Hoy, domingo 8 de febrero de 2026 se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de uno de los más creativos escritores de la historia, Julio Verne.Y muchas se sus intuiciones científicas que plasmo en el papel, se siguen haciendo realidad…
Julio Verne, el escritor que imaginó una segunda luna y nos enseñó a viajar con la mente

A más de un siglo de su muerte, la obra de Julio Verne vuelve a dialogar con el presente. El reciente hallazgo de un asteroide que acompaña a la Tierra en su órbita reactualiza una de sus intuiciones más fascinantes y confirma que su literatura no solo narró aventuras: educó la imaginación moderna y abrió la puerta de la lectura a generaciones enteras.
POR ESTOS DÍAS
Dos hechos recientes vuelven a acercarnos a Julio Verne (Nantes, 8 de febrero de 1828 – Amiens, 24 de marzo de 1905): la conmemoración de su nacimiento y la difusión de un hallazgo astronómico que parece salido de sus páginas. Científicos de la NASA confirmaron la existencia del asteroide 2025 PN7, un cuerpo celeste que acompaña a la Tierra en una resonancia orbital particular, generando la sensación de una “segunda luna” temporal.
El fenómeno, que no altera el sistema Tierra-Luna, refuerza una idea que Verne ya había explorado desde la literatura: la posibilidad de que nuestro planeta no esté solo en su viaje alrededor del Sol. Según los estudios actuales, este asteroide mantendrá su dinámica hasta el año 2083, cuando volverá a integrarse al sistema solar interior. La ciencia alcanza, una vez más, a la imaginación.
EL ARQUTECTO DE LA NOVELA CIENTIFICA
Desde una mirada estrictamente literaria, Verne no fue solo un narrador de aventuras. Fue el creador de un nuevo modo de contar el mundo. Antes de que existiera el término ciencia ficción, él hablaba de “Viajes Extraordinarios”, relatos donde la fantasía se sostenía sobre un andamiaje de datos reales: geografía, física, astronomía, ingeniería.
Ese detalle técnico —a veces minucioso, casi obsesivo— fue clave. Verne lograba que lo imposible pareciera no solo creíble, sino inevitable. Sus máquinas funcionaban sobre el papel. Sus viajes obedecían a leyes comprensibles. Y esa verosimilitud convirtió a la imaginación en una forma de conocimiento.
EL HÉROE MODERNO CIENTIFICO Y EXPLORADOR
Verne también rompió con el héroe romántico de su tiempo. Sus protagonistas no buscaban gloria ni amores trágicos, sino saber. El científico-explorador —como el profesor Lidenbrock o el capitán Nemo— encarna al individuo moderno, guiado por la razón pero atravesado por dilemas éticos.
Nemo, en particular, es una figura literaria de enorme profundidad: genio tecnológico, rebelde político, hombre herido que utiliza la ciencia como herramienta de libertad y, al mismo tiempo, de aislamiento. Esa complejidad psicológica era inusual en la literatura de aventuras del siglo XIX.
EL VIAJE COMO FORMA DE APRENDIZAJE
En Verne, el viaje nunca es solo desplazamiento. Es una enciclopedia en movimiento. Mientras el lector avanza por mares, volcanes o cielos imaginados, aprende biología marina, astronomía, geología. El entorno se vuelve un personaje más, con reglas propias, desafíos y belleza.
Esta estructura influyó decididamente en la narrativa posterior y consolidó una idea poderosa, la literatura puede enseñar sin dejar de asombrar.
VERNE Y SU TIEMPO, ENTRE DARWIN Y MARX
Julio Verne fue contemporáneo de Charles Darwin, Gregor Mendel y Karl Marx, una época atravesada por revoluciones científicas, sociales y filosóficas. A diferencia de otros autores, Verne eligió el optimismo positivista, la confianza en que la razón y la técnica podían ampliar los horizontes humanos.
Comparado con H. G. Wells, más crítico y sombrío, o con Edgar Allan Poe, volcado al abismo psicológico, Verne ofreció una literatura de posibilidad. No advertía tanto sobre los peligros del progreso como sobre su potencial transformador.
LA PUERTA DE ENTRADA A LA LECTURA
Quizás su mayor legado no esté en lo que “predijo”, sino en lo que provocó. Para millones de lectores jóvenes, Verne fue el primer autor que les dijo que el mundo era inmenso y accesible, que todavía quedaban mapas por completar.
Libros como La vuelta al mundo en ochenta días —inmortalizada luego por el cine con David Niven y Cantinflas— consolidaron esa sensación de maravilla. El ingenio humano podía vencer al tiempo, al espacio y hasta a los errores del calendario. Leer era, también, viajar.
A continuación, una breve reseña de sus libros más emblemáticos:
Veinte mil leguas de viaje submarino (1869): Narra las aventuras del profesor Aronnax, quien tras ser capturado, recorre los océanos a bordo del avanzado submarino Nautilus, comandado por el enigmático Capitán Nemo.
Viaje al centro de la Tierra (1864): El profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y un guía llamado Hans emprenden una expedición científica que se interna en las profundidades del planeta a través de un volcán en Islandia.
La vuelta al mundo en ochenta días (1872): El flemático caballero inglés Phileas Fogg apuesta su fortuna a que puede circunnavegar el globo en solo 80 días, acompañado por su ayudante Picaporte.
De la Tierra a la Luna (1865): Un grupo de entusiastas del Gun Club de Baltimore diseña un gigantesco cañón para lanzar un proyectil tripulado hacia la Luna, anticipando conceptos de la carrera espacial moderna.
La isla misteriosa (1874): Cinco prisioneros de guerra estadounidenses escapan en un globo y terminan en una isla desconocida en el Pacífico, donde deben usar sus conocimientos científicos para sobrevivir.
Cinco semanas en globo (1863): Fue su primer gran éxito y relata la travesía del Dr. Fergusson cruzando el continente africano en un aeróstato.
LAS PREDICCIONES DEL MAESTRO
Julio Verne no era un adivino, sino un lector voraz de revistas científicas que proyectaba los avances de su época hacia el futuro. Su capacidad para anticipar tecnologías fue tan precisa que inspiró a generaciones de inventores. Estas son algunas de sus predicciones más asombrosas que hoy son una realidad:
El viaje a la Luna: En su novela De la Tierra a la Luna (1865), Verne no solo acertó con la idea del viaje, sino con detalles específicos: el lanzamiento desde Florida, el uso de una cápsula de aluminio, la tripulación de tres hombres y el amerizaje en el océano Pacífico, tal como ocurrió con el Apolo 11 más de un siglo después.
El submarino eléctrico: Aunque ya existían prototipos rudimentarios, el Nautilus de Verne era una nave de lujo totalmente eléctrica y autónoma. El primer submarino eléctrico real, el Gymnote, se fabricó en Francia recién en 1888.
Internet y Videollamadas: En su obra «olvidada» París en el siglo XX (escrita en 1863), describió una red mundial de comunicaciones que permitía transmitir datos y el «fonotelefoto», un precursor de las videollamadas.
Helicópteros: En Robur el Conquistador, imaginó una aeronave impulsada por múltiples hélices verticales, sentando las bases conceptuales de lo que hoy conocemos como helicóptero o incluso drones.
Velas solares: Anticipó la propulsión espacial mediante la luz solar, una tecnología que agencias espaciales como la JAXA (Japón) ya han puesto a prueba en misiones reales.
Otras tecnologías: También mencionó en sus relatos la existencia de los noticieros (noticias leídas en lugar de impresas), las armas de electroshock (similares a los Taser) y el uso de combustibles alternativos.
Tambien predijo consecuencias del cambio climático, como el deshielo de los polos debido a cambios en el eje terrestre.
Julio Verne no fue un profeta, sino algo más duradero: un educador de la imaginación. Logró que la ciencia dejara de ser un territorio exclusivo de expertos y se convirtiera en materia de asombro colectivo.
“Todo lo que un hombre puede imaginar, otros hombres lo harán realidad”, escribió. Más de un siglo después, mientras la ciencia confirma intuiciones que él ya había narrado, su obra sigue cumpliendo su mayor función: recordarnos que la literatura no solo describe el mundo, también ayuda a construirlo.





