El cine latinoamericano enfrenta más problemas de distribución que de calidad. Un poeta refleja una identidad propia que desafía lo comercial y reivindica lo local.

Hace días leí a alguien que se quejaba de que el cine colombiano no estaba haciendo películas importantes que pudieran competir con otras más exitosas y que triunfan a nivel internacional. Ese tipo de comentarios se repiten con frecuencia y se podrían adaptar a otras cinematografías, incluyendo la uruguaya. Muchos podrían preguntarse por ejemplo, por qué hacemos películas que nadie ve o que no pueden competir en “calidad” con las comerciales. Estos pensamientos, en general vienen de personas que no están actualizadas y que por supuesto, no se mueven en la interna donde se cocinan los proyectos audiovisuales de cada país.
Si hay un cine que ha evolucionado y se ha posicionado en los últimos años es el colombiano. Podríamos mencionar algunos títulos pero seguro me dirán que son películas que no se pueden ver y saben qué, es verdad. Aparte de la serie “Narcos” y “100 años de soledad” será difícil que alguien recuerde un título reciente y es que más que la producción, el problema es la distribución. Con pena debo reconocer que Latinoamérica no consume audiovisual latinoamericano. Si les pregunto por la última película paraguaya o chilena que han visto, quizá no recuerden ningún título fresco y podría ir más allá, cuando han tenido la oportunidad de ver una película latinoamericana, estoy seguro que han preferido la “gringa” o la europea antes que la local o regional. Así somos de selectivos.
A esa persona que criticaba el cine colombiano tuve ganas de decirle, de hecho lo hice, que acababa de ver una película colombiana que se quedó a milímetros de la nominación a los Oscar’s. (perdón, les dije que ya no iba a hablar de los Oscar pero me tenté) La película en cuestión es UN POETA de Simón Mesa Santos.
UN POETA está realizada de una forma casi artesanal, tiene un diseño de producción austero como si le hubieran pedido prestada las locaciones y el vestuario a los amigos y familiares. Ni hablar de la foto, que parece realizada de forma amateur aunque, después de los primeros minutos, sucede un milagro, los elementos estéticos dejan de importar y te concentras en la historia que nos viene a contar.
El personaje protagónico, un poeta frustrado, lo interpreta alguien que no es un actor sino un profesor de literatura y poeta en la vida real. Hemos visto otras películas con no actores, en donde los diálogos son escasos para evitar caer en situaciones inverosímiles pero no es el caso de UN POETA, en donde el personaje grita parrafadas enormes de palabras y no se distingue si son parte del guion o de la improvisación del personaje. La persona está tan mimetizada con el personaje que por un momento parece que estamos viendo un reality en lugar de una ficción. Todo es premeditado y el proceso del director para encontrar a su protagónico ha sido exhaustivo. Hace unas semanas conversé con Ubeimar Ríos, el profesor-actor de la película y sí, su personalidad es fascinante, casi la misma que en la película. Al verlo, entendí lo que pretendía el director.
El otro elemento que me ha sorprendido es la crítica mordaz que hace Simón Mesa a los clubes de lectura poética que funcionan como asambleas sindicales, la caricatura de los concursos de poesía que tienen poca transparencia y sobre todo, la mirada distorsionada y contaminada que decide quién se puede convertir en promesa de la poesía joven. A Simon Santos no le tiembla la mano para poner en la picota a los poetas, la creación poética y sobre todo, quién decide lo que es poético o lo que no.
La película rápidamente se convierte en una especie de parodia que produce una risa incomoda al desnudar el flanco más débil de la poesía, sus poetas y, lo hace retomando una vieja formula que ha dado títulos memorables: cine y literatura, esa explosiva combinación de artes que permite en este caso que el cine con letra entre.
Me hubiera gustado mucho que UN POETA hubiera logrado colarse en las nominaciones finales del Oscar’s, que además hubiera puesto a Colombia por los cielos como lo ha hecho “El agente secreto” con Brasil. Sería una tremenda prueba de que nuestro cine no tiene porque parecerse a otros, son nuestros personajes, nuestra estética, nuestras historias y su forma de producirlas, lo que justifica su existencia y lo que lo hace atractivo para los ojos fuereños.
Para cerrar, les diré que el año pasado, en los grandes festivales, Uruguay pisó fuerte con varios títulos que muy pronto empezarán a escuchar. Si se les atraviesan en el camino, hagan oídos sordos a las críticas de los que hablan sin saber y denle una oportunidad a ese cine, que cada vez se acerca más a la explosión total.





