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viernes, febrero 20, 2026
Columnas De Opinión
Dr. Ignacio Supparo
Dr. Ignacio Supparo
Ignacio Supparo Teixeira nace en Salto, URUGUAY, en 1979. Se graduó en la carrera de Ciencias Sociales y Derecho (abogado) en el año 2005 en la Universidad de la República. Sus experiencias personales y profesionales han influido profundamente en su obra, y esto se refleja en el análisis crítico de las cuestiones diarias, con un enfoque particular en el Estado y en el sistema político en general, como forma de tener una mejor sociedad.

El precio de olvidar quiénes somos


Creamos hombres sin pecho y esperamos de ellos virtud y valentía.”


C.S Lewis

La falta de coraje de los uruguayos y su eterna anestesia, hace que nunca se animen a sincerarse, y que no se atrevan a decir en voz alta aquello que muchos piensan y perciben. Pero si queremos frenar esta decadencia moral estamos obligados a sincerarnos, a entrar sin temor en debates que incomodan, pero que hoy resultan ineludibles.

Uno de ellos es reconocer la forma en que el ateísmo materialista de izquierda predomina en el poder político y como los integrantes lo promueven con todo su esplendor. El Estado uruguayo hace rato que dejo de ser laico para dar paso a una religión ateísta que se ha dedicado a desplazar la tradición cristiana del corazón de nuestra vida pública. Y esto no ocurre en forma espontánea, sino por una redefinición deliberada de la naturaleza humana.

En nombre de un progreso que rara vez se define con precisión, nuestras raíces han sido arrinconadas. Correr las raíces del centro, cambia el destino de la sociedad.

Precisamente, las raíces están en los valores cristianos, que han sido un sostén profundo de las sociedades libres porque se arraigan a la dignidad humana, el valor de la vida, la responsabilidad moral y los límites al poder. La moral cristiana ha sido históricamente una fuente clave de legitimación ética para las libertades que hoy damos por sentadas.

El ateísmo aborrece todo lo antedicho y la historia es fiel reflejo de ello, cuando vemos que los regímenes comunistas, nazistas y fascistas del siglo XX practicaban el llamado “ateísmo de Estado”, y dejaron una secuela de más de 100 millones de muertos, misera, hambruna y caos. Y es lógico, porque el ateísmo practicado desde el poder, deriva siempre en sangrientos totalitarismos, donde la vida no vale nada. Eres pura materia. Eres un instrumento, una herramienta, a disposición del líder ateo.

Todos esos regímenes, aunque muy disimiles en algunos aspectos, coincidían en una sola cosa: eran ateos.

A la luz de lo que observamos hoy, resulta difícil no advertir señales preocupantes en nuestro propio país. Uruguay viene transitando, desde hace décadas, un camino de secularización profunda que, lejos de detenerse, parece intensificarse.

No se trata simplemente de laicidad —que forma parte de nuestra tradición institucional— sino de algo más hondo: una progresiva expulsión de toda referencia trascendente del debate público. La fe ya no es solo una opción personal; comienza a ser presentada como irrelevante, cuando no incómoda.

Ese desplazamiento cultural no ocurre de un día para otro. Se instala lentamente, se naturaliza, se vuelve paisaje. Por eso, el rumbo merece ser examinado con honestidad antes de que la costumbre se convierta en punto de no retorno.

Los valores occidentales no nacieron de una ingeniería social diseñada desde un despacho ministerial. Se forjó durante siglos a partir de una síntesis histórica poderosa: la herencia de Grecia, la riqueza del derecho romano y la cosmovisión cristiana. De allí emergió una idea que cambió la historia: cada ser humano posee una dignidad intrínseca, anterior al Estado, independiente de su utilidad, su fuerza o su condición. El ser humano tiene derechos naturales que nacen con él y que el Estado no se los puede quitar.

Esa convicción es el fundamento de la libertad. Y el ateo no la respeta. Si la vida es inviolable, si la persona tiene un valor propio, entonces el poder político tiene límites. Pero cuando esa raíz trascendente se debilita, esos límites comienzan a desdibujarse.

Si el ser humano es solo materia organizada, un accidente biológico sin sentido último, entonces su dignidad deja de ser un principio objetivo y pasa a depender de criterios cambiantes que se atan a las emociones y los sentimientos: mi cuerpo, mi deseo, mi placer, mi decisión. De esta forma el ateísmo materialista deriva en que la vida y la dignidad dependa de criterios variables, quedando en manos de los políticos de turno con el suficiente poder de definirlos. Pero, según el cristianismo, nada de eso esta en sus manos.

Y es el ateísmo de nuestros parlamentarios lo que ha llevado a Uruguay a aprobar leyes aberrantes que atentan contra la familia y la vida, como lo son la legalización del aborto y la eutanasia; leyes que van contra la naturaleza humana, que destruyen la propiedad privada, la libertad y distorsionan la biología. Solo un Estado que practica el ateísmo puede tener en su ordenamiento jurídico leyes de esta naturaleza, que convierten la vida en la prescindible, útil y descartable. Solo en régimen ateístas puede aprobarse una ley contra natura, sin respaldo en la ciencia y anti biológica como la que consagra la ideología de género, otorgando privilegios en base a los sentimientos personales, y elevando la autopercepción sexual a categoría jurídica objetiva. Un mamarracho jurídico y un disparate que se impone a toda la sociedad a la fuerza, que se promueve en todos los estamentos del Estado, siendo inconcebible este totalitarismo ideológico en un país que se auto percibe una democracia. Solo en regímenes ateístas la ley permite que los homosexuales contraigan matrimonio, equiparando el matrimonio y la familia, a uniones o vínculos que no se asemeja en nada a la institución matrimonial. Solo en regímenes ateístas se puede destruir todo lo bueno de una sociedad: familias, matrimonios, niños, biología, responsabilidad, libertad y méritos.

Este es el verdadero punto de inflexión cultural que estamos viviendo.

En estas últimas décadas el ateísmo se ha convertido en una religión de fe en el Uruguay, en un Estado que ha dejado de ser laico, para ser el promotor y consolidar una cosmovisión fuertemente materialista y secularizada. El poder político difumina su ideología ateísta desde la cúspide y pretende eliminar de la cultura uruguaya toda referencia a la trascendencia y a la fe cristiana, tildando de retrógrada cualquier apelación a la moral tradicional. El Estado socio-comunista ha tomado partido por el ateísmo y así lo demuestra en cada acción, cada conducta, cada discurso y cada ley que aprueba.

Lo más absurdo es que todo esto se nos muestra como un avance inevitable en derechos y equidad, pero la pregunta es: ¿avance hacia dónde?

¿Se puede hablar de avance cuando llamamos derecho al asesinato del hijo inocente en manos de su propia madre? ¿Cuándo el medico puede matar a su propio paciente? ¿Cuándo los docentes enseñan a niños de 4 años a masturbarse y les dicen que pueden ser lo que ellos sientan que quieran ser, como si su biología pudiera cambiar conforme el humor con que se levanten?

Si a mí me quieren hacer creer que eso es evolución y progreso cultural, quisiera entonces regresar a los tiempos primitivos de la caverna, donde los viejos eran respetados y a nadie se le ocurriría matar a los de su propia especie.

La cultura ateísta no es neutra. Es muy dañina. Responde a una visión del ser humano donde la voluntad individual y la materia ocupan el centro absoluto.

Sin embargo, en el cristianismo el más débil merece mayor protección. Se inculca a amar a tu prójimo como a ti mismo, y con ello a amar la vida como un don sagrado de Dios. El niño, el enfermo, el anciano, el discapacitado se cuidan, no se matan; valen por lo que son, no por circunstancias materiales o personales o porque ya no son productivos o porque son una molestia. Y esto ultimo es el valor de la vida que tiene el ateísmo: utilitaria y descartable, porque lo único que importa son los placeres y deseos, y de esta forma la vida del ser humano no vale nada. El ateísmo materialista de izquierdas mide la vida en términos de eficiencia, bienestar inmediato y satisfacción personal.

Algo similar ocurre con la familia. El ateísmo de izquierda busca debilitar la familia, de forma de que la persona quede más expuesta, sea más vulnerable, más dependiente. Busca una sociedad de vínculos frágiles, centrada en la gratificación inmediata y en la cultura del placer.

El cristianismo, en cambio, ha defendido históricamente a la familia como célula fundamental de la sociedad y como una institución invalorable e insustituible, que no es una creación del Estado; sino anterior a él. Ese ámbito único donde se transmiten valores, identidad y sentido de pertenencia. Es allí donde el ser humano aprende que no es un individuo aislado, sino parte de una historia y de una comunidad. Del mismo modo, ha defendido la dignidad y la libertad del individuo frente al poder.

Pero no cualquier libertad. No la libertad entendida como mera ausencia de límites. Sino aquella libertad inseparable del deber, de la responsabilidad y del orden moral. Una libertad orientada al bien. El libertinaje no es expresión del cristianismo; es, en muchos casos, consecuencia de una cultura atea, que ha perdido toda referencia trascendente. Cuando la vida se reduce al aquí y ahora, cuando se instala la idea de que “no hay mañana” y que lo único valioso es exprimir el presente, la libertad deja de estar orientada por un bien superior. El problema no es el gozo legítimo ni la alegría de vivir. El problema es convertir el placer en único criterio moral. Cuando el “vive el hoy” se transforma en norma absoluta, desaparecen el deber, la responsabilidad y la proyección hacia el otro.

Como recordaba San Juan Pablo II, la verdadera libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en querer lo que es verdadero y bueno.

No es casual que muchas de estas transformaciones culturales ateas cuenten con el impulso de élites académicas, mediáticas y organismos internacionales. Estas ideas no son naturales al ser humano, y por eso no se expanden en el vacío ni prosperan por simple espontaneidad. Requieren financiamiento, legitimación y una narrativa constante que las instale como inevitables.

Determinadas agendas —en torno al aborto, la eutanasia, la ideología de género o ciertos feminismos radicales, colectivos ambientalistas o animalistas— no avanzan solo por convicción social, sino también por estructuras organizadas que destinan recursos, campañas y presión institucional para consolidarlas como nuevos consensos.

Y, al igual que los regímenes totalitarios del s. XX, todos estos colectivos comparten una sola cosa: son anticristianas.

Uruguay esta marginando en forma sistematica la fuente histórica de sus propios principios, sin saber hacia dónde se dirige. Uruguay – como Europa con la migración del Islam – se esta pegando un “tiro en los pies”.

Defender los valores cristianos, la fe y la dimensión trascendente de la vida implica reconocer que existe un orden moral superior a los deseos circunstanciales del individuo. Un orden que no se adapta a cada impulso ni se somete a cada moda.

Cuando ese límite moral desaparece, florece el ateísmo, que se dedica a redefinir la biología, recategorizar la naturaleza humana y convertir la vida en algo disponible, negociable, descartable.

Avanzar sin guía, sin brújula, sin un norte moral claro, no es progreso: es suicidio cultural.

Cuando las leyes pretenden redefinir la naturaleza en función del sentimiento del momento, cuando la biología es subordinada a la emoción y la verdad es reemplazada por la voluntad, no estamos ante una conquista de derechos, sino ante una ruptura con la realidad.

Y romper con la realidad siempre tiene consecuencias.

Es un barco que avanza por el viento, sí, pero sin timón y sin destino. Puede haber movimiento. Pero sin rumbo, todo avance termina en naufragio.

Es hora de tirar el ancla. De frenar la inercia. De revisar el rumbo antes de que el viaje nos conduzca a un puerto del que no sepamos volver. Porque el destino no puede ser la disolución de nuestros principios, sino el reencuentro con aquello que nos sostuvo durante siglos: los valores cristianos que hicieron posible la dignidad, la familia y la libertad.

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