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lunes, febrero 9, 2026
Columnas De Opinión
Salomón Reyes
Salomón Reyes
Ha escrito y dirigido más de 26 obras de teatro que se han representado en diferentes países. Como guionista, director de cine y audiovisual ha obtenido premios y reconocimientos en festivales internacionales. También ha escrito y realizado guiones para series documentales para CANAL 11, México y videos institucionales y de divulgación científica para UDELAR, UNER y varios spots comerciales.

El viaje infinito a Floripa y la ruta a la gastroenterocolitis.

Episodio 1/4

Esta crónica no es publicidad turística, ni busca enaltecer un destino sobrecargado de buenas cosas y de muy mala prensa argentina. Es solo una crónica subjetiva en episodios, de un viaje largo que quizá debes hacer antes de morir. Porque para morir, podes hacerlo de gastroenterocolitis bebiendo caipiroska en una praia o morir de insolación a 4O grados en el patio de tu casa. Yo escogí la primera.

Soy parte de una familia, como muchas en el Uruguay, que hace vacaciones cada verano. Alrededor de septiembre de cada año, se elige el destino y se programan los vehículos necesarios para llevar a toda la familia, incluyendo amigos, amigas, novios, novias y colados.

Viajar en familia no es fácil. Lo que parece una linda oportunidad para disfrutar días diferentes, se puede convertir en una seguidilla de desencuentros que alterarán la relación interpersonal. Algunas son pasajeras y superficiales y se olvidan con las horas. Otras más complejas, que se originan en la propia historia familiar, pueden dar por tierra o por mar, según donde ocurran, los planes vacacionales. Los momentos brillantes y divertidos, se recordarán por mucho tiempo y quedarán grabados en la memoria, las peleas y los diferencias, también. Es la ley de la vida.

La salida desde Salto es el primer punto de fricción. Siempre hay alguien que funge de organizador y propone las horas de salida y asigna lugares en los autos. En nuestra familia no sólo resulta imposible salir a tiempo sino que a veces, hay que rogar para que la asignación final de lugares, no cause una disputa tempranera, antes de comenzar el viaje. A veces ese acomodo resulta lógico por el tipo de familia o por la propiedad de los autos. No obstante, es frecuente que aparezca alguien inconforme que no quiera viajar en el asiento de atrás, en medio (el más castigado) o viajar en compañía de alguien con el que se siente incómodo o no le cae bien. He visto pasajeros mirar a través de la ventanilla el viaje completo, con tal de no ver, tocar o hablar a quien tienen al lado.

La organización de un viaje multifamiliar es tarea ingrata porque si sale bien, nadie te lo agradecerá pero si sale mal, se acordarán de ti por mucho tiempo. Y están los que prefieren no asumir responsabilidad alguna para tener después, a alguien a quien culpar si las cosas se desmadran. Yo soy uno de esos. Procuro no tomar responsabilidades y me dejo arrastrar por los que saben. No participo en la toma de decisiones claves como el destino, las escalas, el hospedaje, los horarios y los “amenities” del viaje. Me lo tomo tranqui y hasta disfruto que no salgamos en hora establecida. Los amantes del reloj, están condenados al sufrimiento.

Después viene el mambo de las maletas. Aunque siempre se establece la recomendación de que cada uno lleve una maleta pequeña para no utilizar demasiado espacio en el auto, los maleteros siempre van al límite. El encargado de acomodar los equipajes tarda más o menos una hora en distribuir maletas y si el destino es playa, fijar las sillas de playa y sombrillas en donde se pueda. Esta operación no está exenta de indirectas y comentarios “graciosos” sobre lo que alguno lleva de más o que no tomó en cuenta, en detrimento del espacio comunitario. A esto, se suma lo quisquilloso que resultan algunos dueños o dueñas de autos que miran a los demás con cara de: “pelotudo, no ves que me vas lastimar el auto”. Al final, como dice el dicho, todo cabe en un carrito sabiéndolo acomodar y los vehículos arrancan con las gomas semideformadas contra el asfalto.

Con frecuencia antes de salir a la ruta, hay que dar alguna vuelta extra. Alguna llave olvidada, algún cambio de moneda de último minuto o entregar un auto que no viaja. En nuestra familia y debe ser el caso de muchas, no hay espacio para los desesperados, el que se aferra al tiempo, pierde. Por eso yo mejor ,me aflojo y coopero.

El destino familiar de este año fue la Isla de Santa Catarina, o para no confundirlos, la mentada Florianópolis o “Floripa”, como le dicen comercialmente. Sí, ese destino que sale en las noticias de los medios argentinos, con miles de personas afectadas por agua contaminada, servicios médicos desbordados y un panorama apocalíptico. Sólo les falta decir que hay cadáveres en las calles que se pudren a la vista de los turistas en mallas, que los miran de forma indiferente y no los socorren porque se les hace tarde para llegar a la playa. Los medios y los influencers que graban cualquier “verdura”, exageran para un lado y para el otro. Están los que desearían que Florianópolis desapareciera de la faz de la tierra de tan mala agua y alimentos que tiene y están, los que le restan importancia y tienen una respuesta inteligente para cada fenómeno. Estos últimos, son capaces de explicarte por qué llueve, por qué existen las playas, por qué los uruguayos no hablamos portugués, por qué hay que pagar con Pix y por qué mi familia no puede salir nunca a tiempo.

Debo decir que el primer obstáculo del viaje familiar no es la distancia ni la ruta sino la temible Oficina de Migración de Rivera. Hay crónicas verificadas, que en temporada alta, puedes demorar más de 4 horas y media, en hacer tu trámite de salida del Uruguay y entrada a Brasil. Si el viaje desde Salto a Florianópolis ya resultaba largo, imagínense sumar las horas que debes esperar en ese llamativo shopping, donde han puesto la oficina. Lo único que puedo decir, buscando hacerles la espera más amena, son tres cosas: procuren llenar el formulario on line antes de llegar, si pueden, crucen por la frontera de Artigas-Quaraí que tiene menos gente y finalmente… en TaTa podrán encontrar un vaso de ensalada de frutas por $45 pesos, algo impensable en el resto del Uruguay.

Salimos tan tarde que avanzamos poco el primer día, apenas 5 horas de ruta que nos dieron para llegar a São Gabriel, en Rio Grande do Sul y ahí quedamos, en una casa de un militar retirado que nos rentó su casa muy linda pero llena de decoración familiar. La sensación era extraña porque parecía que había escondido a la familia para que nosotros, los 10 viajeros, pernoctáramos esa noche ahí. Los brasileños en temas de hospedaje son audaces, pueden rentar hasta la casa del perro, si se llegara a necesitar…

Continuará…

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