Un informe especial de El Pueblo revela la difícil situación económica de la Generación Z en Uruguay. Con una tasa de desempleo juvenil que ronda el 25% y salarios que promedian entre los $19.000 y $24.000, los jóvenes menores de 30 años ven bloqueado el acceso a metas tradicionales como la vivienda o el auto propio. Esto ha generado un retraso en la emancipación residencial y la aparición del gasto escapista en consumo inmediato. El fenómeno se complementa con una histórica baja en la natalidad que compromete seriamente la sostenibilidad futura del sistema de jubilaciones.

La generación que no va a tener auto, casa y no se jubilará
Un cambio profundo en las metas de vida
Existe una transformación silenciosa en la sociedad actual. Los jóvenes nacidos entre 1997 y 2012 están cambiando sus metas de vida de forma drástica. Esta franja de la población es conocida como la Generación Z. Ellos muestran hoy un quiebre rotundo con el futuro planificado que tuvieron sus padres.
La idea de trabajar duro para comprar un terreno propio ya no parece viable para ellos. El auto pasó a ser un gasto secundario. Incluso la meta de alcanzar una jubilación tranquila se ve como una utopía lejana. El desánimo frente al mañana es la respuesta directa a un mercado que los posterga.
En El Pueblo analizamos las alarmantes cifras que explican este fenómeno en nuestro país. Los datos actuales muestran un panorama complejo y desafiante.
El gran obstáculo del primer empleo
El acceso al mercado laboral es el primer gran muro para los gurises. La tasa de desempleo nacional se ubica históricamente entre el 7,5% y el 8,5% de la población (INE). Sin embargo, este promedio esconde una desigualdad generacional que resulta preocupante.
El desempleo en los jóvenes de 14 a 24 años se sitúa entre el 23% y el 25% de forma sostenida. Esto significa que la desocupación juvenil triplica la media de todo el país. Apenas el 43% de los jóvenes participa activamente en el mercado laboral hoy. Además, sólo uno de cada tres logra conseguir un puesto de trabajo efectivo (INE).
La situación muestra un contraste enorme cuando miramos a los adultos en edades cercanas al retiro (entre 50 y 60 años). Según el Instituto Nacional de Estadística, en ese sector de la población, la desocupación es de apenas el 4%. La brecha entre el extremo más joven y el más viejo es de seis veces.
La desigualdad también tiene una marcada cara de género en las mediciones oficiales. Las mujeres jóvenes sufren tasas de desempleo de hasta cuatro puntos por encima de los varones (INE). Ellas enfrentan la mayor tendencia a la informalidad y al subempleo.
Estudiar y buscar laburo: las dos realidades
Muchos se preguntan si estas cifras incluyen a quienes están formándose en las aulas. Es muy importante aclarar los criterios técnicos de medición. El desempleo no cuenta a los jóvenes que solo se dedican a estudiar. Ellos quedan fuera de la ecuación.
El sistema oficial divide a la juventud en dos grandes grupos según la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Por un lado está la población inactiva. Allí entran todos los estudiantes que no buscan un empleo. Ellos no suman de forma negativa en las tasas oficiales de desocupación en nuestro país.
Por otro lado está la población económicamente activa (OIT). Acá ingresan los estudiantes que trabajan o que buscan un puesto de forma urgente. El alto porcentaje de desempleo juvenil se calcula sobre este último grupo. La medición oficial comienza a los 14 años por sugerencia del organismo internacional. Esto permite detectar el trabajo infantil y la informalidad antes de los límites permitidos. En Uruguay es totalmente legal trabajar desde los 15 años de edad (Código de la Niñez y la Adolescencia). El adolescente necesita un carné especial y trabaja un máximo de seis horas diarias (INAU).
Bolsillos flacos para arrancar la vida
Los ingresos económicos de los jóvenes reflejan la base de la pirámide productiva. El ingreso promedio a nivel nacional alcanza hoy los $52.985 mensuales (INE). Sin embargo, el sector menor de 25 años percibe las remuneraciones más bajas de todo el mercado laboral.
Un trabajador joven gana un promedio de entre $19.000 y $24.000 al mes (INE). Este monto se encuentra habitualmente por debajo del Salario Mínimo Nacional, ubicado en $25.383 (Poder Ejecutivo). Los ingresos dependen mucho de las jornadas parciales que realizan para poder continuar con sus estudios.
Los adultos en edades prejubilatorias duplican estas realidades en muchos sectores. Sus ingresos promedio oscilan entre los $30.000 y los $45.000 mensuales (BPS).
El techo familiar como único refugio
La consecuencia directa de estos bajos salarios es el retraso de la independencia habitacional. Más del 60% de los uruguayos de hasta 29 años todavía vive con sus padres (UdelaR). Al estirar la mirada hasta los 35 años, la dependencia económica total o parcial alcanza al 40% (MIDES).
Mudarse solo en las ciudades uruguayas se ha vuelto un gran desafío. Un alquiler promedio absorbe más de la mitad del sueldo de un trabajador joven. La convivencia en el hogar familiar funciona como un subsidio directo para no caer en la pobreza.
Los estudios demuestran que los varones tardan más tiempo en irse del hogar que las mujeres (MIDES). El 68% de los hombres de hasta 29 años sigue habitando la casa de origen. En las mujeres, el porcentaje baja al 58% debido a transiciones asociadas a la maternidad o uniones tempranas (INE).
Las mujeres logran una mayor tasa de finalización educativa en el liceo y la universidad (UdelaR). Esto les otorga herramientas para una emancipación económica más rápida a mediano plazo. Mientras tanto, los varones de clase media usan el hogar paterno como un colchón de ahorro indispensable.
El gasto de escape ante la falta de ahorro
Uruguay se ha consolidado como uno de los países más caros de la región. Esto impacta de lleno en las expectativas de consumo de la nueva generación. La compra de una vivienda propia es hoy una meta difícil de alcanzar para ellos.
Las instituciones financieras exigen entre un 10% y un 20% del valor del inmueble en dólares como ahorro previo (BHU). Juntar miles de dólares con salarios juveniles es una misión muy difícil en la actualidad. Existen planes estatales de ahorro joven, pero los requisitos dejan afuera a los trabajadores más precarizados (Agencia Nacional de Vivienda).
Ante esta barrera habitacional, aparece con fuerza el fenómeno del “gasto escapista”. Los jóvenes destinan la totalidad de sus ingresos disponibles al disfrute inmediato. La plata se gasta rápido en tecnología, salidas, recitales y ropa. No es irresponsabilidad financiera de su parte. Es la certeza de que el ahorro a largo plazo jamás les alcanzará para un techo propio.
El auto propio también dejó de ser un símbolo de estatus o de éxito. Los vehículos en el mercado interno sufren altas cargas impositivas que elevan su valor (IMESI). A esto se suman los costos fijos de patente, seguros y el combustible más caro de América Latina. Por eso hoy optan por comprar motos, bicicletas o utilizar aplicaciones de transporte urbano.
Un invierno demográfico que asusta al sistema
La crisis de expectativas individuales impacta directamente en la estructura demográfica del país. Uruguay registra hoy una bajísima tasa de fecundidad de 1,2 hijos por mujer (INE). Esta cifra se ubica muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional, que requiere 2,1 hijos para mantener la estabilidad.
Los hijos ya no se ven como una necesidad para asegurar el bienestar futuro del hogar. El desarrollo del Estado de bienestar transfirió el cuidado de la vejez a las instituciones públicas (Facultad de Humanidades, UNNE). Hoy las necesidades afectivas o de trascendencia se canalizan en la realización profesional, los viajes o las mascotas.
El costo económico de la crianza es un freno evidente para cualquier pareja joven. Planificar un hijo requiere una estabilidad habitacional que los sueldos actuales no ofrecen. Además, las mujeres enfrentan una penalización laboral y salarial importante cuando deciden ser madres (Fondo de Población ONU Uruguay). Por eso posponen la maternidad o eligen tener un hijo único, fenómeno que se conoce como “huelga de vientres”.
Las reformas obligadas para evitar el colapso
Este invierno demográfico pone en jaque el sistema de jubilaciones del Banco de Previsión Social. El modelo uruguayo se basa históricamente en la solidaridad intergeneracional. Los trabajadores activos de hoy pagan los ingresos de los pasivos que se retiran del mercado.
Tradicionalmente se necesitaban entre tres y cuatro aportantes por cada jubilado para sostener el sistema. La caída de la natalidad reduce de forma drástica la base de trabajadores del mañana. Para el año 2050, el 20% de la población del país tendrá más de 60 años de edad (BPS). Habrá menos jóvenes aportando para un volumen muy alto de pasivos.
Esta presión fiscal explica la necesidad de las reformas previsionales recientes en el país. La nueva ley elevó la edad de jubilación obligatoria a los 65 años de edad. El objetivo es que las personas permanezcan más tiempo aportando como activos. El gran desafío de los próximos años será erradicar la informalidad laboral juvenil. Solo así cada puesto de trabajo sumará al sistema común. Mientras tanto, la Generación Z sigue pedaleando en la incertidumbre.






