La «B» sin sesión: el fútbol se va arrinconando en nada

Es un panorama complejo pero muy claro desde el punto de vista reglamentario y dirigencial. En el caso de la Divisional B, los ejes clave son para tener en cuenta.


El Tribunal Arbitral recién recibió este martes los descargos de San Eugenio y Tigre, tras las protestas presentadas por Sud América y Dublín Central.


Al estar los expedientes en plena consideración y no haber resoluciones, el Consejo de la Divisional B optó por no sesionar anoche.

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LOS TIEMPOS DEL TRIBUNAL

Se prevé que el Tribunal tome nota formal de los descargos recién hoy miércoles y, fiel a la delicadeza de los puntos en juego, se tomará sus días para fallar. No hay apuro que opaque la certezas jurídicas.
Con este escenario, está prácticamente descartado que haya actividad el próximo fin de semana. La pelota no rodará.
Vale recordar que cuando se reanude, se jugará la última fecha de la primera rueda, una jornada clave que podría definir nada menos que el primer ascenso directo a la Divisional A.
El optimismo es nulo para esta semana. Las miradas y las fichas de la dirigencia apuntan recién al martes o miércoles de la semana que viene para destrabar el conflicto, conocer los fallos y poder reprogramar la fecha.
Será cuestión, de ir «relojando» el día a día y los pasillos de la Liga para ver si el Tribunal acelera o si se confirman los plazos previstos.


¿El segundo fin de semana sin fútbol?

La sangría silenciosa

La decisión de no sesionar por parte del Consejo de la Divisional B no hace más que ratificar una realidad incontrastable: la incertidumbre ha ganado la partida. Hoy, el fútbol de los domingos de la «B» se encuentra bajo un cono de sombra que se estira, según todas las señales, hasta mediados de la semana próxima.
La parálisis administrativa, a la espera de que el Tribunal Arbitral procese los descargos de Tigre y San Eugenio ante los reclamos de Dublín Central y Sud América, deparará un escenario letal:  un segundo fin de semana consecutivo sin fútbol. Y es aquí donde el análisis debe trascender el mero formulario reglamentario para golpear las puertas de la cruda realidad de las instituciones.
Por un lado, el perjuicio deportivo es flagrante. En las vísperas de la última fecha de la segunda rueda 

—esa jornada bisagra donde puede quedar sellado el primer ascenso a la Divisional «A» a—, los planteles se ven obligados al freno de mano. Se rompen los ritmos de competencia, los entrenadores deben recalcular los microciclos sobre la marcha y los futbolistas quedan atrapados en el desgaste psicológico de entrenar sin el horizonte del partido oficial. Se compite para jugar, no para perpetuarse en la rutina de las prácticas.
Sin embargo, el costado más alarmante es el económico. Para los doce clubes de la divisional, este parate es una sangría silenciosa. Las instituciones de la «B» no son corporaciones; son el fruto del esfuerzo diario de dirigentes que multiplican panes para sostener presupuestos, pagar cuerpos técnicos y mantener la infraestructura. Dos semanas sin recaudaciones por concepto de boleterías, pero con los costos fijos corriendo exactamente igual, representan un golpe al mentón de las finanzas de barrio. 

La inactividad no congela las obligaciones económicas

En los pasillos de la Liga se desmenuza el futuro de los expedientes. El ambiente conspira a favor de que la protesta de Dublín Central contra Tigre no prosperaría, mientras que la de Sud América contra San Eugenio mantiene una dosis de suspenso. Pero más allá de lo que dictamine la justicia de los tribunales —que lógicamente se tomará su tiempo para blindar de certezas jurídicas su fallo—, lo que queda en 

evidencia es la fragilidad del sistema de competencia cuando los escritorios se imponen a la cancha. Sin optimismo para los días que corren, el fútbol de la Divisional B asiste a una vigilia incómoda. Esperar hasta el próximo martes o miércoles es el único camino, pero el precio que pagan los doce clubes es demasiado alto. El campeonato retornará, tarde o temprano, y se definirá el ansiado ascenso; pero las secuelas de este invierno a oscuras y sin pelota se harán sentir en las tesorerías mucho después de que el campeón dé la vuelta.


Con rumbo a la última fecha

«Una garantía de justicia deportiva»

La unificación de horarios para la definición de un campeonato no es solo una cuestión de reglamento, es «una garantía de justicia deportiva». Cuando el margen de error es cero y la gloria del ascenso está en juego, el asfalto debe quemar para todos al mismo tiempo, sin la ventaja de jugar con el resultado ajeno en el bolsillo.

El propio Deolindo Miquelarena, el presidente, es de los más convencidos si de este imperativo se trata.


La ingeniería de esta última fecha de la Segunda Rueda en la Divisional B deja un escenario esencial. 

Con los cuatro implicados cruzándose entre sí, la matemática y la pasión van a convivir en noventa minutos que tienen promesa abierta..
Miremos cómo se planta la tabla antes del pitazo inicial:
San Eugenio: 31 puntos
Saladero: 30 puntos
Hindú: 28 puntos
Progreso:  28 puntos


LOS ESCENARIOS Y LA LOGÍSTICA
La decisión anticipada de los neutrales y delegados —a falta de la formalidad de la sesión— es sumamente acertada. Anticiparse al cierre del torneo demuestra cordura organizativa, especialmente cuando el orden público y la pasión de los barrios entran en juego.
La misma hora, el mismo destino, no hay dudas que evita suspicacias. Hindú y Saladero sabrán que en el mismo instante en que ruede la pelota para ellos, a unas cuadras de distancia, San Eugenio y Progreso estarán librando su propia batalla.


El Dickinson como garantía y eso es cosa real. Que el choque entre el «Santo» y la banda de la ruta se mude al Estadio Ernesto Dickinson es una medida salomónica por razones de seguridad. El máximo escenario ofrece las garantías locatarias, de accesibilidad y de control de parcialidades que un partido de este calibre exige.


Se viene una jornada de transistores pegados a la oreja, de miradas de reojo a los teléfonos y de gargantas apretadas. San Eugenio depende de sí mismo, pero Saladero está a un solo tropiezo de dar el zarpazo, mientras que Hindú y Progreso llegan con el cuchillo entre los dientes buscando el milagro de última hora.
El fútbol de ascenso en su estado más puro: drama, barrio y la ilusión intacta de Primera. Pero la verdad sea dicha: sin ventajas para nadie.

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