La balada de Yoni Seco

Un personaje inolvidable llega a Montevideo desde el interior y convierte la quiniela, las cartas y la música en una trilogía tierna y divertida. Hablamos de Yoni Seco.

La balada de Yoni Seco

La historia del quinielero, adivino, y cantor que vendía sueños y esperanzas en la capital balada de Yoni Seco

A Yoni Seco nadie lo vio llegar a Montevideo. Un día no estaba y al otro sí. Como los impuestos, los pozos en las calles o las promesas electorales, apareció de golpe y se quedó.

Venía del interior profundo, de ese tan profundo que los caminos vecinales y las rutas locales son una mezcla de queso gruyere y cráteres de la luna, donde a veces se encuentra algún animal que no supo como salir. Animal – animal, y animal humano, digo por las dudas.

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Era de un pueblo tan chico que cuando alguien se iba, la población bajaba un cinco por ciento y la escuela tenía que reorganizar el acto patrio, y si faltaba un escolta, el perrito de la cocinera salía con alguna banderita de esas que alientan a Uruguay, a pesar de todo.

Llegó con una valija, una guitarra desafinada y una confianza en sí mismo que ni los vendedores de cursos para hacerse millonario tienen. Al principio fue vendedor ambulante.

Vendía de todo. Si usted necesitaba un encendedor, Yoni tenía dos. Si precisaba una radio, tenía una. Si buscaba una sartén, tenía tres. Si necesitaba un consejo sentimental, tenía veinte.

Yoni descubrió muy pronto que los montevideanos no compraban objetos, compraban conversación y sosiego. Y así fue como terminó enterándose de la vida privada de media capital.

Las señoras le contaban que el marido ya no las miraba. Los maridos le contaban que la señora los miraba demasiado. Los novios le confesaban que estaban enamorados. Las novias le confesaban que estaban enamoradas… pero de otro.

Yoni escuchaba todo con una seriedad de sacerdote y una discreción de portera jubilada.

—No se preocupe, doña, esto queda entre nosotros.

Y media hora después la noticia estaba recorriendo tres ferias, dos almacenes y una parada de ómnibus. Fue entonces cuando descubrió su verdadera vocación. La quiniela. Se convirtió en quinielero ambulante. Andaba con la maquinita bajo el brazo, el post de la suerte y una capacidad para inventar pronósticos que habría hecho llorar de emoción a los economistas.

—Anoche soñé con un gato pedaleando en bicicleta. ¿Y eso qué sale?

—El 05 con fuerza.

—¿Por qué?

—Porque sí, el número del gato.

– Y la bicicleta?, qué número es?

– El de la patente….

Y la gente jugaba. Si salía el número, Yoni era un profeta. Si no salía, decía: —Estaba cantado para la nocturna. Y la gente volvía a jugar.

Cuando vendía el 5 de Oro se transformó en una especie de evangelista del azar. Recorría las calles hablando de los millones que esperaban detrás de una simple boleta.

—Mire, don, estadísticamente alguien se lo lleva.

—¿Y por qué habría de ser yo?

—¿Y por qué no?. Aquello era irrebatible. Más de uno terminaba comprando por agotamiento intelectual. Pero Yoni no era solamente quinielero, también le dio por las cartas. No las de jugar. Las del destino. Instalaba una mesa de camping en cualquier esquina y comenzaba la ceremonia.

—Veo un viaje.

—Hace diez años que no salgo del barrio.

—Entonces está atrasado.

—Veo dinero.

—Debo tres tarjetas.

—Justamente. El dinero está tratando de alcanzarlo.

Tenía respuestas para todo. Una vez una señora le preguntó si volvería el marido. Yoni miró las cartas, las volvió a mirar y sentenció:

—Volver vuelve.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Y cuándo?

—Cuando se le termine la plata.

La mujer le dio una propina. Y dos meses después volvió para agradecerle. Aquello terminó de consolidar su prestigio. Los fines de semana cantaba en las ferias. Cantaba tangos, milongas, rancheras, boleros y canciones que nadie conocía porque las había inventado él mismo. Competía con el Chino Pool en Tristán Narvaja, pero se llevaban bien, los dos eran del interior, y el Yoni ya frisaba los 70 y me quedo corto…

Por ahí andaba también Charly Rosas vendiendo de las naturales y a veces las de plástico cuando se le agotaban las otras, y agregaba un pelouche para darle mas ternura al galán que obsequiaba.

La más famosa de las canciones de Yoni era una balada romántica titulada «Te amé más que a un 5 de Oro acumulado». Los críticos musicales jamás la analizaron. El público tampoco. Pero todos la tarareaban.

Fueron tantos los años hasta este presente que el Yoni se convirtió en una institución ambulante. No era exactamente rico. No era exactamente pobre. Vivía en una categoría económica que los contadores todavía no han logrado clasificar.

Lo curioso era que conocía los secretos de todo Montevideo. Sabía quién engañaba a quién. Quién debía plata.Quién decía que estaba enfermo para no trabajar. Quién decía que trabajaba para no ir a la casa. Y sin embargo jamás escribió sus memorias.

—¿Por qué no cuenta todo lo que sabe? —le preguntó un periodista.

Yoni se quedó pensando.

—Porque si cuento todo lo que sé, me quedo sin clientes. Y tenía razón. Porque en el fondo, Yoni Seco no vendía boletas, ni canciones, ni predicciones. Vendía esperanza. La esperanza de que saliera el número. De que volviera el amor. De que apareciera la suerte. De que el futuro fuera un poco mejor que el presente. Y en una ciudad donde abundan los pesimistas, aquello era un negocio extraordinario.

La última vez que alguien lo vio estaba en una feria, guitarra en mano, ofreciendo un número para la quiniela mientras le leía las cartas a una señora y cantaba un vals a media voz.

—¿Y si no gano nada?. Preguntó un cliente. Yoni sonrió.

—Entonces tendrá una buena historia para contar. Y eso, amigo mío, vale oro.

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