
A pesar de esa leve merma de la que habla, que la recaudación se mantenga firmemente dentro del piso habitual en esta temporada de la «B» (los tres escenarios sumaron 872 entradas), demuestra que el hincha de la «B» es fiel y sostiene el espectáculo más allá de las rachas.
Para el círculo de ascenso, fue la cuarta fecha de la segunda rueda.
El análisis de los bordereaux deja en claro que la centralización del interés o el atractivo de las local jugaron un papel diferencial. Veamos desde EL PUEBLO–
El Carlos Ambrosoni como el gran motor: Prácticamente concentró el 48% del total de las entradas vendidas de la fecha (419 de 872). Es evidente que el escenario de River Plate sigue teniendo un imán especial para la categoría, consolidándose como la plaza más fuerte de esta jornada.
El Merazzi cumplió su base: Con 270 boletos, el escenario de Ferro Carril aportó un flujo intermedio y regular, manteniéndose como una garantía de convocatoria cómoda.
La baja en el Heber Racedo: El piso de la fecha se dio en la cancha de Deportivo Artigas (183 entradas). Habrá que evaluar si influyeron los cruces deportivos de ese escenario en particular o factores de cercanía para las hinchadas visitantes.
El balance económico y el valor del boleto
Si cruzamos la recaudación total con las localidades vendidas, el panorama financiero genera estos promedios: Recaudación Total ($ 172.350): Si bien el número impresiona a primera vista, al dividirlo entre los tres escenarios da un promedio de $ 57.450 por cancha. Hay que tener en cuenta que de allí se deben restar los costos fijos esenciales: terna arbitral, personal de recaudación y el servicio policial o de seguridad privada. Tras esos descuentos, el margen líquido que les queda a las instituciones para repartir es sumamente ajustado.
La salud del promedio: entre 800 y 1000
Que el número final haya sido 872 no es mala noticia para la estabilidad de la B. Confirma que el bache o la «merma» de la que habla es solo una fluctuación lógica del campeonato (quizás por el frío de la época o la paridad en la tabla) y no una caída libre.
La Divisional B mantiene una identidad arraigada de «fútbol de barrio y de comunidad»; mientras se siga vendiendo casi un millar de boletos por domingo en canchas de primera, el campeonato mantiene su viabilidad social y pasional intacta.
El objetivo, de cara a las próximas fechas, será ver si los escenarios que esta vez quedaron relegados, logran levantar el piso cuando les toque recibir los partidos clave del ascenso.
Salto Fútbol Club
La gravedad que golpea: nació y persiste sin adhesión popular

El veredicto de los números es inapelable, pero el de la realidad deportiva es aún más doloroso. Salto Fútbol Club volvió a jugar en la Divisional C de la Asociación Uruguaya de Fútbol con la promesa de una revancha, pero terminó tropezando con las mismas piedras del pasado.
De nueve equipos en la contienda, seis avanzaban a la disputa del Torneo Clausura.
Salto FC terminó séptimo. Afuera. Una eliminación prematura que ni la victoria decorativa de la última fecha ante Villa Española pudo maquillar.
Ganar en la última jornada solo sirvió para instalar la amargura del «qué hubiera pasado si…».
El fútbol de Salto FC en este torneo fue un compendio de excesos de intermitencias: chispazos de buen juego diluidos rápidamente en lagunas tácticas, falta de rebeldía y una alarmante irregularidad en pasajes clave del campeonato. En la cancha, el equipo nunca logró consolidar una identidad competitiva que le permitiera plantarse con autoridad en una categoría que no perdona las dudas. Se terminó pagando caro el precio de un plantel que alternó más sombras que luces.
LA SOLEDAD EN LAS TRIBUNAS
Sin embargo, el diagnóstico más grave no pasa estrictamente por lo táctico, sino por el cemento vacío. Salto FC padece una alarmante falta de entorno válido desde la gente. Nació y persiste sin adhesión popular en un departamento con una Liga Salteña de Fútbol local que es un motor de pasión indudable, pero que parece mirar al club de la AUF de reojo, como a un extraño.
El equipo juega en un vacío emocional. Sin el calor del hincha, sin la presión identitaria de una barriada o de una comunidad que empuje en las malas, los proyectos profesionales se vuelven fríos, artificiales, casi de laboratorio. Quienes son parte del entorno de Salto Fútbol admiten lo expuesto líneas arriba. A nivel de juveniles, se reconoce más de un acierto pero a nivel del plantel de mayores, la pretendida siembra se aloja inexorablemente en lo no viable. Y lo no viable se asocia a lo inexistente en materia de sueños. O los sueños tienen fecha de vencimiento. La historia reciente lo vuelve a certificar.
Desde la historia
Salto Fútbol Club nació en el mes de noviembre del año 2002. Toda la instancia de firmas, fundacionales, etc, se produjo en el local de la Liga Salteña de Fútbol. El equipo ingresó a la Segunda División Profesional y el plantel superior en manos de Alcides Edgardo Nieto y Jorge Castagnaro. Crisis deportiva y económica, paralizó a Salto Fútbol por 17 años. Permaneció al margen del fútbol. En plena pandemia, reconquistó espacios. En el 2021 volvió a ser uno más y con el equipo en cancha, el Cuerpo Técnico liderado por Joaquín Bururtarán y Maximiliano Summers. Desde entonces en lo que va transcurriendo de esta década, fue la más encendida expresión futbolística, a tal punto que no le faltó protagonismo y perspectivas de ascenso. La verdad sea dicha: no le faltó tanto para contemplar ese fin. En los últimos años, la gradual y sostenida merma. Regresión notoria respecto a aquel 2021.
Otra decepción cargada de grises

Eliminado de todo y temprano. La aventura deja un saldo de frustración que va más allá de la tabla de posiciones. Es la confirmación de otra decepción cargada de grises, donde no faltan quienes vuelven a poner en tela de juicio la viabilidad de un proyecto que no logra echar raíces en su propia tierra ni dar el salto de calidad institucional en la capital.
Para Salto Fútbol Club se abre, otra vez, el tiempo de los balances incómodos. Quedarse afuera en un filtro donde clasificaban seis de nueve es un golpe durísimo que obliga a revisar las bases: porque para competir en el fútbol de la AUF no basta con las ganas de un puñado de dirigentes; se necesita un equipo confiable en la cancha y, fundamentalmente, un pueblo que lo sienta propio. Hoy, lamentablemente, Salto FC no tiene ninguna de las dos cosas.






