Dos músicos hablan de la decadencia de la música clásica en nuestro país. Uno a través de su opinión, el otro, a través de un libro.
Invitan a debatir sobre los desafíos que enfrenta la formación musical en el país.
La presentación del libro El patrimonio perdido de Alberto Reyes y la reflexión del guitarrista Gustavo Ripa coinciden en una misma preocupación: la pérdida de espacios, tradición y proyección de la música clásica e instrumental en Uruguay. Desde distintos enfoques, ambos autores invitan a debatir sobre el valor del patrimonio cultural y los desafíos que enfrenta la formación musical en el país.
ALBERTO REYES

El pianista y ensayista uruguayo Alberto Reyes presenta El patrimonio perdido. Auge y decadencia de la música clásica en el Uruguay, una obra que reconstruye la historia de la música académica en el país y propone un debate sobre identidad cultural, patrimonio y políticas públicas. La presentación será el 15 de julio en el Museo Zorrilla.
“Hubo un tiempo en que Uruguay figuraba en los grandes circuitos de la música clásica internacional. Por sus escenarios pasaron figuras legendarias como Erich Kleiber, Arturo Toscanini, Alfred Cortot, Jascha Heifetz y Enrico Caruso, entre muchos otros artistas que encontraron en el país un público atento y una vida cultural intensa.
A partir de esa realidad, el pianista y ensayista Alberto Reyes se pregunta en su nuevo libro: ¿cómo un país que supo ocupar un lugar destacado en el panorama musical terminó relegando la música clásica a un espacio cada vez más marginal dentro de su vida cultural?
“La respuesta comienza a desarrollarse en El patrimonio perdido. Auge y decadencia de la música clásica en el Uruguay, una investigación que recorre más de un siglo de historia, desde los días fundacionales del Teatro Solís y la creación del SODRE hasta el prestigio internacional alcanzado por la OSSODRE, considerada durante décadas una de las orquestas más importantes de la región.
El volumen combina documentos históricos, estadísticas, crónicas periodísticas y reflexión cultural para sostener una tesis que seguramente generará discusión: el retroceso de la música clásica en Uruguay no fue un proceso inevitable, sino el resultado de profundas transformaciones en la manera de concebir la cultura pública y el patrimonio artístico.
Lejos de una mirada nostálgica, Reyes propone reflexionar sobre el papel de la educación artística, la construcción de la identidad cultural y la responsabilidad del Estado en la preservación y promoción de aquellos bienes que forman parte de la memoria colectiva.
GUSTAVO RIPA: “UN PAIS GUITARRERO SIN GUITARRISTAS INSTRUMENTALES”

Gustavo Ripa nos hace llegar habitualmente sus reflexiones sobre diferentes aspectos de la música. Hace un tiempo nos envió esta reflexión que realmente nos conmovió.
“Uruguay fue durante décadas una referencia continental en la guitarra clásica. Hoy, sin embargo, el país parece haber quedado en silencio cuando se trata de guitarra instrumental solista. ¿Qué pasó con esa tradición que supo tener maestros, escuela e identidad propia?
APUNTE PREVIO:
La guitarra clásica se apoya en una técnica digital para interpretar obras escritas. El fingerstyle, en cambio, expande ese lenguaje: permite crear música original para guitarra sola, integrando melodía, bajo, armonía y recursos rítmicos —rasgueos, slap, percusión— sin función de acompañamiento ni voz.
Durante buena parte del siglo XX, Uruguay fue un país guitarrero en el sentido más profundo del término. La guitarra no era solo un instrumento popular: era un territorio de estudio serio, de transmisión rigurosa, de linaje artístico. Existían maestros, alumnos, continuidad y proyección.
Ahí están los nombres que sostienen esa memoria: Abel y Agustín Carlevaro, Atilio Rapat, Olga Pierri, y luego sus herederos artísticos —Álvaro Pierri, Eduardo Fernández—, entre tantos otros. Una escuela con peso, identidad y reconocimiento internacional.
Hoy, sin embargo, cuando se observa el presente de la guitarra instrumental solista en Uruguay, surge una pregunta incómoda pero necesaria:
¿por qué casi no existen guitarristas desarrollando música instrumental para guitarra sola, con identidad propia y diálogo con nuestra música y la del Río de la Plata?
La pregunta no nace de una comparación caprichosa, sino de la observación cotidiana. Basta mirar alrededor.
EL CONTRASTE REGIONAL
En Argentina, el panorama resulta llamativo.
El desarrollo del fingerstyle es abundante, diverso y de altísimo nivel. Cada semana aparece un nuevo nombre: guitarristas que componen, investigan, exploran. Integran folklore, tango, músicas regionales, rock, minimalismo y paisajes sonoros.
No están imitando estilos extranjeros. Están diciendo “esto soy” desde la guitarra.
En Brasil ocurre algo similar. Allí la guitarra es un idioma vivo. El fingerstyle dialoga naturalmente con la tradición: choro, samba, bossa nova, música popular brasileña, rítmica corporal, investigación armónica. Hay escena, referentes, circulación y escucha.
Y ENTONCES VOLVEMOS A MIRARNOS
El silencio uruguayo.
En Uruguay, en cambio, el fenómeno parece haberse detenido.
No por falta de talento. No por ausencia de historia. Sino porque algo en la cadena se cortó. No emergen nuevas generaciones de guitarristas instrumentales que digan: “voy a contar el Uruguay con una guitarra sola”.
No aparecen compositores que exploren la milonga, el candombe, la canción rioplatense o el paisaje sonoro desde un lenguaje instrumental contemporáneo.
La guitarra parece quedar reducida, en la mayoría de los casos, al rol de acompañamiento o sostén de la canción.
ALGUNAS PREGUNTAS NECESARIAS
El fingerstyle no es un atajo. Exige estudio profundo, práctica sostenida y una comprensión integral del instrumento: técnica de ambas manos, independencia, armonía, arreglo, forma y construcción de discurso musical.
No se trata solo de “tocar bien”, sino de pensar la guitarra como un todo y asumirla como una voz expresiva autónoma.
Tal vez la escasez de guitarristas instrumentales en Uruguay no responda a una sola causa, sino a varias capas superpuestas:
¿Se dejó de transmitir la guitarra como un camino expresivo profundo y no solo como una herramienta funcional?
¿El peso histórico de la canción eclipsó la posibilidad de un discurso instrumental propio?
¿Existen hoy escuelas, espacios formativos y docentes que promuevan específicamente el fingerstyle como lenguaje?
¿La formación continúa anclada en modelos del pasado, sin diálogo con lenguajes contemporáneos?
¿La falta de materiales accesibles —partituras, métodos, arreglos— limita la continuidad?
¿Hay una dificultad cultural para legitimar lo instrumental, lo contemplativo, lo que no busca impacto inmediato?
También cabe preguntarse si la velocidad de estos tiempos deja poco espacio para una música que necesita escucha, silencio y maduración. Una música que no se impone: se revela.
NO ES NOSTALGIA: ES IDENTIDAD
Esta reflexión no nace desde la queja ni desde la nostalgia. Nace desde el amor por un instrumento y por una cultura.
Uruguay tiene materia prima de sobra: ritmos, paisajes, silencios, melancolías, pulsos, identidad sonora. Lo que parece faltar no es talento, sino permiso.
Permiso para explorar. Permiso para no cantar. Permiso para decir con la guitarra lo que no entra en palabras….(Gustavo Ripa).






