La intervención estadounidense en territorio venezolano, materializada mediante una acción militar que culminó con la aprehensión del presidente Nicolás Maduro, plantea un escenario discursivo y disruptivo en el entramado jurídico internacional. La agresión vulnera de manera manifiesta los principios del derecho soberano y la no intervención, poniendo en tensión el vínculo intersubjetivo que sustenta las relaciones diplomáticas contemporáneas.
La historia de Venezuela es la de un país atrapado en una tragicomedia donde la demagogia se ha convertido en moneda corriente, y Nicolás Maduro, a pesar de la protección que merece todo ser humano, administra un régimen que podría llamarse dictatorial sin otro eufemismo. La puesta en escena política venezolana parece sacada de una telenovela que mezcla promesas incumplidas, censura y una desesperante crisis económica, que ha obligado a millones a migrar buscando un futuro que Maduro se empeña en negarles. En paralelo, la pantomima de la comunidad internacional, entre discursos pomposos y sanciones que más parecen gestos simbólicos que acciones efectivas, solo añade más volteretas al circo.
En medio de este escenario global, en el terreno local, algunos ciudadanos identificados con determinado partido político se autoconvocan para pintar muros en contra de Estados Unidos. Más allá del acto simbólico, esta praxis no solo carece de eficacia alguna en la compleja geopolítica mundial, sino que además lleva consigo el daño tangible a bienes públicos, patrimonios de todos, compromiso colectivo que debería trascender la simple militancia partidaria. Como acto de protesta, no solo es ineficaz, sino que se torna un insulto tangible contra la convivencia democrática y el respeto por el espacio público.
Y es ahí donde se despliega la cruel ironía: la política exterior basada en intereses, en tensiones geopolíticas, y en una lucha feroz por recursos y hegemonías, mientras los ciudadanos venezolanos siguen pagando el precio. En la paradoja de Maduro y la invasión, se ilustra a la perfección esa danza macabra donde las víctimas son siempre los mismos, y las justificaciones un juego peligroso de espejos.
Hasta la próxima semana.




