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sábado, febrero 7, 2026

Javier Urreta: la Punto y Coma y la crisis de los 40

Yo soy de un pueblo que canta / las penas como festejo / y ese ritual que era espejo / se fue cayendo en desuso. / Hoy solo algunos ilusos / se empeñan con su regreso / y van con la serpentina / colgando de la memoria / añoran tiempos de gloria / que ya doblaron la esquina / y con las murgas vecinas / se juntan para alumbrar / en su fugaz titilar / este candil de alegría. ¡Volvió a esquivar su agonía y no se quiere apagar!

Javier Urreta es integrante del equipo creativo de Murga Punto y Coma, más precisamente de la parte de letras y el armado musical del espectáculo. Vinculado al género desde que tiene memoria, su niñez coincidió con el momento histórico de salida de la dictadura y la explosión de la murga en Salto, el famoso 87.

¿Por qué invertís energía y tiempo en una murga?

Porque es una pasión y esa es la base para entregar todo el tiempo que implica estar en una murga. Te tiene que gustar mucho, tenés que sentir que vale la pena, encontrar placer en hacerlo, en el rol que te toque. En mi caso, crear, imaginar, pensar versos, buscar melodías. Todo ese proceso lo vivo como algo fascinante conmigo mismo.

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Incluso lo hago durante todo el año, sin pensar si eso va a estar al servicio de un espectáculo que salga en Carnaval o no. Me sale de forma inconsciente. Se me ocurren cosas, versos, ideas ligadas a situaciones, a momentos de la vida, a noticias que pasan.

Son muchos meses de ensayo, una convivencia con altibajos y, después, llega el regocijo de ver plasmado todo ese trabajo en un espectáculo, de poder gozar y disfrutar algo que se construyó durante tanto tiempo.

¿Cuál es tu vínculo con La Punto? ¿Estuviste vinculado a otras murgas?

Desde niño tengo un vínculo con Punto y Coma desde afuera, porque no soy del barrio, pero siempre me impactó su sentido de pertenencia. Esta es la segunda vez que escribo desde adentro; la anterior fue en 2023.

A lo largo de los años estuve vinculado a varias murgas, tanto en Salto como en Montevideo, sobre todo desde el hacer creativo. Pasé por La Nueva, La Clarinada, Falta la Papa —donde escribí un año— y experiencias de Murga Joven, además de haber cantado en algunos períodos. Mi recorrido está marcado principalmente por las letras, la música y por ese ir y venir entre distintas murgas.

¿Saliste con Papino? ¿Tenés alguna anécdota con él?

Con Papino salí en el 2009 en La Clarinada y después él salió un par de años en La Nueva, donde yo escribía, compartimos muchas cosas. Papino tiene dos millones de anécdotas.

Mirá, me voy a quedar con una que fue el último año, que no es la más feliz porque fue unos días antes de fallecer. Él ese año había escrito la presentación y había empezado la retirada, que después yo la terminé. Estaba en su etapa final, en la casa, pero a veces tenía que irse a hacer algún análisis o alguna cosa al sanatorio y, en una de esas salidas, le pidió al chofer de la ambulancia que diera toda la vuelta, fue hasta Paraguay y agarró República Argentina para pasar por el ensayo.

La murga estaba cantando, paró la ambulancia, se abrió la puerta corrediza, él estaba sentado en una silla de rueda y gritó: ¡Vamo’ arriba la barra! Cerró la puerta y siguió su camino. Fue una mezcla de emociones, siendo letrista no me salen las palabras para describir ese momento.

¿Qué significa la murga para vos? ¿Es teatro o no es teatro?

La murga tiene un poco de todo. Es un arte escénico, visual y sonoro a la vez, muy completo. Si tuviera que reducirla a una expresión mínima es, antes que nada, un sonido. Incluso antes del espectáculo, de la puesta en escena, del cuplé, de la risa, de la reflexión o de la bajada, está ese sonido que la define.

Si viniera alguien de otro país y preguntara qué es la murga, probablemente bastaría con mostrarle unos versos cantados por el Canario Luna. Ahí ya está todo.

Después, claro, cuando la murga se sube a un escenario aparece otra dimensión mucho más amplia y compleja: el espectáculo, el armado, las partes, los climas, los mensajes. Pero aun con toda esa amplitud y con la libertad que existe hoy para hacer murga hay algo que la sigue definiendo: la forma en cómo se canta.

Ese sonido es el núcleo, el punto de partida y el rasgo que, para mí, hace que sigamos hablando de murga.

¿Cómo vivís el proceso creativo?

El proceso creativo es largo y complejo. Yo lo vivo primero con alegría, porque me encanta ese momento inicial de pensar una idea, de cranear algo e imaginar una melodía con dos versos para una clarinada. Ese es el comienzo y siempre lo transito con la fascinación de ver qué sale. 

Además, es el espacio que más disfruto porque ahí todavía no hay juicio, no hay puntajes ni miradas externas, estoy yo con mi imaginación, con una ocurrencia musical y algún verso que empieza a construir algo. Después eso se revisa, cambia y se transforma, porque muy pocas veces lo primero que aparece queda tal cual.

Después viene el proceso de armar el espectáculo, que es mucho más complejo. Es intenso, a veces estresante, pero igual de disfrutable. Tiene contratiempos, momentos de duda, instancias en las que parece que no sabés para dónde salir. Pero también es muy lindo ver cómo se va plasmando lo que imaginaste: juntarte con el arreglador, pensar cómo llevar una idea a la murga, escucharla en la voz del coro o ver cómo un cupletero toma un personaje y le pone lo suyo.

Ahí las ideas empiezan a cobrar vida y a tomar un rumbo distinto al que habías pensado. A veces te sorprenden para bien y terminan siendo mejores de lo que imaginabas. Otras veces pasa al revés: llevás algo convencido de que va a funcionar y no funciona, entonces hay que revisarlo, cambiarlo o directamente sacarlo.

Es un camino con tensiones y sinsabores, pero cuando te gusta lo que hacés y lo vivís con pasión, todo ese proceso vale la pena.

¿Podés dar un adelanto de con qué se va a encontrar el público este año?

Es un espectáculo que juega con la idea de La crisis de los 40 como festejo y como pregunta. La murga intenta volver a un pasado idealizado y se choca con una realidad distinta atravesada por la tecnología, la nostalgia y el valor que hoy se le da a las cosas.

Aparecen personajes inesperados, símbolos reconocibles y situaciones que van tomando cuerpo arriba del escenario hasta cerrar con un homenaje a la murga desde adentro a quienes la hacen y a sus 40 años de historia. Más que explicarlo demasiado es un espectáculo para ver, escuchar y dejarse llevar. El que quiera saber bien de qué va tendrá que ir al Harriague, porque ahí está la verdad y la historia.

¿Qué pensás del tema económico en relación a la murga y al arte en general?

El tema económico es complejo. Creo profundamente en el valor del artista y de lo que hace, sobre todo cuando ese trabajo sostiene espectáculos que generan movimiento, trabajo y actividad alrededor, aun cuando no tienen un fin de lucro directo.

En ese ecosistema nadie se enriquece —y menos en el interior—, pero sí hay muchas personas que logran obtener un ingreso, lo cual está bien porque forma parte de la fiesta: desde quien vende chorizos o cerveza en el parque hasta quien vende espuma en el corso. Todo eso sucede porque hay artistas que desde abril, mayo o incluso antes están pensando un espectáculo, ensayando y poniendo el cuerpo durante meses. Ahí es donde la ecuación se vuelve injusta.

Todo ese movimiento existe gracias al trabajo artístico, pero muchas veces el artista queda en el último lugar de la cadena. Me encantaría que los artistas fueran remunerados de buena manera, acá la realidad es distinta, y en el caso de la murga todavía más.

La mayoría de los murgueros ensaya durante meses, gasta en nafta, en transporte, en tiempo, en energía, y muchas veces termina el Carnaval sin haber recuperado siquiera esos gastos, mucho menos generando un ingreso real. Eso forma parte del esfuerzo de ser artista hoy y es una realidad que se repite año tras año.

Me gustaría que se pudiera encontrar una forma más justa de abordar este tema, para que la fiesta sea completa y exista una relación equilibrada entre lo que cada uno aporta para que el espectáculo suceda y lo que recibe a cambio. Es una discusión vieja: ya en 2015 escribí un cuplé sobre esto para La Nueva, porque es una problemática que viene de hace mucho tiempo.

No tiene una conclusión cerrada. Es un tema abierto, que invita a pensar cómo encontrar los recursos y las herramientas para que el trabajo artístico tenga el valor que merece y para que la fiesta funcione de una manera más justa para todos.

¿Hay algún tema que te parezca importante y que nunca te preguntan?

Me gustaría destacar y reconocer a todas las murgas este año, porque sacar una murga implica un esfuerzo enorme. Muchas veces se cree que es juntarse a cantar un rato y tomarse un vino, pero hacer un espectáculo de murga requiere el trabajo sostenido de mucha gente durante muchos meses.

La murga es un fenómeno hermoso: un espacio para decir, para compartir, para encontrarse. Por eso estaría buenísimo que, desde lo institucional y desde quienes cuentan con recursos, se estimule y se propicien más espacios para que esto crezca. Que más allá de la autogestión, de los esfuerzos individuales y de los talentos personales, existan condiciones que permitan atraer a más gente y fortalecer el fenómeno colectivo.

Quiero saludar especialmente a toda la gente que desde abril, mayo o junio está armando su murga para hoy, a pocos días de presentar un espectáculo en el Parque Harriague. Ojalá eso convoque a mucha gente y que, de a poco, la historia siga creciendo.

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