Es de las cosas que más se ha hablado estos días y se sigue hablando: el discurso que pronunció el Presidente de la República, Luis Lacalle Pou, el miércoles pasado en el Parlamento. Una especie de evaluación o de balance (¿de rendición de cuentas quizás?) de lo que han sido estos dos primeros años de gobierno.

Hay gente que me dice: ¿y qué te pareció el discurso? Y…me parece que fue el discurso de un político, y punto. Yo vi y escuché lo que esperaba ver y escuchar. Pasó lo esperable, creo. El Presidente destacó las cosas buenas, realzadas en momentos claves con aplausos de muchos de los presentes en la sala, y mencionó muy solapadamente o directamente no mencionó lo negativo. ¿Qué otra cosa esperaba usted que hiciera? Yo, “desde que me conozco”, dijera mi abuelo, he visto esos discursos en este tipo de ocasiones. Siempre muy parecidos.
Cuando me tocó estudiar algunas materias vinculadas al lenguaje, siempre me enseñaron que al debatir por ejemplo, o al momento de hacer un discurso de este tipo (que en definitiva también tiene como propósito la persuasión de los receptores) la clave está en poner mucho énfasis en mis cosas buenas y minimizar todo lo posible mis cosas malas, poner mucho énfasis en las cosas malas de los opositores y minimizar todo lo posible sus cosas buenas. Ese es el ABC de la cuestión, como nos enseñaba por ejemplo Adolfo Elizaincín en sus clases excelentes clases de
Lingüística.
Ahora bien, ¿dijo cosas ciertas el Presidente? Sí. ¿Dijo verdades a medias? Sí. ¿Dijo mentiras? Sí, también. Hubo de todo, como en todos los discursos de todos los políticos y de todos los partidos, que yo conozco al menos.
Por ejemplo, es cierto que se está haciendo inversiones importantes en algunas cosas, como en el MIDES, o en algunas iniciativas culturales, como las que mencionó de los fondos para audiovisuales…Pero, creo que no puede decir (porque es una mentira) que “se viene cumpliendo bien con las promesas de campaña”. Claro que la pandemia complicó todo, es cierto, eso es una verdad indiscutible, claro que este Presidente “agarró ese fierro caliente” en marzo de 2020, apenas había asumido, eso es indudable. Pero, más allá que sea por la pandemia o no, no se está cumpliendo con todo lo que se prometió. ¿O las 50.000 viviendas se van a hacer en estos tres años que quedan? ¿O los cientos de liceos modelos a lo largo y ancho del país los van a construir en estos tres años que quedan? ¿O las jubilaciones y pensiones, y los sueldos también, van a empezar a estar más acordes a los precios de las cosas, de golpe, a partir de ahora? ¿Será en estos tres años próximos que se cumplirá lo de no aumentar impuestos? Ojalá, ojalá que todo eso se haga de aquí en más, pero de lo que hablaba el Presidente era del balance de lo que se hizo, de lo que ya pasó en estos dos años, y todo eso no se hizo.
Hubo promesas que arrancaron aplausos también…Bajar impuestos, modificaciones en el cobro de IRPF y IASS, un nuevo Hospital de Clínicas para el año 2030…y otras. Pero de las subas en los precios del almacén prácticamente todos los días no habló. De las jubilaciones de 13.000 pesos no habló. Del precio de los alquileres no habló. De las carencias en la salud tampoco. Salud, ¡qué tema! Creo que este Gobierno hizo y viene haciendo en líneas generales un buen manejo de la pandemia, en eso le doy la razón, es un punto a favor, como le doy la razón en que la pandemia complicó inesperadamente toda la economía. Pero si la Salud no estuviera mal, bastante mal en este país, no se nos hubiera muerto una niña hace unos días esperando traslado de Rivera a Montevideo. Y no somos de “hacer política” con estas desgracias, pero sí es un ejemplo insoslayable de que hay carencias graves. ¡Ojo!… que también las había antes, por eso nunca me gusta decir: por este gobierno murió esta persona o aquella. Porque además, estoy seguro que ningún político y ningún gobierno, de ningún partido, ocasionaría a propósito una cosa así.
Pero lo cierto es que así podríamos seguir páginas y páginas analizando ese discurso presidencial. Vale la pena insistir: un discurso es un discurso, es una cosa armada para un momento determinado. Como quien prepara una obra de teatro, como quien prepara un show. Después está la realidad, que habitualmente es distinta a ese show armado para unos minutos. Una realidad que no es ni mucho mejor, ni mucho peor, o en todo caso, es quizás mejor en algunos aspectos y peor en otros.
Hablando de realidades, el Presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, dijo inmediatamente terminado el discurso, que sentía que con con Lacalle vivían en realidades diferentes, paralelas. Pues, seguramente no es que vivan en realidades diferentes. Es que tienen diferentes formas de ver la realidad, o las realidades.
El Mtro. Ramón Fonticiella muy bien lo decía en un artículo: “no juzgo al presidente de fabulador ni mentiroso, creo que está convencido de lo que dice”. Y sí, está convencido que las cosas deben hacerse así, mientras que otros, como Fernando Pereira por ejemplo, entienden que deben hacerse de otra manera. Y eso fue, es y será siempre así. Seguramente siempre, eternamente, habrá diferentes maneras de ver las cosas.
Se me ocurre preguntarme: ¿da para pelearse por esto? Pienso que no. Si al fin de cuentas, es lo que pasa en todos los partidos… Fíjese el caso del Intendente Lima y el funcionario municipal Alberto De Mora nomás…Este se cambia de partido después de haber militado en el coloradismo como el más fanático de los fanáticos. Se va de pronto hacia el Frente Amplio como aquel jugador al que lo compra otro equipo. No hubo que esperar muchos días para saber cuál era el costo del cambio: fue designado en un cargo en el que su sueldo crece tremendamente (¿casi al triple?) Hubieran disimulado un poco, hubieran esperado un poquito más, ¿no le parece?…Es decir, ahí estaba la razón del cambio, no en un cambio ideológico. Por lo tanto, en este caso hubo mentiras, como algunas de las que dijo Lacalle el miércoles. Es lo mismo. Lima iba a arreglar las calles de Salto en 100 días…Parece un chiste pero lo prometió, ¿o no?.
Y en el caso de Lima (hablamos de Lima y Lacalle porque para los salteños son los dos políticos que vemos como “las estrellas más altas”) hay también otras formas de ver las cosas y seguramente de hacerlas. Y si no, pregúntele a Coutinho o a Albisu, o al propio Fonticiella aún siendo del mismo partido… Pero, ¿sabe qué? A Lima lo eligieron los salteños libremente, es más, tiene una alta aprobación de la ciudadanía. Y con el Presidente dela República ocurre lo mismo, lo eligieron los uruguayos con total libertad y la aprobación también es alta, más del 50% de aprobación en los dos casos. Entonces, por supuesto que Fernando Pereira va a estar en otra realidad, porque su modelo de país es otro, y también se le ofreció a la gente continuar con ese modelo, pero ¿qué eligieron los uruguayos? Eligieron el modelo de Lacalle. Dicho sea de paso: tan bien no estarían las cosas entonces en el modelo que defiende
Pereira.
En definitiva, hay que respetar, y hay que recordar que felizmente este país es democrático, y en tres años podremos cambiar de autoridades, de Presidente, de Intendente, de todo. Y tampoco se olvide, estimado lector, que en la vida hay otras cosas también; no vale la pena pelearse por política, y menos por un discurso de una hora de duración.
Contratapa por Jorge Pignataro





