Hablar de Álvaro Menese Filipov en los años noventa y a comienzo del siglo XXI, era hablar de un artista plástico un escultor de hierro forjado que coronaba sus obras con un éxito total. Un día se fue a vivir a Estados Unidos y poco supimos de sus nuevos trabajo artísticos.
Álvaro Meneses Filipov, del hierro de los éxitos en Salto, al silencio creativo en EE.UU

Nacido en Salto y protagonista de la escena artística del interior uruguayo en los años noventa, Álvaro Meneses Filipov supo forjar una obra reconocida en certámenes nacionales y dejar su huella en el espacio público. Radicado desde hace años en Estados Unidos, su figura se volvió más discreta, pero no por ello menos activa. Esta es la historia de un escultor que hizo del hierro un lenguaje y del bajo perfil, una forma de envoltura estética.
En la década del noventa, cuando el interior del Uruguay consolidaba sus propios circuitos artísticos lejos del centralismo montevideano, el nombre de Álvaro Meneses Filipov comenzó a sonar con fuerza en Salto. Vinculado a la Bienal de Salto, uno de los certámenes más prestigiosos del país, su trabajo fue distinguido en varias oportunidades, consolidándolo como una de las promesas de la escultura regional.
Su trayectoria incluye premios otorgados por instituciones departamentales y reconocimientos en salones nacionales del interior. Entre ellos, destaca el Premio Junta Departamental de San José en la edición 1997-1998 del Salón de Artistas Plásticos del Interior, por su obra “Sández-Tacú arembó”, una pieza que ya mostraba su inclinación por el diálogo entre identidad regional y lenguaje contemporáneo.
EL HIERRO COMO TERRITORIO
Meneses Filipov encontró en el hierro su principal herramienta expresiva. Soldadura, ensamblaje, tensión estructural: su obra pública juega con el vacío y el volumen, con la materia que se eleva y se abre al espacio urbano. A diferencia de la escultura ornamental, su trabajo se integra al entorno como un cuerpo que dialoga con la ciudad.
El ejemplo más visible de ese diálogo es la escultura inaugurada en 1992 en el entorno del Mercado 18 de Julio, creada con motivo de los 500 años del Descubrimiento de América. Más que un monumento conmemorativo, la pieza simboliza el encuentro de culturas y acompaña la transformación de ese espacio, que pasó de centro de abastecimiento a polo cultural.
Ubicada en un punto neurálgico de la ciudad, en las inmediaciones de la Plaza Artigas, la obra se integró al paisaje cotidiano de generaciones de salteños, convirtiéndose en parte del patrimonio urbano y afectivo.
MODERNIZAR EL LENGUAJE ESCULTÓRICO
En Salto, su nombre quedó asociado a una generación que buscó actualizar el lenguaje plástico local hacia fines del siglo XX. El Museo de Bellas Artes y Artes Decorativas de Salto y la Junta Departamental conservan registros de sus aportes, testimonio de una etapa en la que el arte del interior dialogaba con las corrientes contemporáneas sin perder raíz.
Además del hierro, Álvaro trabajó con madera y piedra en formatos medianos, combinando materiales orgánicos e industriales. Su temática oscilaba entre la memoria histórica —como en la obra del Quinto Centenario— y una abstracción que comenzaba a insinuarse como destino inevitable.
EL GIRO HACIA EL NORTE

Con el cambio de siglo llegó también el desplazamiento geográfico. Radicado en Estados Unidos, Meneses Filipov continuó su actividad profesional, aunque bajo un perfil mucho más reservado. Lejos de los grandes circuitos comerciales digitales, su producción se orientó hacia encargos específicos, diseño artístico aplicado y escultura personalizada.
Quienes han seguido su evolución sostienen que su estilo se inclinó hacia un minimalismo más depurado, con líneas limpias y un énfasis en la interacción entre luz y superficie metálica. La figuración conmemorativa dio paso a una abstracción más esencial, donde la estructura misma se convierte en discurso.
Su discreta presencia en galerías internacionales no responde a ausencia de producción, sino a una elección de circuito: talleres privados, colaboraciones técnicas, encargos arquitectónicos. Una forma de creación más silenciosa, menos mediática, pero igualmente fértil.
ENTRE LA MEMORIA Y EL PRESENTE
La historia de Álvaro Meneses Filipov plantea una pregunta frecuente en el arte del interior: ¿qué ocurre cuando una promesa local se desplaza hacia otros horizontes? ¿Se diluye o se transforma?
En su caso, más que desaparición hubo mutación. Su legado permanece en el hierro que respira junto al Mercado 18 de Julio, en los catálogos de los salones del interior, en las colecciones privadas que atesoran su etapa más reconocida. Y continúa, aunque lejos del foco público uruguayo, en un taller estadounidense donde el metal sigue siendo materia de pensamiento.
EL CREADOR SIGUE LATIENDO A LA DISTANCIA
Confieso que intenté comunicarme con el artista, para saber con más certezas sobre sus pasos actuales, pero sin éxito, más por mis torpezas en este aspecto, no supe hallar el camino de la comunicación, y es un debe ante los lectores. Pero, si podemos señalar que la carrera de Álvaro Meneses Filipov no se perdió: cambió de escala, de escenario y de ritmo. Como el hierro que trabaja, su obra resiste el paso del tiempo, incluso cuando el brillo mediático se apaga. En la tensión entre raíz y migración, entre monumento y minimalismo, se dibuja el perfil de un escultor que eligió seguir creando antes que exhibirse. Y a veces, en el arte, esa es la forma más auténtica de permanencia.
Álvaro alcanzó cimas artísticas en pocos años, en los noventa, y lo hizo a fuerza de talento creativo, fermental, incisivo, experimental. Era por esos días muy común hablar de sus obras, del camino al éxito que le aguardaba, y sin dudas lo iba logrando paso a paso. Su ida a los Estados Unidos, puso distancias y algo de silencio, porque en el país del norte también trabajó en otras cosas. Aunque sabemos que está al tanto de la producción artística en Salto, lo decimos por sus like que a veces nos aporta en nuestras redes sociales cuando publicamos noticias culturales de Salto y la región.





