En la era del consumo digital, la distancia transforma los conflictos globales en insumo para la trinchera local. Detrás del fanatismo prestado, el sesgo gremial y el uso instrumental de la victimización, la política interna busca su tajada mientras el mundo arde.

Hay una dinámica casi obscena en la liviandad con la que se debate sobre la guerra a miles de kilómetros de distancia. Entre el consumo rápido de noticias y el flujo incesante de las redes sociales, los acontecimientos en Medio Oriente —la escalada que involucra a Irán, Israel y Estados Unidos— terminan procesados no como crisis humanas, sino como un catálogo de insumos para la trinchera política y gremial local.
Se opina con una contundencia inversamente proporcional al conocimiento real de los hechos. Desde la comodidad de nuestros comités, sindicatos y bancadas, dirigentes y militantes dictan sentencia sobre regiones complejas. Se juzgan sociedades y líderes que tampoco nos entienden ni pretenden entender la lógica de este rincón del mundo, operando bajo códigos de fe, poder e historia que nada tienen que ver con los nuestros. Sin embargo, aquí reducimos todo a un esquema maniqueo para ver qué dividendo doméstico se puede extraer.
Este fanatismo adoptado no nace espontáneamente; es alimentado por sectores políticos y gremiales que han descubierto en el conflicto ajeno un excelente «mercado» de indignación. Las audiencias, convertidas en consumidoras de certezas infundadas, asumen identidades prestadas para pertenecer a un colectivo. En este proceso, la complejidad histórica se sustituye por la conveniencia ideológica:
- La captura de la narrativa: Determinados grupos importan el conflicto y lo moldean a la medida de su agenda interna, convirtiendo una tragedia internacional en una bandera de lucha doméstica para fidelizar a su propia tropa.
- El sesgo de trinchera: Se da por sentado que la postura ante una guerra lejana define la «pureza» ideológica local, exigiendo alineamientos automáticos que no admiten matices ni dudas.
- La pertenencia por indignación: Adoptar una postura tajante no busca comprender la realidad de un conflicto lejano, sino reafirmar la propia posición moral frente al adversario político de enfrente.
La victimización como insumo de mercado
En esta disputa por el relato, la victimización deja de ser una tragedia humana para convertirse en una herramienta de propaganda y manipulación de la opinión pública. Cada sector instrumentaliza el dolor ajeno para validar su propio discurso, deshumanizar al rival local y rasgarse las vestiduras en el parlamento, en un paro gremial o en las redes sociales. El sufrimiento a miles de kilómetros se empaqueta como un insumo rentable para la política doméstica.
El impacto real trasciende las fronteras: Un ataque en Medio Oriente altera la estabilidad global y repercute en la economía cotidiana de cualquier rincón del planeta, desnudando la fragilidad de nuestro propio mercado. Pero en el debate superficial, la realidad se distorsiona hasta convertir el impacto económico en otro pretexto para la acusación cruzada.
En el fondo de este esquema opera una máxima implacable: quienes deciden las guerras jamás son los que mueren en ellas, y quienes lucran políticamente con el conflicto jamás tendrán que sufrir sus consecuencias.
Mientras las tribunas locales discuten bajo la lógica del abanderamiento ciego, las grandes industrias globales prosperan. Los fabricantes de armamento y las corporaciones de energía operan con la fría métrica de los mercados. Para esos actores, la paz es un obstáculo económico; para el operador político local, una molestia que quita dinamismo a la polarización. En el centro del fuego quedan los civiles, despojados de voz, transformados en frías estadísticas que alimentan discursos de barricada.
La renuncia a la duda
El fenómeno más complejo de este tiempo es la resistencia activa a la complejidad. Existe una demanda social —estimulada por liderazgos políticos y sindicatos corporativos— por relatos digeribles, héroes inequívocos y villanos absolutos. Es un modelo donde la duda se percibe como tibieza y el análisis riguroso como traición. Es más simple repetir una consigna redactada para el aplauso fácil que examinar la realidad.
Los conflictos globales no son un contenido de consumo rápido ni una excusa para la ventaja política de cabotaje: son la manifestación de tensiones históricas sostenidas por liderazgos y sociedades con miradas del mundo tan ajenas a la nuestra como la nuestra lo es para ellas. Reducir esa complejidad a un comunicado de prensa, un paro o un tuit militante es un acto de banalidad que anestesia la conciencia.
El fanatismo prestado y la instrumentalización de la victimización permiten a los actores locales alimentar sus propios feudos de opinión con la tranquilidad de estar del «lado correcto». Mientras tanto, lejos de nuestras disputas menores, la guerra sigue siendo lo que siempre ha sido: un negocio lucrativo para unos pocos, una fuente de capital político para los oportunistas y una tragedia absoluta para quienes ponen el cuerpo.
En las guerras no hay buenos y malos, porque eso es una construcción… Sólo hay muertos, familias rotas, amistades quebradas y muchos empresarios que hicieron fortunas y políticos que sacaron ventajas del conflicto. La liviandad de opinión se paga cara, más cuando se hace al “abrigo” de la distancia.





