La reconocida coordinadora dialogó con EL PUEBLO sobre sus talleres de lectura presenciales y virtuales. Una propuesta alejada de la rigidez académica que busca transformar las páginas impresas en experiencias compartidas y conexiones humanas profundas.

En tiempos de pantallas veloces, notificaciones instantáneas y lecturas fragmentadas de redes sociales, sentarse a leer un libro entero parece un acto de resistencia. Pero reunirse a conversar sobre él, en una mesa compartida o a través de una plataforma virtual, ya roza lo revolucionario. Desde hace más de un lustro, Janet Rudman viene liderando esta revolución silenciosa en nuestra comunidad y fuera de fronteras, coordinando talleres de lectura para adultos que, lejos de la solemnidad de las aulas universitarias, proponen una aproximación vital, horizontal y profundamente humana a la literatura.
Recibir a Janet es adentrarse en el universo de la escucha atenta. En su voz no hay el tono dogmático de quien busca impartir una lección magistral, sino el entusiasmo contagioso de quien ha descubierto un tesoro en una página y no ve la hora de compartirlo con los demás. Con esa calidez que la caracteriza, nos invita a desarmar el prejuicio de que la literatura es un asunto exclusivo de eruditos y nos abre las puertas de un espacio donde las historias de ficción se transforman en espejos de la propia vida.
Un refugio lejos de la academia y la terapia
Al comenzar nuestra charla, lo primero que Janet se apura a delimitar, con una precisión nacida de la experiencia, es la naturaleza misma de su propuesta. En un mundo donde todo tiende a etiquetarse o a buscar una utilidad inmediata, sus talleres se levantan como un territorio libre de presiones externas.
Lo que hacemos en los talleres no es una clase de literatura tradicional ni es un espacio académico; la idea es generar un lugar de encuentro a partir de los libros
No se trata, entonces, de memorizar fechas de nacimiento de autores decimonónicos, ni de diseccionar figuras retóricas bajo el microscopio de la teoría literaria. Pero tampoco se confunde el espacio con otros dispositivos de apoyo emocional, aunque el efecto secundario de la lectura comunitaria roce muchas veces el bienestar personal.
No es un grupo terapéutico, no es un lugar donde descargar frustraciones: es un lugar donde conversamos de alma a alma
aclara Janet, marcando una sutil pero crucial diferencia. En sus grupos, el libro es el centro y, al mismo tiempo, el pretexto perfecto para que las individualidades sintonicen una misma vibración.
La trastienda de la elección: buscar «tela para cortar»
Detrás de cada encuentro que dura un par de horas, hay un trabajo de orfebrería y gestión cultural que recae sobre los hombros de Rudman. El éxito de la conversación posterior depende, en gran medida, del disparador inicial. Elegir qué se va a leer no es una tarea azarosa ni responde únicamente a los dictados de las listas de los libros más vendidos del mercado editorial.
Janet busca algo más profundo. Su criterio de selección combina la estética y la provocación constructiva. Nos cuenta que su labor diaria consiste en bucear en catálogos, novedades y clásicos para rescatar obras que tengan, por encima de todo, riqueza literaria. Sin embargo, el valor estético no basta por sí solo si el texto no es capaz de interpelar a quien lo recorre con la mirada. Las obras elegidas deben tener la cualidad de invitar al intercambio. En sus propias palabras, se necesitan historias donde «haya temas para bucear, que haya tela para cortar».
Una vez seleccionado el texto y devorado por los participantes, Janet prepara el terreno para la reunión. El diseño de cada sesión incluye la elaboración meticulosa de una guía de lectura que no funciona como una estructura rígida, sino como un mapa de navegación. En estas guías, la coordinadora vuelca preguntas disparadoras, aporta contextos históricos y biográficos sobre el autor, desmenuza sutilmente ciertos aspectos narrativos y señala aquellos nudos temáticos que prometen enriquecer el debate.
Sin embargo, a pesar de las horas dedicadas a la planificación previa, Janet confiesa que el verdadero milagro ocurre cuando el grupo se reúne y las hojas de la guía quedan a un lado de la mesa: «Lo más importante no es lo que yo propongo, sino lo que surge con los participantes». Es allí, en lo imprevisto de la réplica, en la sorpresa del comentario ajeno, donde la literatura cobra su verdadera dimensión social.
Sintonizar la misma frecuencia: la riqueza de la diversidad

Uno de los fenómenos más gratificantes que Rudman ha observado a lo largo de estos cinco años es la capacidad que tienen los libros para imantar y atraer a personas que, en la rutina cotidiana, difícilmente cruzarían sus caminos. El taller funciona como un imán para almas afines que andan dispersas por la ciudad o conectadas desde distintas coordenadas geográficas en la modalidad virtual.
El objetivo profundo de esta iniciativa, nos confiesa, es «juntar gente que camina la misma frecuencia y que muchas veces no se ha juntado». En la vida diaria, devorada por las urgencias y los pragmatismos, el lector apasionado suele experimentar cierta soledad. Cuesta encontrar en el entorno inmediato con quién compartir esa vibración íntima, esa revelación o esa duda punzante que deja la lectura de una buena novela. El taller rompe ese aislamiento y ofrece un puerto seguro para expresar esas sensaciones guardadas.
Lejos de lo que pudiera pensarse, que estos espacios están reservados para una élite intelectual homogénea, la realidad de los grupos de Janet demuestra todo lo contrario. La diversidad es la norma y la principal fuente de riqueza del espacio. En una misma mesa, real o digital, conviven lectores habituales, de esos que devoran varios volúmenes al mes y manejan un bagaje amplio, junto a personas que están haciendo las paces con la palabra escrita, retomando el hábito de la lectura después de muchísimos años de interrupción por razones de trabajo, crianza o estudio.
Ante este abanico humano, el desafío de la coordinación es mayúsculo y Janet lo asume con una vocación integradora. Su meta principal es que absolutamente todos los integrantes, sin importar su nivel de instrucción previa o su timidez, descubran que tienen una voz autorizada para hablar de literatura. «Mi objetivo es que todos encuentren un espacio donde puedan participar, sentirse escuchados y descubrir nuevas formas de leer», afirma con convicción.
La literatura como herramienta de empatía y autoconocimiento
Hacia el final de nuestra entrevista, la conversación abandona la dinámica metodológica del taller y se sumerge en aguas más filosóficas. Le preguntamos a Janet qué es, en definitiva, lo que busca transformar a través de este tejido sostenido de lecturas compartidas. Su respuesta sintetiza una visión del arte como una herramienta fundamental de humanización y crecimiento colectivo.
Para Rudman, leer no es una actividad meramente pasiva ni un entretenimiento evasivo. Es un ejercicio de alteridad, un simulador de vuelo emocional que nos permite habitar mentes ajenas, épocas distantes y geografías desconocidas para, finalmente, regresar a nuestra propia realidad con los ojos limpios. «Creo que la literatura nos permite entender mejor a los demás y también entendernos mejor a nosotros mismos», reflexiona con una sonrisa.
Es esa convicción la que define su sello como coordinadora y explica la vigencia y el crecimiento de sus talleres a lo largo de este lustro. Janet no busca cátedras ni aplausos, busca puentes. Su filosofía de trabajo podría resumirse en una máxima que rompe con la tradición escolar del análisis de texto: «Más que enseñar libros, busco crear experiencias a partir de lecturas compartidas».
En esa experiencia colectiva, la obra literaria deja de ser un objeto estático cerrado en una biblioteca para convertirse en algo vivo, mutable y expansivo. Un espacio democrático donde cada persona aporta una mirada única, nacida de su propia historia, sus dolores y sus alegrías. Al cruzarse esas miradas en la conversación, el libro original se multiplica y se enriquece, demostrando que la literatura, cuando se comparte de alma a alma, siempre es mucho más grande que las palabras escritas por el autor.
Resumiendo lo conversado… Janet, ¿de qué vienen los talleres?
- Enfoque Humano: La propuesta rompe con el modelo académico tradicional y el análisis frío de los textos; prioriza el debate abierto, horizontal y la conexión emocional entre los participantes.
- Espacio de Encuentro: El taller actúa como un dinamizador social que reúne a personas de trayectorias muy diversas (lectores voraces y principiantes) que comparten una misma «frecuencia» e interés por los libros.
- Metodología Flexible: Aunque existe un trabajo riguroso detrás de escena con guías de lectura y contextos preparados por la coordinadora, el taller prioriza la espontaneidad y lo que surge del diálogo del grupo.
- Modalidad Mixta: Con más de cinco años de trayectoria, la experiencia se ha consolidado con éxito tanto en talleres presenciales como en plataformas virtuales, superando las barreras geográficas.
- La Lectura como Experiencia: Se concibe al libro no como un objeto de estudio, sino como un disparador para la empatía, el autoconocimiento y la comprensión del entorno social.
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