Fátima Pérez cuenta cómo Sportivo Rodó Inclusivo transformó la vida de su nieto Ezequiel y le permitió encontrar una familia en el fútbol.

A los 65 años, Fátima Pérez habla con la serenidad de quien ha atravesado muchas batallas silenciosas. Madre de ocho hijos y abuela de doce nietos, su vida siempre estuvo marcada por el cuidado y la entrega. Pero fue a través de uno de ellos, Ezequiel Barrios, que descubrió un espacio que transformó no solo la rutina familiar, sino también su mirada sobre la inclusión.
Ezequiel, que está próximo a cumplir 18 años, tiene discapacidad intelectual. Durante años, Fátima buscó un lugar donde pudiera sentirse parte, donde no quedara al margen, donde no fuera “el distinto” dentro del grupo.
Antes de llegar a Sportivo Rodó Inclusivo, probó otras escuelitas de fútbol. Sin embargo, la experiencia no fue la esperada.
—Lo llevé a una escuelita, pero él no se integraba mucho. Seguían con las prácticas y él quedaba parado. Yo le decía al técnico que lo llamara cuando se aislara, pero no pasaba. Después de dos meses lo saqué, además me quedaba lejos —recuerda.
El punto de quiebre llegó gracias al consejo de una vecina, que le habló de Gabriel Rosconi y de un grupo que recién comenzaba a trabajar con chicos con discapacidad.
—Fui con un poco de vergüenza, pero desde el primer día fue distinto. Lo que más me gustó fue que enseguida se integró con los demás. Hasta ahora es el gusto de él.
Una familia más allá de la cancha
Lo que empezó como una prueba terminó convirtiéndose en pertenencia. Ezequiel encontró su lugar como arquero y también como jugador de campo. Pero Fátima encontró algo aún más profundo.
—Encontré una familia. No hay otra familia como ellos lo sienten, en el trato, en el carisma, en el amor que hay por los chiquilines.
La emoción todavía la acompaña cuando recuerda el primer partido.
—Fue impresionante. Verlos a todos jugar. Quedó chocho. Se integró tanto con los chicos con discapacidad intelectual como con los chicos con síndrome de Down.
Para Fátima, el cambio en su nieto fue evidente.
—Es más comunicativo, le gusta estar ahí. Rodó Inclusivo es lo más grande para mí. Es la integración de chiquilines que no tienen lugar en otro lado y que necesitan sentirse vistos.
Del acompañamiento a la participación activa
Con el paso del tiempo, Fátima dejó de ser solo espectadora. Hoy forma parte activa del proyecto.
—Estoy para todo el que necesite. Ahora ayudo al técnico con los más chiquitos, los que recién ingresan. Uno se gana el cariño, pero también hay que dar cariño y saber valorarlo.
Habla con admiración de Gabriel Rosconi.
—Es una excelente persona. Se le ocurre algo y hasta que no lo logra no para.
El desafío que va más allá del deporte

Si bien reconoce los logros del proyecto, Fátima mira más lejos.
—Faltaría que a los chicos los tengan en cuenta para algún trabajo. Son capaces, pero si no les dan la oportunidad no saben. Nadie nació sabiendo, todos aprendimos de a poco. Ellos necesitan un lugar en la sociedad.
Ezequiel actualmente asiste a la Escuela 97, donde cursa carpintería. El vínculo con la institución es fuerte.
—La escuela es su casa. Si lo cambio le cuesta empezar de nuevo. Si no puede seguir, irá a Crecer, donde también conoce a las maestras y profesionales.
Un mensaje de unidad
Al final de la charla, su deseo es simple pero contundente:
—Que sigamos todos unidos para seguir adelante con los chiquilines y con los que puedan ingresar a Rodó Inclusivo.
La historia de Fátima Pérez es la de una abuela que no se resignó ante el rechazo ni la indiferencia. Es también el reflejo de lo que ocurre cuando la inclusión deja de ser un discurso y se convierte en práctica diaria. En cada entrenamiento, en cada viaje y en cada partido, encontró algo más que fútbol: encontró comunidad, contención y esperanza.






