Impasse terapéutico: cómo superar bloqueos en terapia fortaleciendo la alianza entre paciente y terapeuta, clave para mejorar resultados y avanzar en el proceso psicológico.

Cómo superar los momentos de estancamiento en terapia: construyendo una alianza fuerte
A veces las personas sienten que su proceso terapéutico se ha detenido o que la relación con su psicólogo no avanza. Este estancamiento no significa que la terapia esté fallando, sino que es una invitación a revisar cómo trabajan paciente y terapeuta.
¿Qué es la alianza terapéutica?
Aunque muchas veces se presenta la psicoterapia como un tratamiento aplicado por un experto, en realidad es un encuentro entre dos subjetividades. Edward Bordin denominó a ese acuerdo alianza terapéutica es el acuerdo que sostiene ese encuentro: combina un vínculo emocional de confianza, la negociación de objetivos de trabajo y la elección conjunta de los métodos a utilizar. Este acuerdo convierte el proceso en un proyecto compartido donde la persona que consulta participa activamente, aporta sus metas y su forma de ser, y el profesional ofrece su conocimiento para acompañar el cambio.
Investigaciones en psicología clínica han mostrado que una buena alianza predice mejor los resultados de la terapia que la técnica específica utilizada. Esto significa que la calidad del vínculo y la claridad de los acuerdos son factores determinantes para el bienestar.
¿Qué papel tiene el paciente?
Algunas personas creen que su única tarea es “seguir el tratamiento”. En realidad, la alianza se construye con la participación activa del paciente: expresar sus objetivos, decir qué se siente cómodo haciendo, plantear dudas y revisar el enfoque cuando sea necesario. Dialogar sobre qué se busca y cómo se trabajará aumenta la motivación y la sensación de seguridad. La guía profesional no desaparece; al contrario, se fortalece porque hay un compromiso compartido.
¿Qué es un impasse terapéutico?
Durante la terapia pueden aparecer momentos en los que el proceso deja de avanzar. Se repite el mismo problema, las sesiones se sienten vacías o surgen desacuerdos sobre cómo continuar. Esto se conoce como impasse terapéutico. Esta es una situación en la que la terapia se estanca a causa de desacuerdos entre terapeuta y cliente, asuntos no verbalizados o simple estancamiento en la relación. Los impasses pueden surgir cuando el paciente evita explorar emociones difíciles, cuando hay discrepancias sobre la manera de resolver un conflicto o cuando la modalidad de intervención no funciona.
A diferencia de lo que se podría pensar, un impasse no es necesariamente un fracaso. Diversos autores han demostrado que reconocerlo y trabajar para repararlo puede fortalecer el vínculo y profundizar el proceso. De hecho, atravesar un impasse y superarlo juntos ayuda a que el paciente confíe en que puede expresar su malestar sin ser juzgado.
Cómo abordar un impasse
La clave para superar el estancamiento es hablar de él. Nombrar la sensación de que “no estamos avanzando” o que “no me siento comprendido” permite que ambos revisen la forma en que están trabajando. Esta metacomunicación ayuda a desactivar la jerarquía implícita del consultorio y permite explorar cómo cada uno contribuye al bloqueo. La investigación sugiere que cuando el terapeuta reconoce un quiebre y lo aborda de manera reflexiva, la alianza suele fortalecerse.
El propio Bordin señalaba que la persona que busca un cambio debe participar activamente en la negociación de metas y tareas; una buena alianza requiere un acuerdo entre ambas partes y no un mero asentimiento.
Es posible que el impasse se deba a que la técnica empleada no se ajusta al paciente o a malentendidos sobre los objetivos. Una conversación abierta permite proponer ajustes, cambiar de enfoque o redefinir las metas. También puede servir para detectar expectativas poco realistas. Si el terapeuta reacciona a la defensiva, minimiza las preocupaciones o se niega a revisar su método, esa respuesta muestra que la relación no es tan colaborativa como debería ser. En algunos casos, cerrar un tratamiento que no atiende el malestar expresado es una forma de autocuidado.
¿Y el rol del terapeuta?
El profesional no es neutral ni infalible. Puede sentirse frustrado cuando un caso se estanca o dudar de sus propias habilidades. Según las recomendaciones basadas en la alianza terapéutica, debe crear un entorno seguro y acogedor, mostrar empatía, escuchar activamente y trabajar junto al paciente para acordar metas realistas. También es crucial que sea consciente de sus propias reacciones emocionales y prejuicios, para que no influyan negativamente en la relación.
Cuando detecta señales de impasse —como repetición de temas, falta de energía o sensación de desajuste—, el terapeuta puede suspender la intervención y dedicar tiempo a hablar sobre la relación. Preguntar “¿te sientes cómodo con cómo estamos trabajando?” o “¿hay algo que debamos cambiar?” abre un espacio para renegociar la alianza. Esta disposición a tolerar la incomodidad y cuestionar su propia forma de trabajar convierte al profesional en un compañero más auténtico.
¿Cuándo pensar en un cambio?
No todos los impasses se resuelven. Si después de explorar el estancamiento la relación sigue siendo tensa, si los enfoques son incompatibles o si la confianza se ha roto de forma irreparable, conviene considerar un cambio de terapeuta. La alianza terapéutica debe mantenerse durante todo el proceso, no solo al inicio. Cambiar de profesional no debe verse como un fracaso, es cuidar de uno mismo y buscar un espacio donde se sienta cómodo y comprendido.
Consejos prácticos
- Define tus metas y compártelas: antes de cada sesión, piensa en lo que quieres trabajar y comunícaselo a tu terapeuta. Esto ayuda a orientar el proceso y evita que ambos se queden sin rumbo.
- Pregunta y aclara: si tienes dudas sobre la técnica o no entiendes algún ejercicio, pregúntalo. La transparencia favorece la confianza.
- Expresa cómo te sientes: si algo no resuena contigo o te incomoda, dilo. Tu retroalimentación es clave para ajustar la terapia.
Conclusión
La psicoterapia no es una relación libre de dificultades. Se basa en un vínculo de confianza, en objetivos compartidos y en el acuerdo sobre las tareas. Los impasses, lejos de ser señales de fracaso, son oportunidades para revisar y fortalecer esa alianza. Cuando paciente y terapeuta se permiten nombrar el estancamiento y ajustan su colaboración, el proceso recupera su poder transformador. Al final, lo que cura no es solo la técnica sino la humanidad y la vulnerabilidad compartida.
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