Era un día de semana corriente ¿un lunes, un martes? No recuerdo, solo se que era unos de esos días llenos de horarios, rutinas y algunas horas de sueño interrumpido cómo tantas noches seguidas venía experimentando. La inquietud por conocer mis ancestros, por saber sobre que memorias pisaba cuando hacia mis paseos a las plazas de salto a tomar aquellos mates de la tarde mientras el tiempo discurrirá entre las nubes ya venía haciéndose cada vez más intensos. Calles, museos, aromas, colores, arquitectura y artes trazaban segmentos y líneas de fugas en aquellos paisajes.

Sin duda que otros intereses existenciales se entrelazaban con estas cuestiones, era casi imposible hacer de oído sordo al susurro escalofriante que sentía cuando la vida me reclamaba un sentido.
Supe que en la plaza «Nueva» hoy llamada plaza Artigas se estaba realizando un recorrido patrimonial. No dude y me escapé.
Frente a un momento una multitud importante se aflutinaba alrededor de un hombre de edad avanzada _al menos eso aparentaba_ hablaba y se movía con gran entusiasmo y vitalidad.
De repente yo estaba ahí fundido en la pelotera esgrimando cuerpos y esforzándome ferozmente en filtrar los ruidos de la cuidad de las de su voz. Yo parecía un artesano amalgamando fonemas dispersos en el viento.
Supe que aquellas esculturas monumentales que tanto me encantaban, ubicadas en el centro de la plaza habían sido moldeadas en bronce por Roco, un ingeniero y escultor salteño que se formó en las tierras de Miguel ángel allá por el 1866. Trajo el arte escultórico Italiano, intentando capturar una hulla histórica del Uruguay, en la que Artigas juntos a caudillos se dirigían al Ayuí en lo fue el Éxodo Oriental en 1811.
Un giro panorámico y sus manos finas y delicadas corrían el velo del atardecer, que a esas horas apenas bañaba el frente de la catedral. Unos pasos más adelantes y mis pies hacían crujir las hojas de unos liquidámbar que no habían podido trascender a tiempos que se avecinan. Ahora estábamos ahí parados, rumiando fechas y estilos arquitectónicos frente a la biblioteca, antigua estación de la onda. Fue rápido, todo muy rápido y tuve que rebuscarme en como retener algunos datos.
Lo que más me hizo delirar de una forma inefable fue el haber estado orientado al azar frente al centro comercial alineado con las iglesias principales, en dónde mi reloj marcaba las 18:35 mientras las campanas sonaban. Fue un diálogo místico en la que me tocó participar con el cuerpo, y fue suficiente, porque no sé si mis oídos estaría preparado para escuchar lo que cantaban.
En definitiva hoy en con fulgor y movimiento de la cuidad ya no se sienten las herraduras de los caballos martillar los adoquines, ni los carros en su andar suave, ni las cascadas del río Uruguay. Pero dicen que el tiempo lineal es una ilusión de la razón, y yo creo, que aquel tiempo aún resiste a las fuerza del olvido en forma de memorias, y no es casual que tanto anhelamos escuchar historias sobre nosotros.
Ariel Suarez
Estudiante de Tecnólogo en Diseño de Itinerarios Turísticos Sostenibles Culturales y de la Naturaleza (IAE Salto)





