Entrevista a Sofía sobre constelaciones familiares, ética profesional, límites de la práctica y la escritura como camino de orden y amor.

En esta charla con Sofía fuimos a lo profundo sobre las constelaciones familiares: los límites entre realidad y fantasía, la ética profesional y cómo la escritura se convierte en su ordenadora del amor.
Sofía, ¿qué es lo real y qué es fantasía entre las expectativas de quienes llegan a tu espacio?
—Una de las fantasías más frecuentes es creer que una constelación resolverá mágicamente un problema. Lo real es que es una experiencia que aporta comprensión y movimientos internos, pero no reemplaza el proceso personal ni las decisiones que cada uno debe tomar. En las constelaciones, cada uno es su propio gurú. La gente busca alivio; cuando logran mirar su historia desde otro lugar, aparecen recursos que ya estaban ahí, pero el cambio verdadero ocurre al integrar esa comprensión en la vida cotidiana.
¿Qué conceptos de la psicología tradicional dialogan mejor con tu práctica?
—Encuentro puntos de encuentro con la teoría del apego, los estudios sobre trauma y la neurobiología interpersonal. También dialogan con la visión sistémica, que entiende que no existimos aislados, sino dentro de redes. Mi formación me ha ayudado a ver que muchas dinámicas son, en realidad, estrategias de adaptación desarrolladas para sobrevivir dentro de un contexto familiar.
Al ser una práctica que remueve emociones profundas pero no está regulada, ¿cuáles son los límites éticos indispensables?
La ética es fundamental. No realizo diagnósticos ni sustituyo tratamientos médicos o psicológicos. Es indispensable trabajar desde el consentimiento y el respeto por los tiempos de cada persona; no todo necesita ser expuesto para ser transformado. Los facilitadores tenemos la responsabilidad de formarnos y reconocer cuándo alguien necesita otro tipo de acompañamiento. Saber decir «hasta acá llego yo» es parte esencial del cuidado.
Si te tomaras un café con el científico más escéptico, ¿qué le dirías?
Recordaría una enseñanza del Kalama Sutta: «No me creas nada. Verifícalo por ti mismo». No le pediría que creyera, sino que se acerque con curiosidad a observar qué sucede cuando una persona mira su historia desde una perspectiva diferente. La curiosidad y la disposición a cuestionar nuestras propias ideas son mejores puentes que la necesidad de tener razón.
¿Cuál es el mito que más te duele escuchar?
—La idea de que se trata de decirle a la gente qué tiene que hacer. Mi experiencia es la contraria: es una invitación a ampliar la mirada y encontrar libertad interior. No se trata de imponer un destino, sino de acompañar a descubrir recursos. Me duele cuando se tergiversa, porque aleja a las personas de una herramienta que, usada con ética, aporta cambios significativos.
Finalmente, ¿qué significa tu libro Amar toda la vida en este recorrido?
La escritura es parte de mi práctica matutina. Nació de preguntas profundas y fue la tierra fértil de todo lo que vino después. Tanto mi trabajo como escritora como el de consteladora comparten la intención de generar espacios donde podamos mirarnos con honestidad. Me llaman «ordenadora del amor», y me gusta pensarlo así: ambos caminos permiten reconciliarnos con nuestra historia y habitar el presente con más libertad.






