
Hoy, la historia de vida nos invita a detenernos, a escuchar con atención y a emocionarnos con el recorrido de un hombre sencillo, trabajador y profundamente comprometido con la gente y con sus pasiones. El protagonista es Julio César Irache, un salteño cuya vida estuvo marcada por el esfuerzo, el deporte, la familia y la vocación de estar siempre al servicio de los demás.
Desde una infancia atravesada por el amor familiar y también por el dolor de una pérdida temprana, Julio aprendió desde muy joven el valor del sacrificio y la unión. La ausencia de su padre, cuando tenía apenas 13 años, lo obligó a crecer de golpe, pero también lo fortaleció gracias a una madre que supo ser pilar, sostén y ejemplo. En ese hogar humilde, entre pizzas, panadería, trabajo y barrio, se forjó un carácter resiliente que lo acompañaría toda la vida.
Su camino laboral lo llevó al mundo de la mecánica, especialmente la de motos, un oficio que no solo fue su sustento durante décadas, sino también una de sus grandes pasiones. Pero si hay algo que atraviesa su historia de principio a fin es el deporte, y en especial el fútbol. Como arquero, como compañero, como dirigente y como referente, Julio dejó huella en cada club por el que pasó, construyendo vínculos, amistades y recuerdos que aún hoy lo acompañan. Peñarol no fue solo un club: fue —y sigue siendo— su casa.
A lo largo de los años, la vida le fue regalando grandes satisfacciones: campeonatos, reconocimientos, experiencias inolvidables y, por sobre todo, una familia de la que se siente profundamente orgulloso. Sus hijos, sus nietos y su compañera de vida son el reflejo de los valores que sembró con el ejemplo, la honestidad y el trabajo constante.
Incluso frente a los desafíos más duros, como la enfermedad de Parkinson, Julio eligió no detenerse. Eligió mantenerse activo, con la mente ocupada, creando, acompañando y dando, sin esperar nada a cambio. Hoy, desde la mecánica, las artesanías, el deporte y el compromiso social, sigue demostrando que la vida se honra viviendo con pasión, humildad y vocación.
Esta no es solo la historia de un arquero, de un mecánico o de un dirigente deportivo. Es la historia de un hombre que entendió que el verdadero triunfo está en los afectos, en el camino recorrido y en la huella que dejamos en los demás.
Por tal motivo, el protagonista de la historia de vida de hoy es Julio César Irache.
¿Cómo está compuesta su familia?
“Mi familia está compuesta por mi señora, dos hijos varones —Fernando y Alejandro— y una hija mujer, Natalia”.
Su infancia, ¿qué nos puede contar?
“Mi infancia fue muy buena. El único problema que tuve fue que, a los 13 años, falleció mi padre y prácticamente quien nos crió fue mi madre. Fue madre y padre a la vez. Mi hermana mayor tenía 20 años, el otro 14 o 15, y yo 13. El viejo falleció muy joven, nos quedamos con la vieja y pudimos salir adelante”.
¿Cómo dejan huella los padres?
“Sí, sí, el viejo me dejó mucha enseñanza. A pesar de que falleció muy joven, nos dejó mucha enseñanza. Era muy conocido; tenía una camionetita de tres ruedas y era pizzero, después puso una panadería. A pesar de que nos criamos entre pizzas, salimos todos mecánicos. Mis dos hermanos son mecánicos y yo también. No nos gustó la parte de elaboración de facturas y pizzas”.
“Mi madre se defendió con un almacén; falleció en el año 2012”.
“Recuerdo que enfrente de mi casa había un campito. En ese campito jugábamos a la pelota y de ahí nacieron varios jugadores de fútbol de Salto: los Mendoza, los Albín, los Izaguirre. Toda esa gente jugó ahí”.
“Concurrí a la Escuela 81, una escuela muy linda. Fui abanderado en sexto año. En aquel momento existía el Club de los Niños Buenos; yo era presidente de la Cruz Roja. Tengo recuerdos muy lindos de la escuela. Siempre participaba en los actos de fin de curso, colaborando en todo lo que podía”.
¿Cómo empieza en el mundo de la mecánica?
“Como mi hermano era mecánico, yo andaba siempre entreverado con ellos. Tenían una cachila de carrera y yo andaba atrás. La mecánica de autos no me gusta; siempre me gustó la mecánica de motos. Un día escuché en la radio un pedido de Carlitos Ardaix, que se necesitaba un mecánico de motos. Me presenté en Mecánica Grilli, en calle Invernizzi, y estuve trabajando ahí 15 años”.
“A la par de la mecánica y las carreras, apareció el fútbol. Los hermanos Mendoza me vieron cualidades de arquero —no sé bien dónde— y me inscribí en Arsenal, Club Atlético Arsenal. Jugué dos años. Cuando empecé a trabajar en lo de Grilli, el 8 de febrero de 1980, me vinieron a buscar de Sudamérica, el Club Sudamérica”.
Así que… ¿era bueno?
“No sé si era bueno. Siempre digo que no fui un gran arquero. Además, ya tenía 20 años y era grande para aprender a atajar. Nunca había atajado en ningún cuadro. En aquel tiempo no existía la televisión como ahora; lo poco que sabíamos era por la radio”.
“Atajé cuatro o cinco años en Sudamérica y alternaba con el fútbol de salón, que me apasiona hasta el día de hoy. Salí campeón salteño con Peñarol en fútbol de salón y representamos a Salto a nivel nacional. Incluso inauguramos el Estadio Cerrado Municipal de Paysandú jugando fútbol de salón con Peñarol de Salto y Olimpia de Paysandú. Perdimos, pero fue una experiencia inolvidable”.
“Después se desarmó Peñarol porque muchos se fueron a la capital. Ahí me fui a Salesianos, también en fútbol de salón, con gente como Carlitos Ardaix, Marcelo Ávalo, el Barbudo Chaibún, Tito Perna. Eso me dejó muchos conocidos en todos lados”.
“Luego dejé el fútbol por el casamiento, los hijos y el trabajo”.
“A los 35 años volví a jugar en la Confraternidad Deportiva, defendiendo a UNTASA, Unión de Talleristas de Salto. Después pasé a Ferro y más tarde a Peñarol. Hace 32 años que estoy en Peñarol; de ahí no me fui más. Peñarol es mi casa”.
¿Los hijos son de Peñarol?
“Sí, los tres. Y mi señora también”.
“Tengo una anécdota: los dos varones mayores fueron a un cumpleaños. Cuando volvieron les pregunté si habían comido torta y me dijeron que no, porque la torta tenía un tremendo escudo de Nacional. Yo les dije que con más razón la hubieran comido”.
“Defendí la selección salteña de veteranos y fue una satisfacción enorme. A los 52 años dejé de jugar por las lesiones, pero seguí como dirigente. Hoy soy presidente de la subcomisión de fútbol sénior y súper sénior de Peñarol. En 2024 recibí un reconocimiento de la Liga Salteña de Fútbol de Salón por 30 años de trayectoria”.
“Son cosas que llegan solas con el tiempo”.
“A los 56 años entramos en una cooperativa de vivienda, la Cooperativa Primero de Mayo, donde fui administrador. Siempre ligado al deporte: fútbol, algo de maratón y ciclismo”.
El deporte fue muy importante en su vida.
“Sí, fue fundamental. Nunca fumé un cigarro en mis 67 años. El cigarro daña”.
“A los 57 años me diagnosticaron Parkinson. La enfermedad sigue, pero integro la comisión de Parkinson”.
“Lo importante es mantener la mente ocupada. Sigo haciendo mecánica de motos y ahora también artesanías en madera y hierro, para regalar. Mi vida transcurrió entre el aceite, las motos, el fútbol y la pelota”.
¿El logro más importante de su vida?
“Mis hijos. Son un orgullo. El mayor es empresario, el del medio es psicólogo y la más chica es profesora de Idioma Español”.
¿Los logros de los hijos se disfrutan más que los propios?
“Sí, sin dudas. Y ahora también los nietos, Gerónimo y Josefina”.
¿La señora acompaña?
“Al principio sí, ahora menos. La vida va pasando. Yo siempre digo que hay que ser buena persona y hacer las cosas por vocación”.
¿Qué le queda por hacer?
“Salir en una murga. Siempre digo eso y la gente se ríe”.
¿Alguna murga en particular?
“Siempre me gustaron Falta la Papa y Punto y Coma. En Montevideo, Agarrate Catalina. Hincha del Canario Luna”.
“La vida hay que vivirla y tratar de vivirla lo mejor posible”.





