiene 16 años, su monto imponible sube cada año y paga más patente que hace dos años atrás o el caso de un vehiculo cuyo valor imponible por el SUCIVE es USD 10.000 dólares, mientras que en el mercado el precio es de USD 6.000 dólares.
Y hay algo todavía peor, porque cuando uno paga un impuesto, al menos espera un servicio a cambio. ¿Y qué recibe el contribuyente? Calles rotas, pozos eternos, asfalto inexistente, suciedad, falta de mantenimiento, abandono. En muchos barrios ni siquiera hay pavimento, y donde lo hay está destruido.
Pero eso no importa. Nada de eso importa. El servicio puede ser mínimo, deficiente o directamente inexistente, pero la patente siempre sube. Pagás cada vez más y recibís cada vez menos. No hay relación entre lo que te cobran y lo que te devuelven.
El mensaje es clarísimo: no importa el estado de las calles, no importa el abandono, no importa tu realidad. Pagá igual.
Cada año te cobran más para circular por calles peores. El impuesto rejuvenece y el servicio envejece. Y cuando eso se vuelve normal, deja de ser un impuesto para convertirse en una burla institucionalizada.
Quisiera que los funcionarios del SUCIVE compren los vehículos a los valores que los tasan para cobrar los impuestos. Si no lo hacen incurren en una contradicción flagrante y en una inmoralidad (elevo los precios por encima del mercado y luego quiero comprar al precio mas barato posible, por debajo del mercado). Hay que ser coherentes.
Para completar el delirio aparece el “dólar SUCIVE”. No es el dólar de pizarra, es un dólar administrativo, siempre oportunamente más alto, diseñado para que los números cierren… del lado del Estado.
Este mecanismo no es novedoso. Es típico de los países que comienzan a intervenir la economía, a negar la realidad cambiaria y a crear dólares paralelos para disimular atrasos, desajustes y voracidad fiscal. Siempre empieza igual: un dólar “especial”, “técnico”, “de referencia”. Nunca termina bien.
La experiencia regional es clara: cuando el Estado inventa valores para cobrar más, el resultado es distorsión, desconfianza, empobrecimiento y fracaso. Uruguay va por este camino, y el SUCIVE es un claro ejemplo de un dólar descalzado, lo que demuestra además la existencia de atraso cambiario.
Lo cierto es que la patente se transformó en el impuesto perfecto: fácil de cobrar, difícil de esquivar y socialmente desarticulado. Cada contribuyente pelea solo contra su recibo. Se indigna, se queja en privado y paga. Año tras año. Y así vamos convalidando la ilegalidad y el robo.
El mensaje es nefasto: no importa cuánto valga tu auto en la realidad; importa cuánto necesito recaudar. No importa los servicios que te brindo a cambio de ese pago; lo único que importa es recaudar.
En este tema no hay inocentes. No es cuestión de un solo partido ni a un solo gobierno. Todo el espectro político ha sido partícipe, por acción u omisión, de esta distorsión. Nadie lo corrige porque recauda bien. Nadie lo discute en serio porque no genera conflicto organizado. Y así, el abuso se vuelve costumbre.
Lo más grave es que la alternativa está sobre la mesa y funciona en países desarrollados desde hace décadas: eliminar la patente de rodados y sustituirla por un impuesto al combustible.
El principio es tan simple como justo:
- el que más circula, más paga
- el que menos circula, menos paga
- y el que no circula, no paga
Es más transparente, más equitativo y más lógico. Pero, claro, implica renunciar a una caja cómoda y automática. Y eso explica por qué el sistema político la evita.
Los países se empobrecen cuando aceptan como normal que un auto de 16 años “valga más” para el Estado que para el mercado. Cuando aceptan dólares ficticios. Cuando aceptan pagar más por bienes que valen menos. Y cuando pagan sin chistar a cambio de servicios paupérrimos.
Mientras los autos, los servicios y el contribuyente envejecen; la patente mantiene su eterna juventud.
Y lo único cierto de todo esto es que, cuando la sociedad deja de cuestionar estas contradicciones evidentes, estas inmoralidades alevosas y estos abusos increíbles, el problema ya no es el político y el impuesto…el problema somos nosotros.




