Por Juan Carlos Nogueira
Una murga que prefiero ni mencionar presentó una letra que banaliza el Holocausto judío. El INAU
calificó el libreto como «no apto para todo público», al considerar que el texto «promueve la
violencia» y contiene tanto «amenazas físicas» como «violencia verbal y psicológica». Sin
embargo, poco después el propio INAU cambió el criterio y reclasificó el espectáculo como «apto
para todo público».
Me pregunto: ¿qué criterio permite revertir la decisión inicial, si el libreto sigue promoviendo el
odio contra los judíos? La única respuesta plausible no parece surgir del razonamiento técnico,
sino de una lógica ideológica.
Para Gramsci, la cultura popular no es neutral. Es apenas un campo de disputa, donde se define
qué violencia es tolerable y cuál es condenable. La cultura popular puede operar como instrumento
de hegemonía ideológica, donde los marcos morales se construyen según convenga, y lo
«aceptable» y lo «inaceptable» se define políticamente. Se convierte así, en un dispositivo de
legitimación simbólica de la violencia cuando el objeto del daño es un «enemigo ideológico
aceptable». El libreto de esa murga no es espontáneo, es un producto de una hegemonía cultural
que define «enemigos legítimos». Gramsci consideraría la letra de ese cuplé como una pedagogía
política.
Pierre Bourdieu define la violencia simbólica como la imposición de significados que naturalizan
relaciones de poder. Cierta cultura popular impulsada desde sectores de la izquierda no se limita a
describir el mundo, marca quién merece empatía y quién no.
La banalización de la violencia en la cultura popular no responde a la insensibilidad social, sino a
una operación ideológica: se trivializa únicamente la violencia ejercida contra sujetos
políticamente construidos como enemigos legítimos. El criterio moral no se juzga por el acto en
sí, sino por la causa política subyacente. El crimen de odio deja entonces de evaluarse por lo que
es y se juzga por a quién sirve. El límite moral desaparece. Si la causa es justa, el daño deja de
importar. Parafraseando a Camus, cuando la violencia se vuelve aceptable por su signo político, la
cultura deja de ser crítica del poder y se convierte en su cómplice.
En este caso, promoviendo odio contra lo judío, se ataca a Israel, la única democracia en Oriente
Medio. Se trivializa el Holocausto como deshumanización indirecta del adversario ideológico de
turno.
El origen del ataque no es difícil de rastrear. Basta con apreciar las banderas palestinas en los actos
del Frente Amplio y PIT-CNT. Y la rectificación de la decisión del INAU muestra hasta qué punto
las instituciones que deberían ser custodios de los valores están infiltradas por ideologías.
Una cultura –o, en este caso, una subcultura– que mide la violencia según la identidad del enemigo
abandona el juicio moral, apenas administra excepciones. Y cuando se procede así, el odio deja de
ser un desvío y pasa a ser partidario. La cultura deja de ser cultura y se transforma en permiso para
odiar.




