Dr. Ramón Soto: “La medicina es ciencia, presencia y compromiso”

El doctor Ramón Soto reflexiona sobre medicina rural, salud mental, desigualdad territorial, ética y vocación de servicio en una entrevista profunda.

Médico, referente de la salud rural y hombre de profunda vocación de servicio, el doctor Ramón Soto eligió ejercer lejos de los grandes centros, allí donde un profesional puede transformar la vida de una comunidad. En diálogo con EL PUEBLO, repasó su llegada a Valentín, los desafíos sanitarios, la salud mental, la ética, la política y el orgullo de ver a sus hijos elegir la misma profesión.

“Yo hago lo que me gusta y en donde me gusta. No sé si soy útil, pero me siento útil”, resumió.

MIRAR MÁS ALLÁ DEL HOSPITAL

La historia profesional de Soto comenzó en 1985, durante la apertura democrática. Integraba un grupo de estudiantes preocupado por la salud pública y por el tipo de médicos que se estaban formando.

- espacio publicitario -SOL - Calidez en compañía

“Éramos más de veinte alrededor de un paciente y entendíamos que, para adquirir conocimiento, había que vivirlo, escuchar, palpar y conocer a la persona, no solamente la enfermedad”.

Ese cuestionamiento dio origen a un proyecto de extensión universitaria. Soto integró la generación pionera que se instaló en el eje Paysandú-Salto, experiencia que años después contribuiría al desarrollo de la carrera completa en la región. El trabajo incluía zonas vulnerables y comunidades rurales.

“No íbamos a llevar soluciones porque no teníamos la capacidad. Íbamos a interpretar procesos y a conocer una realidad distinta de la hospitalaria”.

VALENTÍN, EL DESTINO QUE NO ESTABA EN LOS PLANES

Su llegada a Valentín no fue planificada. Había considerado continuar su formación en otro país, dentro de un modelo basado en los determinantes sociales de la salud, pero aquella posibilidad se frustró. Entonces apareció la propuesta de trabajar en la localidad.

“Me fui por un tiempo, a probar. Pensé que podía aplicar todo lo que llevábamos en esa valija de ilusiones. No imaginaba llegar a 2026 estando allí”.

Los vínculos, las circunstancias familiares y la comunidad lo fueron arraigando.

“Después me atrapó el lugar. Uno va armando su proyecto de acuerdo con lo que va pasando”.

Soto no presenta ese camino como un sacrificio excepcional. Para él, existe una responsabilidad inseparable de la oportunidad de haber estudiado.

“Quienes llegamos a ser médicos lo hicimos con esfuerzo personal, pero también con el esfuerzo de una familia y de un país que forma recursos para asistir a su población”.

En esa visión aparece la influencia de su padre.

“Me decía que tratara de hacer algo que me gustara, porque si no iba a ser un desocupado toda la vida, aunque estuviera trabajando. También decía que uno tiene que hacer lo que tiene que hacer”.

ESTRÉS, SOLEDAD Y SALUD MENTAL

Soto sostuvo que la humanidad vive con comodidades impensadas para generaciones anteriores, aunque eso no se haya traducido en mayor armonía.

“Un hombre de las cavernas se reiría si le dijéramos que nuestro problema es tener demasiadas hamburguesas. Él luchaba contra el frío y por conseguir alimento. Nosotros vivimos con otras amenazas, pero el organismo sigue reaccionando”.

El cuerpo, explicó, se desgasta ante la tensión, el miedo y la sobreinformación.

“Una guerra, un terremoto o una pandemia nos llegan al instante. Vivimos en exposición permanente y eso no es gratis”.

Soto vinculó la ansiedad, la depresión y los suicidios con el deterioro del tejido social.

“La salud se construye en el barrio, en la escuela, en la familia y en las redes de convivencia. El sistema tiene que asistir y prevenir, pero también debemos cambiar como sociedad”.

El médico reconoce la responsabilidad asistencial del sistema sanitario, aunque entiende que la respuesta no puede limitarse a hospitales, consultas o medicamentos. La prevención y la promoción de la salud deben desarrollarse en el territorio, mediante redes capaces de detectar tempranamente las señales de sufrimiento.

También creyó que la pandemia generaría una transformación cultural duradera.

“Pensé que aquel cachetazo iba a provocar un cambio civilizatorio, pero fue una magia momentánea”.

EL SISTEMA DEBE VOLVER AL TERRITORIO

Al analizar el Sistema Nacional Integrado de Salud, Soto consideró que Uruguay cuenta con una política de Estado sostenida por diferentes gobiernos.

“El sistema tiene defectos y necesita ajustes, pero se ha mantenido. Eso demuestra que existe una política de Estado”.

Sin embargo, identificó una falla central. La reforma se apoyó en cambios de gestión, financiamiento y modelo asistencial. A su entender, los dos primeros avanzaron, aunque puedan ser objeto de distintas valoraciones, mientras que el tercero permanece casi igual.

“El modelo asistencial sigue siendo, en un 85 o 90 por ciento, el mismo. No hay que abandonar hospitales, ambulancias ni equipos diagnósticos. Pero hay que trabajar en territorio y en red”.

Soto defendió el fortalecimiento del primer nivel de atención para evitar que los servicios de mayor complejidad se saturen con problemas que podrían resolverse cerca del hogar del usuario.

“Se necesitan equipos sanitarios territoriales que conozcan cada comunidad. El norte no es igual al sur, y dentro de Salto tampoco es lo mismo una zona urbana que una localidad rural. El desafío es pasar del papel a los hechos”.

La cercanía, remarcó, no depende solamente de instalar un consultorio. Requiere equipos capaces de comprender las condiciones sociales, familiares y económicas de cada población.

LA FALTA DE ESPECIALISTAS EN EL NORTE

La propuesta del diputado y médico salteño Federico Preve, orientada a que especialistas dediquen parte de su carga laboral a zonas donde faltan profesionales, abrió una discusión que Soto considera necesaria.

“El tema es áspero porque toca libertades personales, pero el país necesita discutirlo. Existe una desigualdad territorial muy fuerte entre Montevideo y el interior, especialmente con el norte”.

Aclaró que el proyecto refiere a especialistas, incluida la medicina familiar y comunitaria, y no a médicos recién recibidos.

“No sé si la obligación legal es el mejor camino, pero algo hay que hacer. Se intentaron estímulos y el problema no es solamente económico. La mayoría de los profesionales continúa concentrada en el sur”.

Soto evitó responsabilizar individualmente a sus colegas. Detrás de cada decisión existen razones familiares, laborales, académicas y personales. Trabajar en Artigas, Rivera, Salto o en pequeñas localidades rurales puede significar alejarse de la familia, reorganizar la crianza de los hijos y enfrentar dificultades para continuar la formación profesional.

“La enorme mayoría cumple con su deber ético. El problema es que, como sistema, no estamos respondiendo”.

Por eso entiende que la discusión no debe convertirse en un enfrentamiento entre médicos, autoridades y usuarios. Debe ser abordada como un problema nacional, reconociendo el derecho de los profesionales, pero también la necesidad de garantizar una asistencia equitativa en todo el territorio.

ÉTICA Y RESPONSABILIDAD INSTITUCIONAL

Ante debates como el aborto y la eutanasia, Soto defendió la objeción de conciencia individual, pero sostuvo que las instituciones deben garantizar las prestaciones previstas por la ley.

“Cada persona viene de una historia y puede enfrentar decisiones muy difíciles. La objeción puede ser aceptable en el plano individual, pero el sistema tiene que responder”.

En su visión, comprender las convicciones personales de un profesional no significa permitir que una institución deje sin respuesta a un usuario. Cuando existe una norma vigente, el prestador de salud debe organizar sus recursos para garantizar el acceso.

LA POLÍTICA Y EL COSTO FAMILIAR

Ramón Soto también transitó por la actividad política. Nunca se sintió un político profesional, sino un médico que decidió utilizar esa herramienta para modificar la realidad.

“Yo no estudié para ser político. Estudié para ser médico. Pero entendí que la política podía servir para cambiar cosas”.

La experiencia le permitió conocer otras miradas, aprender de compañeros de su sector y también de ciudadanos ubicados en espacios políticos diferentes. Sin embargo, tuvo un costo familiar importante.

“Consumió mucho tiempo y estuve muy lejos de mis hijos. Políticos puede haber muchos; padre hay uno solo. Por eso opté por no jugar más ese rol”.

Su alejamiento de la primera línea no significó abandonar sus convicciones. Soto continúa intentando aportar desde espacios menos visibles, a través del diálogo y la búsqueda de acuerdos.

“Tal vez nadie se entera de que uno estuvo, pero estuvimos. No dejé de ser lo que soy ni de pensar como pienso”.

Considera que la política sigue siendo una herramienta necesaria, aunque durante los períodos electorales la disputa por el voto tienda a profundizar las diferencias. Fuera de esos escenarios, entiende que es posible construir puntos de encuentro para mejorar la calidad de vida de la población.

LA MEMORIA Y LA MAGIA DEL CONSULTORIO

Quienes conocen a Soto destacan su capacidad para recordar nombres, fechas y antecedentes clínicos. Él atribuye esa habilidad a una memoria ejercitada desde la infancia.

“Mi padre apostaba con sus amigos a que yo podía repetir diez cosas en el mismo orden. La memoria es como un músculo”.

Esa capacidad forma parte de una medicina basada en conocer a la persona, no solamente su diagnóstico. También celebra que sus dos hijos eligieran la profesión.

“Estoy enormemente feliz de que hayan elegido Medicina”.

Para Soto, la medicina combina ciencia, método y una dimensión artesanal. Los profesionales pueden estudiar los mismos libros y recibir una formación similar, pero cada uno construye una manera particular de relacionarse con sus pacientes.

“Podemos estudiar los mismos libros, pero cada médico interpreta de manera diferente. El médico tiene que buscar la magia dentro del consultorio: en una sonrisa, en un reto, en una palabra o en el camino correcto para llegar a la persona. No hay que perder la magia”.

“SOY UN HOMBRE DE BARRIO”

Cuando se le preguntó quién es Ramón Soto más allá del médico, respondió sin recurrir a cargos.

“Soy una persona de barrio, que no se arrepiente del lugar donde se crió, que conserva a sus amigos de la infancia y que busca permanentemente la verdad”.

Su vida transcurrió entre Asencio, 19 de Abril y la plaza de Deportes. Allí construyó amistades que perduran hasta hoy y una identidad que nunca quiso abandonar. Se define como un hombre sencillo, abierto al aprendizaje cotidiano y agradecido por los vínculos que lo acompañaron.

“Me siento un servidor social. Estoy agradecido de la vida, de tener salud, una esposa que es compañera de trabajo y de lucha, dos hijos y una enorme cantidad de afectos”.

También conserva un vínculo especial con Paysandú, ciudad en la que estudió y vivió una etapa fundamental de su formación. Allí quedó, según reconoce, otra parte de su historia personal y profesional.

La conversación dejó una idea central: para Ramón Soto, la medicina no empieza ni termina en un consultorio. Es ciencia, presencia, responsabilidad y una forma de estar cerca de los demás. Una profesión que exige conocimiento, pero también la capacidad de escuchar, comprender el territorio y no perder nunca aquella magia que permite encontrarse verdaderamente con el paciente.

Enlace para compartir: https://elpueblodigital.uy/cx0a