Columnas De Opinión
Victor Pacin Freire
Victor Pacin Freire
Coach Profesional certificado en Coaching Ontológico (CIC, España y Uruguay), con amplia formación en seguridad vial, desarrollo personal, PNL, trabajo en equipo y resolución de conflictos. Cuenta con más de seis mil horas de experiencia en coaching ejecutivo y de equipos, así como en capacitación en instituciones públicas y privadas, especialmente en temas de tránsito, liderazgo y comunicación. Integra redes internacionales de coaches y forma parte de la Comunidad Uruguaya de Coaching.

HUMANIZACIÓN DEL TRÁNSITO: MAYO AMARILLO

Escucha los susurros, así no vas a tener que escuchar los gritos”

La columna advierte sobre la crisis de seguridad vial en Uruguay y reclama dejar atrás las respuestas parciales. Víctor Pacin Freire sostiene que el tránsito debe humanizarse con educación vial obligatoria desde la infancia, presencia efectiva del Estado, mejor infraestructura y controles equitativos. El texto remarca que las normas no son trámites burocráticos, sino herramientas para proteger vidas. 

Estudio del comportamiento de la Conducción / Seguridad Vial / Victor Pacin Freire

Esta frase, que algunos atribuyen a un antiguo dicho Cherokee y otros a la sabiduría Hindi, contiene una verdad universal que, en definitiva, trasciende su origen. Creo firmemente que estas pocas palabras resumen a la perfección, y de manera trágica, lo que nos ha sucedido como país con respecto a la seguridad vial. Hemos ignorado sistemáticamente cada advertencia silenciosa, cada pequeña imprudencia diaria, y hoy nos encontramos aturdidos por el grito desgarrador de las estadísticas.

Durante décadas, como sociedad, hemos dejado de lado la seguridad vial, el cuidado de las personas y la evaluación real de la exposición al riesgo. Pareciera que nos sentamos a esperar que, por obra y gracia de una fuerza mística e invisible, los nefastos resultados de la mortandad y los lesionados bajaran por sí solos. Anhelábamos, de forma casi mágica, adaptarnos a los estándares de aquellos países desarrollados cuyas tasas de lesividad son ínfimas. Sin embargo, el milagro no ocurrió.

Elegimos el camino de postergar las cosas para después. Nos convencimos de que con algunas pequeñas acciones aisladas, o con discursos políticamente correctos detrás de un micrófono prometiendo lo que se «podría hacer» o lo que «se haría», cambiaríamos la realidad. Hoy, los resultados nos demuestran la crueldad de esa inacción.

Estamos muy mal. Un día tras otro, las crónicas policiales y las calles nos devuelven la misma postal: siniestros de tránsito, vidas truncadas y sueños rotos. En medio de este panorama, la única certeza que tiene el contribuyente que se encuentra a derecho —aquel que cumple la norma, abona sus impuestos correspondientes y mantiene su vehículo en condiciones— es que se le exige una suerte de obligaciones asfixiantes. Al salir a la ruta, se vuelve sumamente difícil no ser multado por el más mínimo detalle, mientras que el Estado no devuelve esa exigencia en infraestructura. Las mal llamadas «rutas» no ofrecen garantía ninguna para salvaguardar la vida de quienes las transitan, presentando deficiencias severas y una señalización que, cuando existe, resulta confusa e ineficaz.

“La gente hace lo que ve, no lo que está dicho o establecido”

Desde hace muchos años, cualquier técnico o profesional con la responsabilidad de ordenar el tránsito sabía perfectamente lo que ocurriría. Era evidente que el no adecuar el funcionamiento de las calles y las supuestas rutas al crecimiento exponencial del flujo automotriz, sumado a las particularidades de nuestra cultura uruguaya, nos conduciría inevitablemente al colapso.

El resultado está a la vista: un tránsito saturado, un desprecio generalizado por el cumplimiento de las normas y una alarmante cantidad de conductores que se manejan por fuera de la ley y de sus obligaciones ciudadanas. Se ha instalado una preocupante doble moral vial: se respeta la norma únicamente en los lugares más represivos o controlados, como los centros de las ciudades, pero se conduce de manera totalmente informal, caótica e impune en los barrios y suburbios. Hemos fragmentado el territorio en zonas liberadas, lugares desprovistos de toda fiscalización donde las reglas de tránsito son interpretadas por los conductores a su antojo, donde no existe la claridad y el respeto por el otro es casi nulo.

Llevamos años alimentando el peligroso pensamiento de que «por acá no pasa nada». A esto se suma que las diferentes estrategias de las distintas intendencias del Uruguay a lo largo del tiempo solo han logrado emitir mensajes contradictorios y confusos. La falta de capacitación uniforme y la disparidad en la aplicación de la norma en los distintos departamentos nos han llevado a una alarmante desorientación: muchas veces ya ni sabemos cómo comportarnos en el espacio público.

La seguridad vial pasó a un nivel tan inhumano que muy pocas personas tienen una noción real de lo que significa la exposición al riesgo. Ser prolijo, vivir dentro de la norma, cumplir con la reglamentación, tener el seguro obligatorio en fecha y mantenerse informado pasó a ser considerados temas de segundo plano. Hoy en día, la obtención de la libreta de conducir se percibe mentalmente como un acto administrativo casi sin importancia, un simple trámite para evitar problemas con la autoridad. No se busca como un proceso de aprendizaje para cuidarse y cuidar a los míos, ni para internalizar la norma y proteger al prójimo. Se ve apenas como una tarjeta de plástico destinada a ser exhibida en un control para esquivar una multa.

Este es un pensamiento difícil de comprender en otras culturas, pero dolorosamente normal en la nuestra. Raramente se encuentra a un menor de edad en nuestro medio que, al momento de tramitar su libreta, no haya conducido previamente el vehículo familiar o el de algún amigo sin estar habilitado. Se naturaliza el hecho sin medir jamás la peligrosidad de la acción. Hemos sido testigos de casos aberrantes donde las propias familias le entregan las llaves del auto al menor bajo la justificación de que «el gurí maneja bien». Increíble, pero trágicamente cierto.

“La incapacidad de decir no: no lo podes conducir”

Los propios padres —sin generalizar, pero reconociendo una tendencia alarmante— han desarrollado una profunda incapacidad para decirles a sus hijos esa palabra tan necesaria: NO. Esta falta de límites y esta negación sistemática del peligro no es un fenómeno nuevo; se ha ido acrecentando y transmitiendo por generaciones hasta transformarse en algo normal y aceptado.

Al mirar hacia atrás, resulta evidente que muchos jóvenes han tenido simplemente la suerte de no protagonizar una tragedia. El panorama se vuelve aún más desolador cuando observamos lo que ocurre con la conducción de motocicletas. Es habitual ver a niños y niñas de doce años piloteando motos en pleno barrio, sin casco, sin luces, sin chaleco reflectivo y desconociendo en su totalidad la normativa vigente. Nadie en su entorno familiar les niega el uso del vehículo; al contrario, se vive como un derecho adquirido que se encuentra por encima de la ley, un ámbito privado donde se cree que el Estado no debe entrometerse.

Esto ocurre con total naturalidad en los barrios periféricos, allí donde la fiscalización brilla por su ausencia. Y esto no es un problema exclusivo de Salto, nuestra ciudad, sino un mal endémico que se replica a lo largo y ancho de toda la República. Humanizar el tránsito, en el marco de este Mayo Amarillo, nos exige romper este círculo vicioso. Necesitamos recuperar la autoridad afectiva para decir «no», exigir un Estado presente que controle con criterio educativo en cada rincón del país, y entender de una vez por todas que las normas de tránsito no son caprichos burocráticos, sino la delgada línea que separa la vida de la muerte.

Pasar de la reacción espasmódica ante la tragedia a la acción estructural y permanente.

BASTA DE PARCHES: ES HORA DE ACCIONES FIRMES

Ya escuchamos suficientes “susurros” durante demasiados años, y el resultado de esa indiferencia es el estado caótico, violento y peligroso del tránsito que sufrimos hoy. Es momento de cortar, de una vez por todas, con esa estúpida cadena de seguir haciendo siempre lo mismo esperando resultados diferentes.

Estamos hartos de los parches que no funcionan, de las comisiones que resultan inocuas y de los pequeños movimientos paliativos que lo único que logran es anestesiar el problema, quedando dormidos en el tiempo sin hacer nada real para transformar la realidad. La burocracia no salva vidas; la voluntad política y la acción en el territorio, sí.

Ahora es el tiempo de dejar de escuchar los “gritos” desgarradores de la sociedad y de las familias que, ante la pérdida irreparable o las lesiones graves de sus seres queridos, claman desesperadas en el vacío para que alguien haga algo. No podemos seguir siendo testigos mudos de ese dolor. Terminemos con el miedo sistemático de salir a circular por nuestras rutas, con la zozobra de encontrarnos de golpe con baches intransitables, con la falta de señalización elemental o, peor aún, con una señalización tramposa («cazadora de multas«) que parece diseñada para recaudar y no para prevenir.

Es inadmisible que convivan en el mismo espacio la desidia vial, la falta de habilidad técnica al volante y una masa de conductores que circulan totalmente fuera de la norma sin importarle otra cosa que no sea seguir viviendo fuera de la misma.-

Todavía estamos a tiempo de revertir esta decadencia. Pero el camino no es el de la tibieza. La única vía posible, firme, segura y responsable, se sostiene sobre dos pilares que el Estado no puede seguir delegando.-

  • Educación vial real y obligatoria: Que no sea un taller de una hora para cumplir, sino una formación ciudadana desde la infancia, rigurosa y evaluada, que priorice la percepción del riesgo y el respeto por la vida ajena.
  • Presencia del Estado cuidándonos (y no solo sancionándonos): Necesitamos autoridades en la calle, fiscalizando de manera equitativa tanto en el centro como en el barrio más alejado. Un Estado con presencia activa que garantice infraestructura digna y perdone el error humano, en lugar de un Estado ausente que solo aparece a través de una cámara para emitir una factura.

La humanización del tránsito ya no puede esperar por agendas políticas ni conveniencias electorales. Es un imperativo ético. Cuidar la vida de los ciudadanos en la vía pública debe volver a ser, de forma urgente, una verdadera política de Estado.

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