La Batalla de San Antonio de 1846 marcó la defensa de la República y la libertad en Uruguay, consolidando valores democráticos con la participación de Garibaldi.

La Batalla de San Antonio de 1846 no es solo un episodio militar del pasado. Es un capítulo fundacional de la identidad política, cultural y cívica del Uruguay moderno, y particularmente de la tradición colorada. Recordarla no es un ejercicio nostálgico: es una forma de comprender de dónde venimos y qué valores sostienen nuestra convivencia democrática.
En las afueras de la ciudad de Salto, fuerzas coloradas, acompañadas por la Legión Italiana, enfrentaron al ejército de Manuel Oribe en condiciones claramente desfavorables. La inferioridad numérica era evidente. Sin embargo, la convicción era mayor que la desventaja. Allí combatió Giuseppe Garibaldi, figura universal de la lucha por la libertad, quien encontró en estas tierras una causa que consideró propia: la defensa del Gobierno de la Defensa y de los principios republicanos.
Garibaldi no era uruguayo. Era un extranjero que eligió pelear por la libertad de un pueblo que no era el suyo por nacimiento, pero sí por ideales. Ese gesto, profundamente político y humano, revela algo esencial sobre el Uruguay de aquella época: la defensa de la República no fue solo una cuestión local, sino una causa que convocó a quienes creían en la libertad, el republicanismo y la resistencia frente a proyectos autoritarios.
La presencia de la Legión Italiana simboliza el carácter abierto y cosmopolita del Uruguay que nacía. Un país pequeño en territorio, pero grande en vocación democrática, capaz de integrar voluntades de distintos orígenes bajo un mismo horizonte de valores. La Batalla de San Antonio es, en ese sentido, una expresión temprana del Uruguay plural que luego se consolidaría.
Para el Partido Colorado, este episodio forma parte de su ADN histórico. No se trata de apropiarse de la historia, sino de reconocer que en ese combate se defendieron principios que luego marcarían la vida institucional del país: la República, la libertad civil, la apertura al mundo y la defensa del orden constitucional.
Recordar a Garibaldi es recordar que la libertad nunca fue gratuita. Fue defendida con sacrificio, convicción y coraje. Y también es reconocer que los valores republicanos no tienen fronteras: son universales, y por eso pueden convocar a hombres y mujeres de distintos pueblos a luchar por ellos.
En tiempos donde la inmediatez amenaza con diluir la memoria, volver sobre la Batalla de San Antonio es un acto de responsabilidad histórica. Nos recuerda que las instituciones que hoy parecen naturales fueron, alguna vez, una causa incierta por la que hubo que arriesgarlo todo.
La memoria histórica no es un ejercicio del pasado: es una brújula para el presente. Y en esa brújula, la figura de Garibaldi en Salto sigue señalando hacia el mismo norte: libertad, República y compromiso con los valores democráticos.GECS.




