Reflexión crítica sobre la democracia uruguaya: su evolución histórica, avances y retrocesos, y el desafío actual de fortalecerla.

Omar Pierlet
Edil Frente Amplio
LA DEMOCRACIA —más allá de las definiciones— es la forma de gobierno de la que disfrutamos en nuestro país y que no cambiaríamos jamás por ninguna otra…
Pero nuestra democracia no es —ni debe serlo— algo estático, definitivo, “escrito en piedra”, porque sería absurdo afirmar que ha alcanzado su máxima expresión y que no necesite continuar evolucionando. La democracia de la que tanto nos enorgullecemos (y con razón) los uruguayos no siempre fue como la que tenemos hoy: ha evolucionado mucho en los últimos 120 años y también alternó períodos de progreso con períodos de retroceso; aunque sí podemos decir, con legítimo orgullo, que en nuestro país, por cada paso regresivo que ha tenido que sufrir nuestro sistema democrático, ha logrado dar dos hacia adelante…
—¿Usted diría que durante las dos décadas del Período Batllista, a principios del siglo XX, nuestro país vivió en democracia?
¡¡¡Sí, claro que sí!!!
¿Quién se atrevería a decir que no teníamos democracia en el período más luminoso de nuestra historia…? Pero teníamos la democracia de aquella época: una democracia aún primitiva, que floreció después de una guerra civil y que les otorgó a las mujeres el derecho al divorcio por su sola voluntad, pero que no logró reconocerles el derecho al voto; una democracia que alcanzó la jornada laboral de 8 horas para la ciudad, pero no pudo lograrla para el medio rural… Una democracia en desarrollo que le imprimió a nuestro país una conciencia social que perdura hasta nuestros días y que, sin dudas por esa misma razón, fue interrumpida por una dictadura en el año 1933…
—¿Y después de la segunda mitad de la década del 40?
Por esa época, nuestra democracia llevó a la Presidencia a don Tomás Berreta y, luego de su fallecimiento, a su vicepresidente, Luis Batlle Berres; tal vez —y sin tal vez— el último presidente batllista…
Y algunos años más tarde también permitió que, por primera vez, alcanzara el poder una coalición del herrerismo con un filo fascista de origen colorado, a quien llamaban “Chico-Tazo” o “esa comadreja colorada”…
Más adelante, llevó a la Presidencia al Gral. Óscar Gestido y, un año después, a Jorge Pacheco Areco… Un período de gobierno —el de Jorge Pacheco— que muchos ponen especial énfasis en destacar como un período de “democracia plena”…
Una “democracia plena” con Medidas Prontas de Seguridad, con una llamada “congelación de precios y salarios” (que, por supuesto, resultó ser solamente una congelación de salarios), con represión y muerte a trabajadores y estudiantes, con el florecimiento de los escuadrones de la muerte y la guerrilla, y con agentes de la CIA que dictaban clases de tortura a nuestra Policía… Período “plenamente democrático” que derivó en la llegada a la Primera Magistratura, en el año 1972, de Juan María Bordaberry…
“Usted ya sabe cómo sigue la historia…”
Pero superando dictaduras y períodos de retroceso, nuestra democracia ha continuado evolucionando hasta nuestros días…
Hoy, nuestra democracia ha permitido que el Frente Amplio recuperara el Gobierno nacional…
Y también ha permitido que, en algún departamento del norte, hayan alcanzado democráticamente el gobierno departamental (por medio de un testaferro) un par de exconvictos de la Justicia…
O que, en otro departamento (más al sur), fuera elegido intendente de manera contundente e incuestionable un candidato cuya anterior gestión de gobierno había sido reprobada en forma unánime por el Poder Legislativo, incluidos los representantes de su propio partido y el propio presidente de la República (también de su propio partido y sector), y a quien algún senador correligionario suyo le aplicó el mote de “Papá Noel”… Candidato que renunció a su cargo antes de ser convocado para dar, personalmente, explicaciones de su actuación ante los legisladores…
O que, más al sur, fuera reelecto otro intendente litoraleño a quien, poco antes de finalizar su primer período, “le hackearon el sistema informático”, perdiéndose de manera irrecuperable todos los datos de su administración…
O que, en otro departamento, fuera reelecto intendente alguien que —como la Cenicienta del cuento— debió alejarse antes de “las 12” de la fiesta en que festejaba su triunfo, porque tenía que cumplir con arresto domiciliario…
O que, en otro, el resultado electoral haya estado en peligro de ser alterado porque la inviolabilidad de las urnas de votación fue amenazada por un germen antidemocrático, al que no debemos restar importancia ni descuidar…
A nuestra democracia no la cambiaríamos por nada; pero tenemos que continuar trabajando para “cambiarla”, porque algunas veces continúa dando resultados semejantes a cosas que nos parecían lejanas y grotescas —en otros países— y que hoy vemos con asombro cómo empiezan a naturalizarse en el nuestro…
No cambiaríamos por ninguna otra nuestra democracia; pero es nuestro deber trabajar para que siga evolucionando, para que continúe siendo cada vez más abarcativa, más inclusiva, más justa y más de todos.








