Juancho Martínez: el albatros de la performance en Salto

Suelen por divertirse / los cobardes marineros / cazar albatros / grandes pájaros de los cielos / que siguen indolentes / como perros callejeros / al barco que navega / sobre abismos y azares. / Apenas los arrojan / allí sobre cubierta / príncipes del azul / torpes y avergonzados / el ala grande y blanca arrastran com muertas / y las dejan cual remos caer a su costado. 

¡Qué frágil y qué inútil es ahora el ser alado! / él tan hermoso en el aire que grotesco en el suelo / con un pucho un marinero el pico le ha quemado / otro imita rengueando del inválido el vuelo.

El artista es igual a este señor del cielo / que vive en la tormenta feliz en su volar / cuando cae a la tierra sin oropel de ensueño / sus alas de gigante no lo dejan caminar (Charles Baudelaire, traducción libre).

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Juancho fue un polímata. Transitó con solidez por la escritura, las artes visuales y la práctica performática. Representa una singularidad estética donde el cuerpo se reclama como territorio de disputa política, semiótica y existencial. El presente artículo analiza su trayectoria, la relevancia de su obra y las implicaciones de su partida en 2018.

Los ‘70: el artista en el páramo en llamas

La vida de Juancho Martínez permanece ligada a la geografía física y emocional de Salto. Esta ciudad albergó durante los años sesenta y setenta una efervescencia intelectual marcada por la precariedad y el compromiso ético.

Juancho carecía de una formación académica convencional; su mirada se forjó en la tangibilidad del trabajo cotidiano. Durante gran parte de su vida, cumplió funciones como empleado ferroviario, labor que le exigía transitar de forma constante por la campaña uruguaya.

Este vínculo con el ferrocarril resultó vital para su arte. El movimiento perpetuo del tren, la observación de paisajes en transición y la soledad del trayecto alimentaron una percepción del espacio y el tiempo que luego trasladó a sus performances. Allí, la acción se entiende como un segmento de un proceso vital carente de principio o fin.

En la década de 1970, integró una constelación de creadores que operaban desde lo que el recordado Elder Silva denominaba la «poética de la resistencia». Formó parte de grupos como La Cofradía de la Colina, donde compartió tertulias y caminatas con figuras de la talla de Víctor Silveira, Rolando Faget y la icónica Marosa di Giorgio. También sumamos a esta trama el aporte de Marta Peralta, cuya presencia enriqueció aquel tejido cultural.

Esta generación enfrentó la clausura impuesta por la dictadura militar iniciada en 1973. Se vieron obligados a desarrollar lenguajes donde la «entrelínea» y el gesto corporal funcionaban como testimonios de humanidad en un país transformado en páramo. 

La performance: entre la literatura y la muerte

En aquel contexto opresivo, nombrar una obra con el apelativo del territorio era una reapropiación política del espacio geográfico y del cuerpo del ciudadano, ambos bajo estricta vigilancia.

La performance, según la concepción de Juancho, se aleja de la representación teatral para abrazar el tiempo real y ritual. La acción busca la confrontación fenomenológica. El cuerpo del artista aparece en el «aquí y ahora», desafiando los discursos hegemónicos que priorizan el objeto vendible sobre la experiencia vivencial. Este enfoque sitúa el pensamiento en la piel y los músculos; el intelecto deja de ser una mera abstracción mental.

La descolonización del cuerpo/arte-facto

Un componente esencial de la praxis de Juancho es el tratamiento del cuerpo como un «territorio ocupado». Sostenía que, en sociedades autoritarias, los cuerpos están cartografiados por el poder. Por tanto, la performance es el acto de descolonizar ese territorio mediante el riesgo. El cuerpo resulta un modelo en miniatura de la humanidad y una metáfora del cuerpo sociopolítico.

Proponía una semiótica de la carne donde cada marca poseía un valor comunicativo:

  • Cicatrices: palabras involuntarias que narran la historia vital del individuo.
  • Tatuajes y adornos: frases deliberadas con las que el sujeto recupera soberanía sobre su piel.
  • El cuerpo como arte-facto: entidad que puede ser marcada, pintada o vestida para ser intervenida culturalmente.

Esta visión rompía con la estética clasista de la época (que todavía existe hoy) que rechazaba lo local por considerarlo feo. Juancho encontraba en la fragilidad de los cuerpos una fuente de verdad que buscaba conmover e inquietar.

El pensamiento estético y sus diálogos: el Darno y la música de culto

La obra de Juancho Martínez es incomprensible sin su conexión con la música popular uruguaya, especialmente con Eduardo Darnauchans y Fernando Cabrera.

El «Darno» funcionó como un catalizador emocional para sus propuestas. La performance «Retrato de Relicario», que rinde homenaje a Juancho, toma su título de la canción «Mudanza» de Cabrera y Darnauchans. La mudanza sugiere la transmutación del alma y la imposibilidad de permanecer en un solo estado.

Para Juancho, la música del Darno protegía su cuerpo. Existía una afinidad entre la voz melancólica del músico y la corporeidad resistente del artista salteño. Esta relación demuestra que la performance de Juancho formaba parte de un tejido cultural denso donde poesía, música y acción corporal se retroalimentaban. 

Esta estructura permitió que fuera una referencia fundamental, incluso para sectores que ignoraron su existencia durante años.

2018: la resurrección de Juancho

Su fallecimiento en 2018 en su Salto natal cerró un capítulo biográfico, pero abrió uno nuevo en términos de exégesis crítica. En nuestra comunidad artística, su partida se procesó como una transición hacia una presencia invisible pero tangible. Juancho se transformó en una referencia a considerar y valorar, una guía para las nuevas generaciones.

En la poética de Juancho, la muerte puede verse como un nacimiento en el plano de la memoria colectiva. Esta visión cíclica se refleja en la idea de que su proceso creativo es un flujo constante, asegurado por los hilos invisibles que sus discípulos mantenemos tensos.

Juancho Martínez el albatros más bello que sobrevoló Salto, posándose en las grúas del puerto, como un vigilante nocturno, cuidando a todos los artistas. Ya sea por las vías de AFE, por el túnel de la costanera sur o en la sutil comunión de un grupo de artistas inquietos, las personas sensibles consiguen escuchar su aleteo y sentir la tranquilidad de que Juancho los protege y guía.

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