José Lalindre lleva diez años como cuidacoches. Su historia refleja esfuerzo, fe y respeto por el trabajo diario, construyendo vínculos con la gente.

Hay historias que no suelen ocupar los grandes titulares, pero que sostienen silenciosamente la vida cotidiana de una ciudad. La de José Lalindre es una de ellas. Hace diez años trabaja como cuidacoches, aunque su recorrido hasta llegar a la calle estuvo marcado por el esfuerzo, la pérdida y la necesidad de reinventarse.
Antes de este presente, su vida estuvo ligada al trabajo rural. Luego llegó el golpe personal: la pérdida de su compañera y la obligación de reorganizar su vida. Sin dejarse caer, buscó alternativas para seguir adelante. Fue sereno durante varios años, pero cuando ese ingreso dejó de alcanzar decidió probar suerte cuidando motos. Con permiso en mano y voluntad, comenzó de a poco, aprendiendo el oficio y construyendo su espacio día a día.
Su historia no es solamente la de un trabajador urbano, sino la de un hombre que eligió la dignidad del esfuerzo por encima de la adversidad. Bajo el sol, el frío o la lluvia, entiende su labor como un lugar de encuentro con la gente: saludar, conversar y generar confianza. Para él, el ingreso es importante, pero también lo son el respeto mutuo y los vínculos cotidianos.
En una realidad donde muchas veces su tarea resulta cuestionada o incomprendida, José sostiene la fe, la paciencia y la convicción de hacer bien las cosas. Hoy nos acercamos a conocer al hombre detrás del chaleco, sus desafíos y su mirada sobre la vida.
— José, ¿a qué se dedica?
— Soy cuidacoches y trabajo muy bien desde hace diez años.
— ¿Cómo llegó a este trabajo?
— Yo trabajaba en lo rural, después perdí a mi compañera y tuve que dejar la casa. Tres meses después de quedar viudo conseguí un trabajo como sereno, donde estuve tres o cuatro años. En el 2016, como sereno ya no me daba, traté de buscar otro laburo y dije: “Voy a cuidar motos, a ver qué pasa”. Fui a Tránsito, conseguí el permiso y ahí empecé despacito. Después de que conocí el trabajo, saqué el carné para vender boletas.
— ¿Recuerda su primer día como cuidacoches?
— Fue por abril del 2016. Si digo que fue una decisión mía, miento; y si digo que fue solo por necesidad, también. Yo buscaba un trabajo porque sabía que si no tenía que volver a la campaña, y no podía dejar la casa sola. Entonces empecé a buscar y esto me sirvió y me sigue sirviendo mucho.
— ¿Qué es lo más difícil del trabajo?
— Para mí no hay nada difícil, aunque esté más de una hora sentado sin que venga nadie. Dificultad no tengo; solo cuando llueve, ahí es cuando se nos pone difícil a todos.
— ¿Y lo más gratificante?
— Lo más lindo es llevarse bien con la gente, con los clientes y con todo el que pasa, saludar y hablar con ellos. Llevarse bien con todos es lo más gratificante.
— ¿Cómo es su relación con la gente?
— Yo creo que me llevo bien con la gente. No he tenido ni un problema.
— ¿Ha vivido situaciones que lo hayan hecho perder la fe?
— Trato de no perder la fe, por más mal que me hagan o por más que me insulten. La Biblia dice que el santo se calla en todo tiempo.
— ¿Qué le gustaría que las personas entendieran sobre su realidad?
— Me gustaría que entendieran que cuando llegan a la cuadra tarifada tienen que poner la boleta. Yo entiendo si paran un momento, pero si se van a otro lugar tienen que respetar que la boleta dice que hay que estar el menor tiempo posible. La gente a veces no lo toma en cuenta. Yo tampoco puedo obligar a nadie, lo único que hago es preguntar si van a poner boleta; lo correcto es eso.
— ¿Cuál es su sueño?
— Hoy por hoy no me siento desagradecido con este trabajo, pero si pudiera cambiar de rubro lo haría, a cualquier rubro posible, porque hay cosas que no sé y no puedo elegir mucho.
— ¿Qué le diría a la gente que lo saluda todos los días?
— Le agradezco a toda la gente que me saluda y está conmigo acá. Algunos paran a conversar, algunos son conocidos y otros no. A los compañeros de trabajo les deseo que tengan siempre suerte y que sigan adelante, que no miren atrás ni sean desagradecidos. Nuestro deber es siempre estar en nuestro lugar de trabajo.
José cierra la charla con la misma serenidad con la que enfrenta cada jornada:
— Muchas gracias y que Dios la bendiga mucho y la siga bendiciendo en gran manera, así como me bendice a mí, porque Dios ama a todos por igual. Él nos ama siempre.





