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domingo, febrero 8, 2026

Estafas y carnaval: cuando se rompe la confianza colectiva

La confianza es un tejido invisible que sostiene la vida en comunidad. No se ve, no se toca, pero cuando se rompe, el daño es inmediato y profundo. En los últimos años, ese tejido viene deshilachándose a una velocidad alarmante. Las estafas, que antes parecían dirigidas a sectores específicos o a personas particularmente vulnerables, hoy no distinguen edad, nivel educativo ni trayectoria social. Nadie está a salvo. Y cuando creemos que aún quedan espacios protegidos, la realidad se encarga de desmentirnos.

Ayer se conoció una noticia que golpea de lleno el corazón cultural de nuestra ciudad: una comparsa se vio obligada a claudicar su participación en el carnaval tras haber sido estafada en la compra de sus trajes. No se trata solo de una pérdida económica. Es tiempo, esfuerzo, ilusión y trabajo colectivo que se esfuman por la acción de quienes hacen del engaño un modo de vida. Es también un golpe simbólico: si ni siquiera el carnaval se salva, ¿qué queda en pie?

El carnaval es, por definición, un espacio de encuentro, de celebración y de confianza mutua. Funciona gracias a redes informales, a acuerdos de palabra, a la buena fe entre quienes producen, crean y sueñan. Que una estafa logre expulsar a una comparsa de esta fiesta popular revela hasta qué punto la fragilidad de la confianza se ha convertido en un problema estructural. No hablamos de ingenuidad, sino de la imposibilidad de vivir permanentemente a la defensiva sin erosionar el tejido social.

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Esta situación nos interpela como sociedad. Porque cada estafa no solo perjudica a una víctima concreta, sino que instala el miedo, la sospecha y el repliegue. Nos volvemos más desconfiados, más cerrados, menos solidarios. Y ese es, quizá, el daño más profundo: el que no figura en balances ni denuncias, pero empobrece la vida comunitaria.

Frente a este escenario, es imprescindible fortalecer los mecanismos de prevención, control y respuesta institucional. Pero también recuperar un debate más amplio sobre los valores que queremos sostener. La confianza no puede ser una debilidad castigada; debe ser un bien protegido. Defenderla es defender la posibilidad misma de construir proyectos colectivos, de celebrar juntos, de reconocernos como comunidad.

Que esta comparsa no haya podido salir a la calle es una señal de alarma. Escucharla y actuar en consecuencia es una responsabilidad que nos involucra a todos. Porque sin confianza, no hay carnaval. Y sin carnaval —en el sentido más amplio—, perdemos mucho más que una fiesta.

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