D.F.: “No puedo dejar más a mis hijos solos”, maternar a la distancia en contexto de encierro

D.F., madre privada de libertad, relata cómo sostiene el vínculo con sus hijos desde la distancia, entre el encierro, la culpa, el aprendizaje y la esperanza.

En este Día de la Madre, hay historias que invitan a mirar más allá de lo cotidiano, a reconocer realidades donde el amor materno se sostiene incluso en las condiciones más adversas. La de D.F., madre privada de libertad, es una de ellas. Con 35 años y dos hijos —una adolescente de 14 y un niño de 12—, su relato está atravesado por la distancia, pero también por una presencia emocional que resiste y se reafirma día a día.

“Yo tengo mis hijos al cargo de mi hermana mayor”, cuenta. Esa frase, simple en apariencia, encierra una de las decisiones más difíciles que puede atravesar una madre, confiar el cuidado de sus hijos a otros. Antes de su situación actual, su rol era completamente distinto. “Yo era una madre que siempre estuve para mis hijos, en todo sentido. En reuniones de la escuela, en sus bailes, en todo. Siempre estuve para ellos”.

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Su historia está marcada por la crianza en soledad. “Hace más de 8 años me separé y me la arreglé sola con ellos”, dice, y enseguida amplía esa vivencia. “Como muchas madres, siempre tenemos los padres ausentes… se olvidan que tienen hijos, que comen, que empiezan la escuela”. En ese contexto, salir adelante no fue una opción, sino una necesidad.

El esfuerzo fue constante. “Me moví para arriba, para abajo, para poder conseguir un terreno municipal y pude lograr hacer mi casa”. Pero también lo fue la precariedad, “500 pesos arrancando tomate o frutilla no me daba para comer, no se sobrevive”. A esa realidad se sumó un golpe durísimo. “A mí se me prendió fuego mi casa y tuve pérdidas totales”. Ese incendio marcó un antes y un después, empujándola aún más a una situación límite. “¿Y qué tuve que hacer yo? Salir a bagajear para poder arreglar mi casa porque nadie vino a decirme te doy esto, te doy aquello”.

En ese contexto, sostiene, muchas decisiones no son simples elecciones. “Cada madre que está acá es porque no tuvo ayuda, muchas hicieron cosas para darle de comer a sus hijos”. Sobre su caso aclara «mi delito es contrabando, para mí era un trabajo más”. La condena fue más extensa de lo que imaginaba. “No pensé que me iba a tocar tanto tiempo”.

A la dificultad económica se sumó el desarraigo. “Caí en otro departamento lejos de mis hijos y sabía que no iba a ser fácil”. Pero nada se compara con lo que implica la distancia cotidiana. “No fue fácil… me prohibí de muchas cosas. El día del niño, un cumpleaños, cuando estaban enfermos… todo eso te lo perdés y el tiempo no vuelve”.

Aun así, el vínculo no se rompe. Se sostiene como puede, con lo que hay. “Gracias a Dios tenemos el privilegio de tener un teléfono, siempre me tuvieron presente. Me llamaban para preguntarme ‘mami, ¿dónde está tal cosa?’… y tenés la impotencia de no estar ahí para alcanzarlo”.

Las visitas también son un momento clave, aunque cargado de emociones. “Los he visto irse llorando, abrazarme y decirme ‘¿cuándo te vas a ir, mami? Te necesitamos’”. En esas despedidas se concentra la ausencia, pero también el amor intacto.

D.F. reconoce que no todas las mujeres en su situación corren con la misma suerte. “Gracias a Dios que tuve mi hermana porque hay muchos niños que quedan en la deriva cuando una madre va presa”. Esa red de apoyo marca una diferencia, pero no borra el dolor de la distancia.

También hay una mirada crítica hacia el sistema. “El gobierno no ayuda en nada, la asignación no da para nada”, afirma. “Un calzado vale tres mil pesos… una mochila dos mil… no alcanza”. En ese contexto, la supervivencia se vuelve una lucha diaria. “Se sobrevive con poco, pero se sale adelante”.

El encierro, sin embargo, también deja aprendizajes. “Aprendí los valores, aprendí a valorar,aprendí que con poco se vive”. Y, sobre todo, deja decisiones firmes. “No puedo dejar más a mis hijos solos”. Esa frase, repetida con convicción, marca un antes y un después.

La salida está cerca. “Me voy este mes”, dice, con una mezcla de ansiedad y esperanza. Y lo primero que aparece es lo esencial, «quiero estar con mis hijos, disfrutar… no abandonarlos nunca más”. A eso se suma un proyecto concreto. “Quiero hacer una tienda con cosas legales para estar tranquila con mis hijos”.

Pero hay heridas que aún duelen. “Mi hija tuvo burlas en el liceo y me necesitó”, cuenta, evidenciando cómo la ausencia también impacta en la vida emocional de sus hijos. Aun así, rescata algo fundamental “siempre me tuvieron presente”.

Su reflexión final es tan dura como clara. “Yo pensé que la cárcel era lo peor… pero hay cosas peores”. Y agrega una frase que resume su mirada actual, “de una cárcel uno sale… de un cementerio no”.

El mensaje que deja en este Día de la Madre .“Todos podemos cambiar de vida… todo se puede. Ser madre no es fácil… y ser madre soltera menos… pero las metas hay que cumplirlas”.

La historia de D.F. no busca justificar ni romantizar. Es un testimonio crudo, atravesado por errores, pérdidas —como el incendio que arrasó su hogar—, aprendizajes y decisiones. Pero también es una historia de amor persistente, de una maternidad que, incluso entre muros, sigue buscando el momento de volver a abrazar.

ACJ
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