Semanas atrás nos contactó un integrante del Grupo de Pasajeros en Defensa de la Estación Central, Sebastián Morales Magirena para interiorizarnos la propuesta que hicieron llegar a las autoridades. Dicha organización civil uruguaya trabaja activamente para que la Estación Central General Artigas (ubicada en el barrio La Aguada, Montevideo) recupere su función como terminal principal de los trenes de pasajeros de AFE.
En esa oportunidad, Estela Gauthier realizó una nota para este medio y luego nos enviaron material muy valioso, a modo de agradecimiento, sobre la llegada de los trenes a Salto y a otros puntos del país.
De todas las historias, documentadas, sumamente interesantes, elegimos hoy compartir algo de la Estación Salto Noreste. En realidad una interpretación de lo que leímos de este material que nos hicieron llegar, porque aparte, en lo personal nos trajo muchos recuerdos, de distintas épocas, de ese lugar.
Por ejemplo las idas a pescar al puerto, bajábamos por la calle 8 de octubre y en calle Amorim cortábamos por las vías llegábamos al muelle viejo, pescábamos ahí, o en el muelle principal, cuando dejaban hacerlo.
Las noches de bohemia, en alguno de los boliches siguiendo a los cantores o cuando se inicia en la primavera de 1975 el ramal de AFE a Salto Grande, donde estuvimos trabajando tres meses, descargando rieles y durmientes, que venían en barcazas. Los durmientes de quebracho, curados con creosota, llegaban y al cargarlos transpirábamos y la creosota nos ardía en la piel. Por esos días Aldo Monges cantaba “Quebrachera”, que en una parte decía, “hay que hacharse los brazos cada noche, para no arden en aquel fuego lento”, y era así, y no se podía tocar la cara con las manos porque era peor, todos llevábamos pañuelo al cuello y en los bolsillos para quitarnos el sudor y sobre llevar ese ardor que producía el vapor de la madera.

Las cuadrillas eran de AFE y como simple dato, por esos días era la comidilla de los altos sueldos que se les pagaba a los trabajadores en Salto Grande, y todos en las cuadrillas nos ilusionábamos que íbamos a tener un sueldo parecido, pero no, eran sueldos de los que por ese entonces cobraban los empleados de AFE, y nos pagaban en el Cuartel…
Y crease a o no, no pude seguir trabajando porque no tenía el carnet de “Orientalidad” que se exigía en esos momentos.
Dicho esto, nos metemos en la historia de lo que les propusimos para hoy…
EL SUEÑO DE LOS VISIONARIOS
En la segunda mitad del siglo XIX, la Villa de Salto era una promesa contenida por el rugido de las cascadas. El Salto Chico y el Salto Grande eran muros de agua que interrumpían el comercio, y para vencerlos hacían falta otras alternativas, como por ejemplo, la voluntad inquebrantable de los hombres del riel.
Arturo de Marcoartú, ingeniero español, obtuvo en 1868 la concesión para unir Salto con la frontera brasileña. En 1872 el primer riel besó la tierra junto a la Plaza Libertad, pero la empresa quebró en 1876. El hierro, como la memoria, aguardaba su momento.
EL NACIMIENTO DE LA ESTACIÓN
Ese momento llegó en 1882, cuando se fundó la “The North Western Uruguay Railway Co. Ltd.” y se inauguró el puente de Yacuy, bautizado “Esmeralda”.
El trazado inicial, lejos del puerto, fue un error que condenó la rentabilidad. En 1884 la estación se trasladó junto al río, y allí nació la verdadera Estación Salto Noroeste: un edificio de dos plantas, elegante, con sala de espera, boleterías, oficinas y un balcón corrido. El muelle metálico, conocido como “Muelle Negro”, completaba la escena: barcos, grúas a vapor y mercancías que conectaban la ciudad con el mundo.

DUELO DE GIGANTES, NORESTE VS MIDLAND
Con los años, el Noroeste ya no estuvo solo. En 1891, el Ferrocarril Midland irrumpió en la escena salteña con la fuerza de un retador ambicioso. Mientras el Noroeste era el dueño de la ribera y el veterano de las mil batallas contra el río, el Midland se posicionaba en el centro de la ciudad como el nexo con el sur.
Lejos de una guerra destructiva, surgió una competencia de caballeros. Se complementaban allí donde sus vías se tocaban. Fue una época de oro en la Estación Salto Midland, donde los pasajeros bajaban de un tren para subir al otro en un baile perfectamente coordinado.
El Noroeste, con su «Muelle Negro» y sus grúas a vapor, seguía siendo el rey del intercambio fluvial, mientras el Midland se consolidaba como el gigante ganadero. Juntos, convirtieron a Salto en la «Ciudad de la Piedra», un emporio donde las chimeneas de las locomotoras dibujaban el horizonte de un Uruguay moderno.
EL LATIDO DEL BARRIO PORTUARIO
El barrio portuario latía al ritmo del silbato de las locomotoras. El tren no era solo transporte, era como un reloj, un calendario, un pulso vital. Comercios, fondas de inmigrantes y familias dependían del movimiento constante de los vagones. Los niños correteaban cerca de las vías, desafiando la autoridad de los capataces, mientras los estibadores compartían el mate con los maquinistas bajo el alero de piedra. El ferrocarril le dio al puerto una identidad de esfuerzo compartido; era una comunidad que hablaba el lenguaje del hierro y que no se amedrentaba ante nada.

LA ESTACIÓN QUE APRENDIÓ A NADAR
El río Uruguay, viejo y sabio, reclamaba su espacio a menudo, sumergiendo la planta baja de la estación. Los vecinos instalaron un nivel de madera en la fachada para medir la furia del agua, como quien anota las cicatrices de una batalla ganada. Cuando la creciente cedía, obreros y familias se unían en una coreografía de limpieza y reconstrucción. El lodo se barría y el vapor volvía a subir, demostrando que el alma de la zona portuaria era tan indomable como el río.
PROGRESO Y PARADOJA
La estación fue también escenario de paradojas. Progreso y desastre convivían en un mismo espacio, como si el río recordara que ningún hierro podía doblegar su voluntad. La actividad fluvial fue inseparable de la estación: desde la Compañía Salteña de Navegación a Vapor en 1857 hasta las flotas de Saturnino Ribes y Nicolás Mihanovich, que consolidaron el transporte hasta mediados del siglo XX.
OCASO Y RESURRECCIÓN
El ocaso llegó a medidados del Siglo pasado, cuando el último silbato se apagó y la maleza intentó sepultar los rieles. El barrio sintió el frío del abandono. Sin embargo, el hierro tiene memoria, en 1975 el ramal al puerto despertó para servir de soporte logístico a la represa de Salto Grande, demostrando que el diseño de los pioneros seguía siendo la base del futuro.
TESTIGO DE PIEDRA
Hoy, la Estación Salto Noroeste ya no espera trenes, pero sigue allí. Sus muros, que sobrevivieron a las aguas y al tiempo, albergan un museo que custodia los ecos de aquella epopeya. Los grandes galpones se llenan de teatro, pinturas y candombe y los andenes muestran el rostro mas duro de la pobreza con personas en situación de calle que pernoctan, haga frío o calor junto a las malezas y basurales crecen.
La otra cara es la de El “Muelle Negro” que es ahora un paseo turístico remozado en el 2012, que fue abandonado en el 2016, y ahora vuelto a resurgir en estos días.
Y cuando la niebla sube desde el río todavía se siente el aura de aquellos hombres que apostaron al progreso y de aquel barrio que hizo del ferrocarril su propia bandera.
FILOSOFANDO UN POCO AL FINAL…
La Estación Salto Noroeste se mantiene erguida como testigo de piedra, con vías semi enterradas y recuerdos oxidados. Su historia enseña que todo progreso es frágil frente al tiempo y la naturaleza: cada inundación fue un recordatorio de que la modernidad no es invencible, que los proyectos humanos son apenas un intento de ordenar el caos.
Quizás por eso sigue atrapando al visitante: porque en sus muros no solo se lee la historia del ferrocarril, sino la metáfora de un país que insiste en levantarse, aunque sepa que el agua siempre vuelve. Y ahí está la ironía que nos dibuja el río, eterno y paciente, parece sonreír cada vez que recuerda que los hombres quisieron domarlo con rieles. Al final, el progreso fue apenas un pasajero más en un tren que nunca dejó de mojarse.
Muchos pensarán que esto es el final, que la piqueta fatal del progreso todo lo sepultará, pero tal vez el obstinado amor de los salteños por sus cosas, renazca y haga florecer un lugar que es histórico y muy caro a los sentimientos de una ciudad y su gente…




