Crónica de misterio urbano

Una crónica sobre un rincón de libros usados donde objetos, dedicatorias y silencios guardan historias del pasado.

Imagen generada con IA

El refugio del tiempo: Libros, muescas en el bosque y memoria en el centro de Salto

Hay un rincón en el centro de nuestra ciudad donde el ritmo frenético de la Calle Uruguay parece detenerse en seco. Al cruzar el umbral, el parpadeo de las pantallas se apaga, reemplazado por el aroma inconfundible del papel guardado y el silencio de miles de historias. Quienes conocen la historia local dicen que, en el antecedente más lejano de ese mismo suelo, funcionó la emblemática Confitería de los Pingüinos antes de mudarse a su famosa esquina de Sarandí. Hoy, el lugar es un búnker de la resistencia cultural. Su encargado nos recibe para desandar el misterio de los objetos con pasado.

La rutina de cada mañana es la de cualquier comercio: ordenar, disponer lo que debe captar la atención en lugares estratégicos y esperar a los madrugadores. Sin embargo, lo que se custodia aquí adentro no es común. Por sus manos han pasado las procedencias más insólitas, incluyendo un yacaré embalsamado que rescató limpio y radiante de un contenedor de basura una madrugada, transformándose por años en la gran atracción de los niños que lo miraban con desconfianza.

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Pero el verdadero tesoro son los libros. Al abrirlos, el papel revela marcas humanas que a veces estremecen. «Hay muchas manifestaciones de afecto, cartas olvidadas o guardadas porque ese libro era el sitio más significativo para la persona», reflexiona el encargado. Cuenta que a veces es tragicómico —como encontrar una Biblia con los números de la quiniela anotados en la contratapa— y otras veces, desgarrador. «Te desgarra ver una dedicatoria llena de amor de un familiar a un niño, y que ese niño, al crecer, se haya deshecho desaprensivamente de eso por circunstancias de la vida. Eso un poco lastima», confiesa, admitiendo que él mismo ha rescatado varios libros para su colección personal por el puro magnetismo que le generan.

Desmitificar la pantalla

Frente al prejuicio generalizado de que la juventud ya no lee, el encargado es categórico: «Acá puedo desmitificar algo que la gente tiene asumido: no es cierto que ya no se lee. Hay un reemplazo generacional con clientes muy jóvenes que renuevan el público. Me sorprende lo que leen y el conocimiento previo con el que vienen a buscar determinados autores». Paradójicamente, señala que el público ha decrecido en las franjas de mayor edad: «El adulto también se entrega a la adicción a las pantallas. Conozco muchos adultos que han dejado de leer porque no pueden soltar su celular».

En este espacio, sin embargo, los algoritmos pierden la batalla. «Una vez que entran acá, el celular deja de tener relevancia, el clic no tiene prácticamente utilidad. Acá es todo cara a cara, atención uno a uno», explica.

Moverse en este laberinto requiere una mente particular. Al preguntarle si sabe dónde está cada pieza, define el lugar como un «caos con orden». Su método para encontrar los textos es casi literario: «No sé exactamente dónde está cada uno, pero los rastreo con pistas que yo mismo me dejo. Es como si fuese marcando los árboles en un bosque con un hacha, dejando muescas. Dejo pistas para el momento en que sea necesario». Por eso, para él es imposible elegir un solo objeto que lo represente; prefiere la totalidad, una gestalt donde todo es más que la suma de sus partes.

Al pensar en el futuro de este rincón y en las historias que cobija, no hay espacio para el miedo. «Lo dejo en manos del propio universo. Esto es un vórtice energético que tiene vida propia y espero que sepa cómo solucionarse él mismo el día que yo no pueda estar», dice con fe. Mientras tanto, la persiana se seguirá levantando para tentar a los curiosos. Para aquellos que pasan caminando apurados por la vereda de Calle Uruguay y nunca se han detenido a mirar hacia adentro, el encargado resume con una sonrisa y la sabiduría de los años: «El que sigue de largo, se lo perdió».

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